Volver a Blas Infante: Construir soberanía nacional y popular

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El presente artículo es un homenaje ante el aniversario del fusilamento de Blas Infante por parte de las hordas sublevadas contra la II República. Lo publicamos como parte del Monográfico Blas Infante: 89 años de silencio forzado, editado por la Revista La Escucha del diario digital TuPeriódico. Para leer el monográfico completo se puede acceder a través del siguiente enlace

En la coyuntura política destituyente que de un tiempo a esta parte vivimos, es habitual escuchar discursos y toda suerte de anatemas sobre la figura de Blas Infante. En el Parlamento Andaluz, y en el Congreso de los Diputados, los discursos de las derechas no solo cuestionan al padre de la Patria Andaluza sino que, en el fondo, articulan un discurso contra el principio fundamental que inspira el andalucismo histórico: la soberanía. Además PP y PSOE usan la figura de Blas Infante como un arma arrojadiza de andaluces contra otras naciones que luchan por su emancipación, muy lejos del mensaje de fraternidad y solidaridad internacionalista que nos legó el Padre de la Patria. Cuando cada diez de agosto, recordamos a quien tanto dio y entregara en vida y obra por la emancipación del pueblo andaluz, homenajear y rendir tributo a su persona es más que un ejercicio de reparación histórica, significa también, hoy más que nunca, confrontar el crimen de Estado que las derechas ultramontanas se han propuesto como programa en Andalucía y Madrid: el crimen político de la desaparición simbólica tras su fusilamiento por el fascismo que hoy campa por doquier. Hablamos de un acto de guerra contra el pueblo andaluz, contra su cultura, su historia y su derecho a imaginar un futuro propio. Blas Infante Infante no cayó por azar, sino porque encarnaba un proyecto emancipador que desafiaba los cimientos del Estado español: un proyecto de Andalucía libre, socialista, plurinacional y anticolonial al interior de Europa occidental. De ahí que sea necesario vindicar su figura y activar la memoria viva de la rebeldía en defensa de la autonomía y la justicia social.

Reivindicar hoy, en la actual coyuntura política, a Blas Infante es reivindicar políticamente una Andalucía que no se resigna a ser periferia, que no acepta el papel de colonia interna. Es reivindicar una historia de resistencia que viene de lejos: de los jornaleros, de los exiliados, de los migrantes, de los pueblos que han sido sistemáticamente empobrecidos y despreciados y que hoy, en medio de la política de vasallaje al imperio y los señores de la guerra vuelve a vindicar el derecho de autodeterminación, la autonomía, no como simple descentralización o en términos jurídicos, sino política del  derecho a decidir, a construir un modelo económico auto-centrado y un horizonte cultural propio, en alianza con los pueblos del Mediterráneo y del Sur global.

Desde este punto de vista, volver a Blas Infante es volver a las raíces de construcción de un proyecto nacional y popular, un bloque histórico, contra el caciquismo, la dependencia, la subalternidad y el expolio que el gran capital del Norte y los intereses de la oligarquía económica mesetaria, vienen imponiendo a nuestra tierra.  Hoy, cuando el capitalismo global profundiza la explotación de nuestra tierra y de nuestra gente, cuando el Estado español niega el derecho a la autodeterminación, cuando la memoria sigue siendo campo de batalla, recordar a Blas Infante es un acto de rebeldía y de liberación, denunciar el expolio de la tierra y nuestros recursos naturales, la miseria planificada, el analfabetismo inducido, la emigración forzada y la dependencia económica y cultural. Es, en fin, luchar contra la cosificación que empieza siempre, como advirtiera Marcuse, con el olvido.

La democracia española, nacida del pacto de silencio de la Transición bajo la tutela internacional de los EEUU, ha negado sistemáticamente el derecho a la memoria como forma de perseguir nuestro derecho a la autodeterminación. Buscar a Blas Infante es buscar a todas las víctimas del franquismo. Es reconocer que la dictadura no fue una anomalía, sino una estructura de poder que sigue operando en el presente. Es entender que la represión no terminó en 1975, sino que se transformó en precariedad, en desahucios, en migración forzada, en racismo institucional, en negación de la soberanía.

