Teledetodos

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Los medios de información en España no han mejorado la pesada herencia de la escuela Emilio Romero. Por lo general, con algunas excepciones puntuales, suelen actuar como medios de intoxicación que alimentan el escuadrismo y la reacción, una suerte de NODO posmoderno en el que se marcan los límites de lo pensable y de lo decible y ello sin distinción, desde luego en el duopolio televisivo, pero también en los medios públicos, mayoritariamente en manos de la derecha y VOX, véase el caso de Telemadrid o de Canal Sur donde personajes como Teodoro León Gross afinan la mirilla y disparan ejerciendo una suerte de postureo y violencia simbólica propias del fascismo amable que ya Nixon estableció como política de propaganda de la era Reagan: hablar suavemente y utilizar bien el garrote. Y así estamos, agarrotados, incluso en RTVE donde, paradójicamente, reina, nunca mejor dicho, la ley Calviño, la de quien fuera Director General del Ente, la misma del ala neoliberal del PSOE en el Banco Europeo de Inversiones que piensa que la mejor ley de comunicación es la que no existe. Pero los hechos demuestran a diario exactamente todo lo contrario.

El reciente cese de la Presidenta Interina, Elena Sánchez, y el nombramiento de Concepción Cascajosa ponen en evidencia que el modelo de gobernanza de la Corporación RTVE es un sistema fallido, que es tiempo de mudanza de paradigma, que los poderes públicos han de procurar un verdadero esfuerzo de consenso, transparencia y buenas prácticas para garantizar una dirección independiente, profesional y con capacidad de adecuar la televisión pública a los retos del futuro de la economía digital, siguiendo en esta línea criterios equiparables a los de otros países  de nuestro contexto europeo. No es tan difícil. Ya de hecho lo ensayamos con el concurso público para la Presidencia y composición del Consejo de Administración, un proyecto auspiciado por Unidas Podemos que el bipartidismo terminó por trabar ante el empeño de la izquierda de desgubernamentalizar los medios públicos en España. Persiste así, desde entonces, un modelo PP/PSOE que incide en el error de una anomalía histórica claramente excepcional en el marco europeo, un notorio déficit democrático que debe superarse resolviendo de inmediato al menos la renovación del Consejo de Administración, conforme a la ley vigente, además de la creación de una subcomisión parlamentaria para definir el nuevo convenio marco de cara al nuevo contrato programa que la Corporación ha de suscribir con el gobierno previo pacto de Estado por la democratización, financiación y estabilización de la empresa si es que de verdad hay voluntad política de acometer los retos, nada fáciles, de la actual revolución digital que está trastocando las formas, narrativas, formatos y modelos de gestión del servicio público audiovisual.

Podríamos enumerar en esta columna numerosas asignaturas pendientes que deben ser acometidas ante el nuevo ecosistema informativo, más aún en un contexto marcado por la estrategia de jibarización de los medios públicos iniciado en la era Mario Monti desde Bruselas logrando orillar a las empresas estatales hasta extremos insostenibles desde el punto de vista económico e institucional. Pero no es el caso aburrir al lector con detalles menores. Lo sustancial es constatar la ausencia de alternativa en la bancada de la derecha extrema y el PSOE neoliberal. En otras palabras, el futuro de la RTVE depende a día de hoy, primero y antes que nada, de la voluntad política y en segundo lugar de la demanda ciudadana que lamentablemente apenas se manifiesta. Hasta ahora solo los propios profesionales de la casa vienen pidiendo, a través de sus organizaciones sindicales, un plan de producción propia y el fortalecimiento de los recursos tecnológicos y de personal frente a la actual lógica de externalización que debilita la corporación y su autonomía estratégica como empresa vital para vertebrar el Estado y la cultura popular.

