Tecnopolítica, cultura cívica y democracia

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Tecnopolítica, cultura cívica y democracia analiza cómo y de qué forma los regímenes tecnológicos ejercen su poder, y cómo las tecnologías son construcciones sociales —totalitarias— que han de percibirse como producto de las relaciones de poder.

La incidencia que las tecnologías digitales sociales —y su despliegue como dispositivos de mediación social— tienen sobre los sistemas democráticos supone un desafío que requiere de una comprensión crítica, ampliada y comprometida.

Desde hace más de una década, los autores de este ensayo, junto con el resto de miembros del grupo de investigación COMPOLÍTICAS de la Universidad de Sevilla, han venido analizando las apropiaciones y mediaciones que los movimientos sociales globales han ejercido, con el propósito de observar y comprender la nueva economía moral de las multitudes conectadas, los repertorios simbólicos, las formas de ser y estar de los actores sociales y su subjetividad para explorar, en suma, los imaginarios instituyentes de la nueva ecclesia digital.

Adolfo Sánchez Vázquez. Filosofía estética y política para lectura marxista de nuestro tiempo

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Las transformaciones del mundo del trabajo y las formas de vida por las tecnologías disruptivas de lo digital han alterado, en nuestro tiempo, las condiciones de reproducción social, así como la propia práctica teórica y la función del conocimiento en el capitalismo de plataformas. El despliegue de nuevos dispositivos de producción y representación plantean, a este respecto, retos singulares desde el punto de vista epistemológico para el pensamiento social emancipador.

En el presente libro se indagan varias de las investigaciones filosóficas y políticas que Adolfo Sánchez Vázquez aportó a la comunidad científica internacional a partir de la central noción de praxis y una lectura humanista del marxismo que nos permiten hoy comprender mejor y actualizar sus relevantes contribuciones a la estética, como la noción de arte como afirmación de lo humano, o sus últimos estudios acerca de la estética de la participación, tema actual en los estudios de cibercultura y arte de medios.

Cultura Avatar

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La calidad de toda democracia pasa por su cultura política y no hay experiencia posible sin mediación. Toda reproducción social y la política del acontecer dependen por lo mismo de los medios de representación. Si la función vicaria de estos es insalubre, la esfera de deliberación queda bloqueada o limita el despliegue de las potencialidades y atención a las necesidades radicales que constituyen la función pública asignada por la Constitución al derecho fundamental de libertad de expresión.

Es el caso de la Cultura Avatar patria. En nuestro país, al histórico déficit democrático de absolutismo, dictaduras, oligarquía y caciquismo, especialmente en Andalucía, cabe añadir hoy un desequilibrado sistema informativo que produce una paupérrima cultura mediática y, por ende, una ecología cultural tóxica y decadente, que afecta a todos los espacios públicos de socialización, incluida la Universidad.

Estos días que cumplo treinta años de carrera académica me he parado a pensar qué nos está pasando y cómo hemos llegado a tal grado de deterioro del sistema universitario. Lejos de las proclamas sobre la venida de los bárbaros, como razona Alessandro Baricco, el problema no es generacional, considerando los datos comparativos con otros países de nuestro contexto europeo, o más allá de los países americanos y asiáticos.

Pero en el discurso público se sostiene, sin fundamento ni prueba que lo acredite, que estamos ante la generación mejor formada de la historia de España. Lamento tener que negar la mayor. El 8M, por ejemplo, descubrí que mis alumnos admiran a Taylor Swift pero ignoran qué es la Sociedad para las Telecomunicaciones Financieras Interbancarias Mundiales (SWIFT).

Conocen a centenares de influencers, irrelevantes para la cultura general, pero ignoran el nombre de importantes actores políticos, cuando no a los propios referentes de la cultura nacional. Hay profesores de Periodismo que ya ni hacen test de actualidad a un alumnado que ya no es que haya dejado de leer medios informativos de interés general, es que ni por asomo siguen la agenda periodística, con un nivel de lectura y de comprensión lamentables.

Puede decirse, sin ánimo de exagerar ni ofender a nadie, que la competencia cultural entre el alumnado universitario ha retrocedido a niveles de los tiempos del Instituto Libre de Enseñanza, cuando la mayoría de la población era, por lo general, analfabeta o manifestaba serias dificultades funcionales de análisis de la realidad. Paradójico, en el país de Cervantes y con una de las más importantes industrias editoriales de todo el mundo.

Y lo malo es que, sabemos, modo Black Mirror, que el futuro puede ser peor. Relatos como el de la periodista Talia Lavin sobre La cultura del odio (Capitán Swing, 2022) demuestran que el escenario de lo yuyu, la cultura de la ignorancia, del Capitolio a Madrid, se extiende y domina nuestras vidas como la pandemia.

