Trumpantojos

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Publicado por Mundo Obrero

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Mayo de 2019

Trump es un actor del reality show. Sus salidas de tono aumentan tiradas y audiencia. El dinero fluye, como en Wall Street, si continúa el espectáculo.En la galaxia Internet, existe el ojo que todo lo ve, la videovigilancia de la NSA, al tiempo que los ojos que nada ven por los trampantojos -detrampa ante ojo- imperantes en el gobierno de la ilusión con que se engaña haciendo ver lo que no es. La lógica goebbeliana de Trump confirma así la idea de Tácito
sobre el arte de la sofística: cuando el líder hace matanzas, lo llama paz.Ahora, este actor político
y sus, nunca mejor dicho, franquicias nacionales de The Movement, se distinguen no tanto por la posverdad como por la escenificación que alimenta la economía política de las industrias culturales.
Bien lo han entendido algunos analistas como el periodista Seymour Hersch. CNN, New York Times, y desde luego la Fox, aumentan considerablemente sus tiradas y audiencias con las salidas de tono del titular de la Casa Blanca. Da igual las posiciones racistas y poco vale el debido sentido del decoro en el espacio público. El dinero fluye, como en Wall Street, si continúa el espectáculo. Este es el alfa y omega de la estructura de la información. De Debord y la anatomía de la sociedad del espectáculo a Morin y su arqueología del espíritu de nuestro tiempo, sabemos que la esfera mediática está dominada por la fantasía luminosa del fetichismo de la mercancía. La incomprensión de esta lógica lleva a medios de referencia como El País a editorializar que Trump subvierte las reglas de la democracia, lo que no es cierto. La dialéctica de confrontación con los medios alimenta la propia producción mercantil de noticias: de Fox a Vox y Atresmedia. Y no olvidemos que la supuesta desintermediación de las redes sociales no es tal, pues la agenda sigue mediatizada por la industria periodística como en tiempos de Ronald Reagan, un presidente condenado por la guerra sucia en Nicaragua (la historia se repite como farsa), considerado, con razón, un ignorante con ínfulas de cowboy. Trump, como Reagan, se hizo célebre en televisión. Conoce la industria del espectáculo, donde construyó su liderazgo en plató explorando el populismo de los festivales de belleza bajo el asesoramiento de ejecutivos y agentes del showbiz. Twitter llegó mucho después. No es pues un líder de la era digital, sino más bien un actor de la neotelevisión y el reality show que domina el arte de lo posible. La puesta en escena en su caso es obscena porque esa es la lógica del espectáculo: una continua forma de procurar la atención de las masas que termina resultando una suerte de pornografía física o sentimental. Trump enlaza así con la cultura freak, viviendo la  política aquí y ahora, sin memoria, proyectando, cual marichulo, testosterona para colonizar el imaginario dependiente de los telespectadores. Esto es, administrando el conflicto necesario en todo relato dramático para gestionar monopólicamente la agenda en un continuo melodrama de mal gusto que conecta, no obstante, con las clases subalternas.
La polarización y el efecto burbuja hacen el resto. Por lo que considerar a Trump una anomalía es desconocer la propia lógica que rige en los medios, donde lo importante no es su locuacidad en Twitter, viva expresión de la memez, sino la capacidad de conexión que el bonapartismo antes y el fascismo de Mussolini en el siglo XX ilustran como antecedentes de este tipo de actor político. Ahora, la cuestión es si seremos capaces de aprender en España tales lecciones siglos después de Fernando VII.

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