A falta de un Consejo Estatal de Medios Audiovisuales que vele por la buena dirección de la RTVE, a la espera de concretar una política de Estado que de verdad dé sentido a la Secretaría de Comunicación del Ministerio de la Presidencia, y que los dos partidos mayoritarios comprendan que el servicio público audiovisual es, como la sanidad, una cuestión de salud pública, quizás ha llegado la hora de empezar a definir una estrategia de campo abierto desde la sociedad civil organizada, promoviendo una Auditoría Ciudadana y una Coalición para la Teledetodos que impugne la lógica de la alternancia de los Contreras, MEDIAPRO y los intereses creados de siempre que han terminado por deteriorar hasta límites impensables la radiotelevisión pública.

Como rezaba el anuncio de La 2, somos la inmensa minoría, pero toda revolución empieza cuando y donde menos se la espera: en cada esquina y plaza pública, en los patios y encuentros de vecinos, en el corazón joven y rebelde de la generación Z que huyó de la pantalla chica y surfea de cuando en cuando por RTVE PLAY, en el arte de cineastas y amantes de la vida buena y la cultura con mayúsculas que confían en la ventana de oportunidad de la corporación para cultivar nuestros imaginarios o, como siempre, en los profesionales de la esperanza de la casa, no la de la escuela de Emilio Romero, que ya sabemos para lo que sirve, sino más bien la de Alicia Gómez Montano que, a la sazón, debiera ser hoy la Presidenta de la radiotelevisión pública por todos los méritos, conocimiento y potencia que acreditó en el concurso público, esa potencia que aún hoy pervive en Prado del Rey y que hay que mover para cambiar la historia, para cambiar el medio. En su momento, la muerte y los letrados del Congreso hicieron su trabajo. No dejemos que la RTVE termine por colapso e inacción. Es una cuestión elemental de democracia.

La lógica del calamar

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La serie coreana que sigue la estela de Parásitos ha tenido lecturas variopintas: crítica al capitalismo, brutalidad innecesaria, espectáculo a lo Tarantino, violencia sin guion, perversidad asiática, hasta narrativa ochentera del programa Humor Amarillo. En fin, una polémica que da cuenta de su impacto cultural: más de 140 millones de hogares en el mundo consumieron –nunca mejor dicho– la serie con fervor.

El oculocentrismo, la Era de las Pantallas, es lo que tiene: impone una férrea economía política a la multitud, incluso para su deleite o entretenimiento. Una suerte de proyección y registro en la era del perfilado para la acumulación por desposesión sin solución de continuidad.

Tiempos pues de zozobra, de zombies y de narrativa audiovisual que mueve al espectador de su zona habitual de confort para sujetarlo. Pues siempre prevalece el llamado efecto burbuja, la chispa de la vida, la euforia delirante del capital que deslumbra como durante la fiebre amarilla, la fiebre del oro que Chaplin supo documentar con ironía mostrando cómo uno ve lo que desea ver, negando el principio de realidad.

El discurso comercial del milagro económico de la cuarta revolución industrial que proyecta la tecnología es la liquidación vía liquidez en forma de falsa promesa de startups o innovación pirata a lo japonés. Todo ello aderezado con el influjo publicitario de la economía digital, inteligente o inmaterial, de la atención. Pura pendejada a lo Rogelio Velasco.

De cualquier modo, como escribiera Rafael Chirbes, «no hay medicina que cure el origen de clase (…) ni siquiera el dinero que pueda llegar luego o el prestigio social que se adquiera (…). Es una herida de cuyo dolor te defiendes, e incluso ante tus propios hijos ya desclasados sacas las uñas de animal de abajo”.

Sentencia implacable, que debe servir en este universo de imágenes que nos inunda. Siempre prevalecerá el espíritu indómito de un pensamiento salvaje. En palabras de Marcelino Camacho, ni nos domaron, ni nos doblaron, ni nos van a domesticar. Esa es la libertad, y no tomar cañas o suscribirse a Netflix para ver cómo nos hacen competir en un juego sin sentido.