Infante entendía que Andalucía no podía liberarse sola. Su soberanía debía construirse en diálogo con otras naciones sin Estado, con otros territorios sometidos al mismo régimen de explotación y desprecio. Por eso defendió el derecho de autodeterminación de Catalunya y Galicia, por eso se acercó al republicanismo federal, por eso articuló su pensamiento desde una lógica de cooperación entre pueblos. Su andalucismo no era excluyente ni esencialista: era internacionalista, abierto, profundamente mediterráneo. En sus escritos, reivindicó la herencia de Al-Andalus no como nostalgia, sino como horizonte. Al-Andalus era para Infante la prueba de que Andalucía había sido un centro de civilización, de cultura, de mestizaje, de saberes compartidos. Reivindicar Al-Andalus era reivindicar una historia silenciada, una identidad negada, una posibilidad de futuro en la alianza de los pueblos del sur que desbordaba los límites del Estado-nación en virtud de una geopolítica emancipatoria de diálogo de culturas donde Andalucía pudiera ser puente entre Europa y África, entre Oriente y Occidente, entre lo rural y lo urbano, entre lo popular y lo intelectual.

Infante no cayó en el sectarismo ni en la arrogancia ideológica. Rechazó la superioridad moral de quienes pretendían hablar en nombre del pueblo sin pisar el barro de sus luchas. Su proyecto no era el de una élite ilustrada que pretendía “educar” al campesinado, sino el de una Andalucía construida por sus propios hijos e hijas, desde la tierra, desde el tajo, desde la asamblea.  En el Ideal Andaluz de 1915 Blas Infante señala que “Andalucía necesita de sus clases trabajadoras e industriales, sobre todo de sus artistas, intelectuales, de todos los hombres honrados que son únicamente los que trabajan.” Por eso se acercó a los sindicatos, a los jornaleros, a los republicanos federales, a los anarquistas. Porque entendía que la soberanía no se decreta desde arriba, sino que se construye desde la base, en la confluencia de las luchas por la tierra, por el pan, por la dignidad. El andalucismo histórico que imaginó es, en esencia, un proyecto de unidad popular, una articulación de fuerzas vivas, de sujetos colectivos, de memorias compartidas. Su propuesta era profundamente democrática, radicalmente igualitaria, y por eso fue tan peligrosa para las élites. Porque no solo cuestionaba la estructura del Estado, sino también la lógica del capital. Porque no solo pedía autonomía, sino que exigía redistribución, justicia social, control popular de los recursos. Porque no solo hablaba de identidad, sino de poder político para las clases trabajadoras andaluzas.

Blas Infante no fue solo el padre del andalucismo: fue el arquitecto de un horizonte de país que sigue pendiente. Su pensamiento no se limita a una reivindicación cultural o identitaria; es una propuesta política radicalmente transformadora, que articula soberanía nacional con liberación social. El andalucismo popular que él defendió no es una nostalgia regionalista ni una bandera folclórica: es un proyecto nacional y popular, anticapitalista, nítidamente republicano.

La lucha por la soberanía nacional no puede separarse de la lucha por la liberación social. Esa es la lección que conviene tener presente este día de homenaje a su memoria. Con Infante, sabemos que no hay autodeterminación sin justicia social, no hay liberación nacional sin redistribución de la riqueza, sin control popular de los recursos. Por eso articuló alianzas con el movimiento obrero, con el republicanismo federal, con los pueblos del Mediterráneo. Por eso reivindicó Al-Andalus como símbolo de una civilización mestiza, plural, anticolonial. Su visión no era localista ni aislada: era internacionalista, profundamente conectada con las luchas del Sur global, con los pueblos que resisten el imperialismo, el racismo, el patriarcado y el capital. En suma, volver a Blas Infante, revindicar su figura, es mucho más que recordar su asesinato. Es asumir su legado como guía para construir una república plurinacional partiendo de su diagnóstico de los males que sufre nuestro pueblo, las raíces originarias de la subalternización y el dominio colonial interno y las alterativas de futuro que alcanzó a definir. Así que en esta conmemoración es tiempo de activar su memoria en forma de política transformadora con, desde y de los andaluces como sujeto político y cambiar la historia negada y la vida en nuestra tierra. Por su lucha y por nuestro pueblo.