Cosa previsible si hacemos la genealogía del pensamiento irracionalista que gobierna la hoja de ruta del ordoliberalismo desde los tiempos del televisivo Ronald Reagan. En otras palabras, contra la razón y contra todos, los tontos de la linde proliferan y, ojo, no es una cuestión de títulos o educación. En la universidad vivimos rodeados de ellos.

Y empieza a permeabilizar la práctica teórica y docente con la ludificación y otras formas sutiles de degradación del conocimiento y la vida académica que impone la happycracia. Como consecuencia, la cultura de «todos contentos» ha terminado por formatear en el vacío histórico cultural a toda una población universitaria manifiestamente acrítica con el efecto placebo de un medio ambiente cultural limitado, por no decir primitivo, proclive a la abulia, la apatía y la sumisión como norma. Nada que ver con la virtud republicana de la ejemplaridad de Fernando de los Ríos.

No sorprende, por lo mismo, que el trending topic sea el único horizonte cognitivo de esta generación inmersa en la imaginería social de la comunicación gregaria, basada en el masajeo de la opinión pública como opinión prefabricada.

El algoritarismo es solo un acelerador de lo asimilable y políticamente correcto. El laboratorio social de captura del Big Data vulnera así la democracia, amenaza principios básicos de igualdad, libertad y transparencia y extiende además sistemáticamente la lógica de la redundancia como marco de referencia de la Cultura Avatar.

Es evidente que estas condiciones son imprescindibles para la acumulación por desposesión de lo común, cuya lógica cultural, propia del capitalismo, viene necesitando mayor predictibilidad y control social en el diseño de un mundo vigilado, como demuestra Mattelart.

Esta cultura sincronizada hace posible ignorar la verdad, negar la ciencia y liquidar la razón ilustrada para justificar, por ejemplo, golpes de Estado como el de Bolivia, ya no digamos el franquismo en España, mientras tecnolibertarios, intelectualoides de pacotilla y criollos resentidos con las conquistas de los cholos y los descamisados repiten su discurso al servicio de establishment de la OTAN.

Mientras, en el postcovid de la nueva normalidad, los GAFAM consolidan el liderazgo hegemónico en las políticas de representación, con Amazon aumentando más del 50 por ciento y un crecimiento que supera el Producto Interior Bruto (PIB) de muchos países y Google atesorando beneficios de más de 76.000 millones de dólares.

Parece, pues, llegada la hora de advertir que no podemos seguir en las nubes, que no podemos ser colonizados en el espacio virtual por Amazon Web Services (AWS) al servicio de sus intereses de dominio aplastante, ni podemos permitirnos por encima de nuestras posibilidades unas autoridades universitarias que venden nuestros datos, correos y recursos virtuales al imperio Microsoft.

Es hora, en fin, de recordar que «avatar» no solo designa la identidad virtual que escoge, como la máscara, todo usuario para proyectar su rol social en la cibercultura. En su primera acepción, de acuerdo con la Real Academia Española (RAE), cuando hablamos de Cultura Avatar conviene empezar a asumir que, hoy por hoy, tiene más que ver con la vicisitud o acontecer contrario al buen desarrollo o ideal, el propio que prolifera entre el cosmopaletismo y los ciberhipster cultivadores del sinsentido y la estupidez por sistema, en lo teórico y, sobre todo, en la práctica. Idiotas de la nada, en el sentido etimológico del término.

Hacedores o colaboradores necesarios de un procomún colaborativo y en red con democracia de baja intensidad, una creatividad banal del Fan Edits y la fascinación propia del fascio, en el que todo texto es absorción y transformación de otro texto pero en línea, contrariamente a Julia Kristeva, tautológica.

Espero que, visto lo visto, comprenda el lector mi abatimiento, en este trigésimo aniversario, rodeado de tanta Cultura Avatar. Si el futuro de Andalucía es la educación, tenemos un serio problema, y no se resuelve con presupuesto.

Comunicología abierta y ciencia ciudadana

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La era digital apunta la necesidad de una Comunicología abierta, una ciencia aplicada de lo común que reconozca la centralidad de la subsunción del trabajo intelectual. Para ello se ha de explorar la decolonialidad del saber-poder a partir de la apertura de espacios de cooperación y apropiación del conocimiento en función de los cambios en la producción académica, intensamente determinada por la relevancia de lo virtual sobre lo presencial y de la centralidad de la mediación social de la ciencia. De ahí la pertinencia de sentar las bases para una concepción distinta de la práctica teórica a partir de la noción de ciencia ciudadana. La vindicación de la comunidad académica de una ciencia ciudadana presupone, en este sentido, cambios epistemológicos y cognitivos, una ética de la cultura de investigación antagonista de la lógica de la mercantilización y cambios políticos estructurales en los procesos de organización y evaluación de la actividad investigadora, que ha de transitar de la noción de ciencia abierta a ensamblajes complejos basados en la experimentación social de los laboratorios ciudadanos.