En la guerra cultural y económica que vivimos, en la suerte de guerra de clases de nuestro tiempo, es hora pues de confrontar el frente cultual de la política Mickey Mouse, el contubernio peligroso de la alianza ratera Macri/Milei o sus amigos en España.

Primero, por dignidad y, también, por instinto de clase que ha de visualizarse en las pantallas como avanzadilla de esta disputa. De hecho, no es casual que el líder de Libertad Avanza propusiera eliminar los impuestos a los videojuegos, ni que entre su electorado arrasara en el sector juvenil.

La cultura gamer y streemer domina la pulsión plebeya y constituye un elemento crucial en el neopopulismo de derecha, imponiendo una cultura gamificada, anestesiada pero activa contra, por ejemplo, toda política de Hacienda Pública.

Tal incoherencia o inmadurez narrativa de la cultura de la gamificación participa de las estrategias retóricas del ilotismo, de la cháchara y lo superfluo, una corriente ideológica de lo insignificante o del vacío como ausencia de horizonte histórico, de acuerdo con la reflexión de Carla Mascia. Hablamos de un discurso sin compromiso, puro marketing, pura autorreferencialidad ante la realidad que emerge.

Así las cosas, conviene volver a Gramsci y contraponer la figura legal y la realidad social para desmontar tal lógica discursiva que, incluso, permea y hegemoniza la acción política de la izquierda. Frente a los ingenieros del vacío político y la algarabía mediática, es tiempo de afirmar el compromiso por contar la vida para cambiar la historia, para narrar con sentido, que es el consentimiento de los sin nadie, aquellos que, además de costumbres y sentido común, tienen sus propios cuentos y las cuentas claras.

Maíllo, la virtud republicana

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El filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría hablaba del ethos barroco para explicar que la modernidad no es un camino único ni en línea recta. Al contrario, frente a los modelos dominantes propios del Norte global, desde el Sur siempre han florecido modelos alternativos de modernidad marcados por la política de la resistencia, la hibridación cultural y el diálogo, fruto de la adaptación creativa de los sectores subalternos.

Que Antonio Maillo es andaluz hasta la médula es bien sabido, menos quizás que profesa ese ethos barroco, y no es un dato menor. En estos tiempos de confusión y zozobra, de restauración de la corona de Aragón, incluso entre la propia izquierda, la noticia de su candidatura a liderar IU es recibida por todos como agua de mayo. Si no queremos seguir los pasos de Italia, hace falta pensar España desde la cuestión meridional, desde el Sur y desde abajo. Y Antonio es plenamente consciente de esta tesis, conoce bien el momento histórico y los retos que tiene la izquierda en el actual horizonte de transformaciones que vive la política y, sobre todo, tiene la entereza, solidez y compromiso necesarios para construir un proyecto consistente de unidad desde el pluralismo y el conocimiento del mapa complejo de la geopolítica contemporánea que hay que enfrentar.

Doy fe de ello, desde los primeros pasos de IU, cuando tuve la suerte de conocerlo y trabar amistad en un encuentro de jóvenes del movimiento estudiantil, él proveniente del CADUS sevillano, yo de la Complutense, ambos imaginando las potencialidades del movimiento político-social y otras formas de hacer política, como la de aquella IU inspirada por Anguita que alentó en su momento una nueva estructura de sentimiento o sentimentalidad.

De aquel encuentro a esta parte, han pasado más de 35 años, y Maíllo ha demostrado en su impecable trayectoria que, como en su momento uno intuyera, tiene madera de líder. Atesora conocimiento y pulcras maneras, pa/ciencia y sabiduría, la de Séneca y el legado de Córdoba, cultivando, cual artesano, la palabra con templanza y justa medida, una virtud nada habitual en la política, menos aún en los tiempos que corren.

Hoy que la política es una producción en serie de más de lo mismo, una suerte de espiral del disimulo, su liderazgo es garantía fehaciente de progreso, porque siempre hace posible, en lo real y concreto, la interlocución cordial, porque hace lo que dice, dice lo que hace, y vive como habla. Por ello mismo es un dirigente muy querido entre la militancia y las clases populares, un referente de la izquierda para el proyecto de construcción de un nuevo sentido común desde el Sur y desde abajo.