Sea por Andalucía libre

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Andalucía no es un cliché. No es la postal exótica de bandoleros, flamenco y sol que los viajeros románticos del siglo XIX pintaron para el imaginario europeo, ni el patio trasero folclorizado que los medios de comunicación, propios y ajenos, han perpetuado hasta hoy. Andalucía es diversa, compleja y rica, un mosaico de culturas y luchas que se resiste a ser reducido a una caricatura.

Sin embargo, esa imagen simplista, cargada de orientalismo y colonialismo, ha sido la herramienta con la que el poder dominante nos ha condenado a la subalternidad, a ser la otra identidad premoderna, irracional y pintoresca de una España centralista. Frente a esto, es hora de alzar la voz y construir una narrativa propia, una patria andaluza que recupere su dignidad y proyecte un futuro desde el sur.

El discurso que nos ha definido no es inocente. La representación de Andalucía como un lugar exótico y atrasado ha servido para invisibilizar nuestra realidad material y nuestras luchas. Este folclorismo no es un accidente: es una estrategia de dominación que nos despoja de agenda política y nos relega a la periferia del proyecto estatal. Mientras la oligarquía económica y las burguesías catalana y vasca han tejido sus propios relatos de modernidad y progreso, Andalucía ha sido convertida en un objeto de consumo turístico, un decorado deslocalizado al servicio del capital.

Este ser colonial no solo nos margina, sino que nos silencia. Incluso en el seno de la izquierda estatal, la voz andaluza ha sido despreciada, relegada a un segundo plano por una élite intelectual que mira más hacia el norte que hacia las necesidades de los campesinos, los barrios obreros y las comunidades rurales de nuestra tierra. La islamofobia, el desprecio a las culturas subalternas y el rentismo cultural han sido las herramientas con las que se ha impuesto un modelo que nos niega como sujeto histórico. Frente a esto, urge una ruptura: es tiempo de imaginar un nuevo papel para Andalucía, una razón de ser que nos devuelva la iniciativa.

Un proyecto desde abajo

La izquierda andaluza tiene una historia de resistencia y conquistas que no podemos ignorar. Como andaluces hemos demostrado capacidad para defender los intereses de las clases trabajadoras, no solo en nuestra tierra, sino como faro para España y más allá. Pero ese capital político no basta por sí solo. El ciclo del 15M, con su pragmatismo pospolítico y su deriva institucional, nos ha dejado lecciones amargas: sin un proyecto estratégico, sin raíces en la base social, cualquier intento de transformación se diluye en la irrelevancia.

Por eso proponemos un Frente Amplio Andaluz, un espacio que trascienda las siglas y las lógicas partidistas para articular un bloque histórico de progreso. Este proyecto no puede ser una mera coalición electoral ni un acuerdo por arriba. Debe ser un movimiento político y social, tejido desde abajo, que combine la tradición emancipadora del andalucismo de izquierdas, el movimiento obrero y los nuevos movimientos sociales. Un espacio que apueste por la democracia radical como medio y como fin, porque solo desde la participación real de las comunidades podremos transformar las condiciones de vida en Andalucía.