La Era de los Cipotones

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Uno no está para seguir a los trolls, las redes y las cadenas ultramontanas de la extrema derecha y sus variaciones cromáticas (verde flex, naranja o azul). Tengo prohibido, por prescripción médica –como también debiera hacerlo Noam Chomsky–, seguir los medios de referencia informativa a fin de evitar sufrir y rechinar los dientes con las lecturas de la actualidad que hace el periodismo empotrado cada jornada.

Ya bastante tiene uno en su vida con el ABC, el diario matutino de humor no deseado, que vitupera, embiste y censura a diestro y siniestro, nunca mejor dicho. Y eso que, hoy por hoy, es una cabecera que pierde fuelle y lectores y que, últimamente, ni miedo da, y menos aún respeto infunde.

Ha colocado incluso a su director, Álvaro Ybarra, en el cementerio de elefantes del Consejo Audiovisual de Andalucía, con un presidente de arte dramático y ex altos cargos de la Junta cuyo único mérito es ser obedientes a la disciplina de partido. De vergüenza, considerando las soflamas del interesado contra lo público y contra toda regulación del Derecho a la Comunicación.

Claro que, como en el mandato anterior, para qué vindicar la participación cualificada en este órgano del Parlamento andaluz, si el aporte de la academia da grima. De un presidente jubilado, Antonio Checa, cuyo aporte no es otro que medrar y no hacer, por verónicas, a lo Rajoy, hemos pasado a su sucesora en el cargo académico, que dice que ha sido decana de la Facultad de Comunicación, pero que de política audiovisual y de las competencias del Consejo anda como liebre sin papeles: indocumentada.

Mientras, Canal Sur y los medios de representación actúan como el ariete de la expropiación de lo común. La única esperanza que nos queda es saber que ni Telecinco, ni en general los medios del duopolio audiovisual son vistos por la nueva generación, inmersa en el universo Meta de otros medios más proyectivos, ni la propaganda de Telemoreno la sigue ya nadie.

Si se trata de engañar, mejor usar uno mismo los filtros de Instagram. El virus de la pandemia que nos sacude es el de la simulación y el engaño, la cultura del filibusterismo. El problema es que el discurso cínico termina mutando en autoritarismo. La historia así lo demuestra.

Por ello conviene afirmar la virtud republicana frente a la emergencia de los cipotones y tontopollas que proliferan a nuestro alrededor y en las instituciones, de las que no se salva, por cierto, la Universidad, menos aún los altos cargos del Estado y los líderes políticos.

El problema, como siempre, es qué hacer para emprender una misión regeneracionista. No es que esté uno apático, pero la deriva de la estulticia como normalidad social es desalentadora, y no cabe hablar de cambio generacional como mera explicación lógica.

La gravedad de lo que ocurre en nuestro país no es equiparable, en ningún rubro, a otros países de nuestro contexto europeo. Cierto es que la crisis sistémica es global. Como ilustra el informe World Protests, hablamos de más de 1.500 movilizaciones contra los desajustes del sistema político y su captura por la máquina ordoliberal. Si sumamos a ello las casi 2.000 protestas por justicia social, el panorama es claro y revelador de la tendencia en curso que da cuenta de la crisis de representación.

De todas estas luchas y frentes culturales, el paradigma ilustrativo de cuestionamiento de la estupidez neoliberal es Chile, inmerso en un proceso constituyente, lento, contradictorio, paradójico, expuesto a las dinámicas retardatarias de la clase media, tratando de reconstruir y tejer el dominio público, como el actual Gobierno de la nación en España, mientras lo común sigue en manos de los GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft), en particular de la plataforma Amazon, con cifras de más de 125.000 millones de dólares por trimestre.

En este contexto, toda política democrática pasa por impugnar las estructuras que hacen posible el reinado de cipotones como Elon Musk, una suerte de señores del aire que imponen la ficción neofeudalista de nuestro vasallaje.

Pero esto solo es posible, con ilustración e inteligencia colectiva; con voluntad de unión y emancipación social; con disciplina y autoorganización colectiva en un frente de todos, los nadie, contra los jeques que nos dan jaqueca y nos imponen una vida de jaque mate.

De otro modo es seguir jugando al Cluedo o al Estratego, en el salón de casa. Así que advertidos estamos. Mientras, a la espera de esta toma de conciencia y regeneración democrática, no perdamos la sonrisa de santos inocentes, aprovechando que se celebró ayer.