Históricamente, desde Andalucía han sido muchas las experiencias políticas que han sido iniciativas de vanguardia para el movimiento de emancipación, desde la Gloriosa, y la I y II República, a la transición y lucha del pueblo andaluz, o más recientemente cuando desde Córdoba precisamente se pensó el proyecto de Convocatoria por Andalucía. Hablamos de una memoria y un legado y cultura política de la que Maíllo ha sido heredero y protagonista fundamental.

Revisando estos días en mis archivos personales ante el cuestionamiento de un conocido periodista sobre el futuro de la izquierda en España, recordaba el libro “Un año inolvidable” de Achille Ochetto, escrito tras la caída del muro de Berlín. En él, el histórico dirigente del PCI apuntaba tres ideas claves, hoy de plena actualidad: hay que repensar la izquierda y renovar la teoría y práctica de la política emancipadora más allá de cierta cultura naif que se ha impuesto entre las fuerzas de progreso, es preciso afrontar la batalla cultural y romper con el dominio de la política como mero simulacro o juego de espejos mediáticos.

Y ello solo es posible con diálogo. Con escucha activa, pero de verdad, profunda, en el sentido freireano. Si la algarabía y ruido infoxicador colonizan todos los espacios públicos, hacen falta líderes que practiquen la atenta escucha dedicados, como Maillo, a la gente común, empezando por afiliados y simpatizantes. Líderes que construyan al cabo de la calle, a ras de suelo, desde abajo, la organización, los frentes culturales. Sin este empeño, no hay gobierno de coalición ni futuro posible.

Sorprende que, en estos tiempos tan difíciles de avance del autoritarismo y la reacción, haya quien no entienda este principio o que incluso no contemple la construcción de alternativas democráticas orgánicas construyendo organización como prioridad, bien por calculadas estrategias de centralización o incluso por tratar de compatibilizar ser ministro y portavoz, cuando más es evidente que urge avanzar en la guerra de posiciones con mayor unidad y poder popular. Como repitiera en campaña, literalmente, hasta la extenuación: hay que sumar, coser y cantar.

Maíllo sabe bien de qué se trata. Tiene la idea, el don de la palabra justa y precisa, la virtud republicana de la ejemplaridad, y es un avanzado estudioso de la filosofía de la praxis porque lo que promete lo cumple.

Este pasado mes se celebró el 50 aniversario de la revolución de los capitanes. En España, no logramos, desafortunadamente, nuestra revolución de los claveles, pero quizás, por qué no, ha llegado la hora de sentar las bases de una revolución de los profesores, la hora de la primavera de las amapolas que refresque el ambiente, despeje las nubosidades variables y nos empape de la fragancia verde esperanza con el que avanzar en el movimiento de la historia.

Si Blas Infante abogó por gobernantes que sean maestros, Estado que sea escuela, política que sea arte de educación, con Antonio Maíllo tenemos la certeza de que, en la era del fango y la ponzoña, su liderazgo al frente de la principal fuerza de la izquierda con implantación nacional arrojará luz y claridad, una hoja de ruta con la que caminar y avanzar, ilusionados, conscientes, firmes en la disputa de la hegemonía por las libertades y la democracia que tanto necesita este país.

Es hora, en fin, de transitar por las grandes alamedas de la libertad, practicar la pedagogía democrática y recomponer el diálogo, fortaleciendo la izquierda con la firmeza y convicción de quien sabe de dónde viene y tiene la sapiencia de escuchar y preguntar a la hora de construir un proyecto de izquierdas para la mayoría. Esa es su principal virtud. Y no es poca cosa, porque justo, en estos momentos históricos, es lo que precisamos para caminar juntos, para religarnos, para actuar en común. Para cambiar la vida, y cambiar la historia.