Decimos que nuestro norte es el sur (Andalucía) porque asumimos la emergencia del pueblo andaluz como sujeto histórico con plenos derechos. Esto implica un andalucismo político de vanguardia y de izquierdas que participe con voz propia en la construcción de un nuevo proyecto de Estado. No se trata de aislarnos, sino de articular alianzas con el Estado español plurinacional, lo rural y lo abandonado, impulsando una descentralización que rompa con los desequilibrios territoriales heredados del modelo decimonónico del Estado.

Para lograrlo, necesitamos un espacio político andaluz que sume y multiplique, que sea transversal, pero firme en sus principios. Una garantía de ese enraizamiento es incluir en nuestras listas a militantes de diferentes sectores y territorios capaces de llevar la voz de Andalucía al Congreso. Pero esto no basta: la organización debe abrirse a la decisión colectiva, con procesos participativos que devuelvan el poder a la gente común. El buen vivir no se construye desde estructuras jerárquicas ni solo desde la suma de aparatos partidistas, sino desde la movilización social y la esperanza colectiva.

En un mundo donde el discurso del odio se extiende como un virus —de Estados Unidos a la Unión Europea, del norte al sur global—, la izquierda andaluza debe apostar por lo contrario: por tejer vínculos, por coser con el lenguaje de la solidaridad y por cantar auroras que iluminen un horizonte de justicia. No se trata de competir con la derecha extrema en su terreno de la sinrazón, sino de construir espacios de confianza y resistencia creativa. Como decía el presidente Correa, no somos sufridores: somos luchadores que claman en la alegría de vivir.

Esta apuesta es urgente porque, como bien sabemos, el dato no siempre vence al relato. En una sociedad donde los cuentos pesan más que las cuentas, la propaganda de la ultraderecha ha encontrado terreno fértil en una cultura nacional históricamente polarizada. Pero el estado español no es una excepción: el odio es el ariete del capital financiero y las big tech, un exterminio restaurador que debemos enfrentar con un proyecto popular y unitario.

Una izquierda enraizada

Andalucía sigue atrapada entre la pobreza, la desigualdad y la concentración de la tierra, herencias de una oligarquía caciquil que aún pervive. Pero también atesora una riqueza cultural y una capacidad creativa que, aunque elitista y marginal, puede ser el germen de una transformación. Falta, sin embargo, una industria cultural propia, canales que hagan fluir nuestras voces sin depender de los centros de poder del norte o la meseta. Un Frente Amplio Andaluz debe capitalizar esa energía, convirtiéndose en algo más que una suma de partidos: en un movimiento-plataforma que organice al pueblo y dé protagonismo a la cultura popular.

El primer Adelante y el ciclo que inaugura de confluencias de la izquierda andaluza marcaron un camino: un proyecto estratégico desde Andalucía, Con una mirada lejos del eurocentrismo que rechace la posición tradicional subalterna de Andalucía. Inspirados por Gramsci y su análisis de la “cuestión meridional”, debemos asumir un rol de liderazgo en la izquierda, tejiendo una confederación de pueblos mediterráneos que desafíe la deriva centralista y otanista de la Unión Europea. Pero esto exige innovación: un modelo híbrido de organización que integre partidos, ciudadanía y movimientos sociales, rompiendo con las lógicas elitistas y oportunistas que han lastrado a la izquierda en el pasado.

No hay atajos. Construir un Frente Amplio Andaluz requiere tiempo, paciencia y una autocrítica honesta. No basta con repetir fórmulas del pasado ni con aferrarnos a las instituciones como único campo de batalla. La transformación vendrá de la base, de la escucha activa, de la movilización que convierta el descontento en fuerza colectiva. Las elecciones son importantes, pero el horizonte debe ser más amplio: un proyecto de país para 2030-2040, tejido con el fuego lento de las pasiones alegres y la sabiduría de nuestras culturas populares.

Es hora de caminar. De multiplicar la diversidad sin dividir la izquierda. De articular un frente que no solo resista el austericidio neoliberal, sino que transforme la vida y cambie la historia desde Andalucía. Porque, como dice el pueblo, paso corto y vista larga: el futuro no se regala, se conquista.