Ya ha dicho el Papa que no existe el infierno: que el infierno es ya el reino de los cipotones. Así que a gozar y reír, como hago yo cada semana con la lectura de El Jueves, el único medio impreso serio del país. Cosas del mundo al revés.

Una última cosa, y no les ocupo más tiempo, que es un bien escaso: no dejen de cultivar los mejores deseos para 2023. Va a ser necesario, porque serán posibles. Me lo ha confirmado mi tarotista de cabecera, la Fer. Así que no se achicopalen, que soñar es vivir.

Iberia republicana

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Toda mediación es proyectiva, como toda comunidad política un problema, Castoriadis bien lo sabía, de producción común de imaginarios. La política de comunicación y cultura es, por lo mismo, esencial. Ahora que se articula un frente común entre la república lusa y España en la actual crisis energética, convendría pensar cómo se produce el espacio comunicacional que nos vincula. Y no tanto por romper con el dominio de lo que Bolívar Echeverría denominaba ethos realista del capitalismo, básicamente centroeuropeo y holandés, sino por la persistencia de matrices culturales y las necesidades propias de la periferia en una arquitectura institucional de la UE que amenaza con la vida, dentro y fuera del espacio comunitario. Quienes vindicamos el ethos barroco de nuestra identidad mediterránea hace tiempo que venimos apostando por una política de la RISA, por una República Ibérica Solidaria y Autónoma. Estos días que el maestro Juan Pinilla presentaba su nuevo trabajo publicado por Atrapasueños en la Feria del Libro de Sevilla recordábamos al bueno de Saramago que tanto escribió e hizo causa común para unir Sevilla y Lisboa, España y Portugal. No es casual, Pilar del Río mediante, pues, como escribiera en ABC de Sevilla la recién cesada directora del Centro de las Letras de Andalucía, Eva Díaz, el iberismo es una utopía alimentada especialmente a partir de la Exposición Iberoamericana del 29. Y hoy anida en muchos corazones del pueblo portugués. Lamentablemente, no tanto entre la ciudadanía española. Apenas unos pocos imagineros irreductibles seguimos persiguiendo el sueño de La balsa de Piedra, la novela ensayo de Saramago que nos habla de un horizonte posible, real y necesario, más allá de la ficción. Pues la vindicación de esta propuesta política y cultural resulta cada día más urgente para la recomposición regional y la coordinación interna. Más aún cuando sabemos que los Estados Unidos de Europa, o la UE de la OTAN, es un proyecto institucional, satélite de Washington, fracasado por la concentración de poder, la constitucionalización del latrocinio de la acumulación por desposesión en su forma neoliberal más radical, el inmovilismo jurídico, con déficit democrático evidente, el monetarismo amparado por la judicialización oligárquica del Tribunal de Justicia, además del bloqueo de toda política socialdemócrata. En definitiva, un aparato supranacional diseñado para hacer efectiva la norma TINA y garantizar que nadie se bañe en la tina del republicanismo. No hay agua en Bruselas para toda opción simplemente reformista, ni de momento espacio comunicacional ibérico, por más que Portugal esté colonizado por nuestras grandes compañías como Telefónica, antaño PRISA, o el grupo VOCENTO. La mayoría de la población en nuestro país desconoce mientras tanto la cultura de Camoes, el magisterio heterónimo de Pessoa o el cine del gran Manoel de Oliveira en buena medida porque la industria cultural patria ignora, oblitera o simplemente desprecia el repertorio y aportaciones a la cultura de la humanidad de nuestros vecinos y hermanos. Así que toca hacer pedagogía de la comunicación o tratar de reorientar las políticas culturales para construir un espacio comunicacional en común, primer paso necesario para una alianza de futuro. En este empeño están organizaciones como el Ateneo Republicano de Andalucía, una iniciativa plural de afirmación del republicanismo cívico, de la cultura de la tolerancia, de la pedagogía como dictadura de lo nacional popular, en el sentido de Blas Infante, que siempre mira al sur y, por supuesto, al lado. Pues asume por principio la cultura de la otredad, el culto de la enkrateia y la phronesis frente al principio neoliberal de sálvese quien pueda o la cleptomanía de la oligarquía y el caciquismo de la Casa de Alba, que son como históricamente se manifiestan las formas habituales de dominio en la cuestión meridional. En este sentido, el iberismo es una alternativa al oligopolio de las eléctricas y su principio agarra el dinero y corre, empezando como es sabido por la propia dinastía borbónica. En el paso de PRISA al buen vivir de la RISA, es tiempo de una comunicación desde el sur y desde abajo que haga posible este proceso disruptivo de resistencia y proyección histórica, de memoria y hábitat común. Seamos conscientes que se ha abierto una grieta y hay que tratar de imaginar nuevos horizontes de progreso. Es tiempo de soñar… Juntos.