Pospolítica y neotelevisión

Share

La era de la postpolítica no es la del reality show ni la producción del espectáculo en vivo, sino más bien la era de la postproducción y la ley de hierro del orden narrativo del nuevo espíritu del capitalismo. Esto es, lo verdaderamente real, lo determinante, lo que sobredetermina la escena en pantalla está más allá, y no es visible al público, con independencia de lo que la natural improvisación de los actores declama.

En otras palabras, siempre hay un guion que define los roles de cada figurante en La Isla de las Tentaciones, pero la tentación no está en la casa de Gran Hermano sino, como el capital, en la captura a posteriori, en la edición, en el making off del carrusel permanente con el que nos vienen entreteniendo en la parrilla programática de la vida en común.
Solo así es posible entender qué se representa en la invasión del Capitolio y no quedar petrificado con el espectáculo obsceno que vimos en vivo y en directo. Pues, sí o sí, la coyuntura es solo el objeto contingente de actuación de la práctica política.
El problema es que nos hemos acostumbrado a todo lo contrario por el efecto de los medios y la reducción de la política a mera actualidad de un presente perpetuo, desconectando hechos, como esta parodia, de la gestión de la crisis de 2008, cuando más resulta necesario vindicar el principio o hipótesis de trabajo relacional y cuestionar cómo hemos llegado a este estado de excepción.

¿De dónde vienen, por ejemplo, redes como Club for Growth, Family Research Council y otras sectas ultras que amenazan nuestro futuro y reeditan experiencias anticipadas por Heritage Foundation o Moral Majority? Colectivos que Fox News y Breitbart News realimentan en la producción de ideología supremacista como parte de una escaleta bien calculada para cumplir con la narrativa de los intereses creados.

Lamentamos decepcionar al lector. No fue Trump el principal productor de esta distopía. Como hemos dejado evidenciado en diversas obras sobre la propaganda, fueron Reagan y luego Obama quienes convirtieron la Casa Blanca en un plató de televisión, en un espectáculo total –un signo indudable del neobarroco–, con una puesta en escena de emociones, humor, tensión dramática, de acuerdo al guion efectivo preparado en cada momento para consumo y deleite de la audiencia.

La única novedad o radical diferencia de Trump, más allá de su cretinismo –similar por otra parte al de  Reagan– es que su programa The Apprentice, en la NBC, era un reality show y no un espacio divulgativo. Si Isabel Pantoja o Cristina Cifuentes hoy traspasan las fronteras de lo pensable vía un programa de talentos o Supervivientes es que, en la era de la neotelevisión, domina la cultura bastarda, la contaminación y la confusión de actores, gentes, géneros y estéticas.
Así, el dominio y el gusto por sociópatas como Tony Soprano o el protagonista de la serie YOU, o de nuevo Drácula en Netflix es nuestro Baal de Brecht y el Pato Donald, versión soft, de Mattelart. Donald (como el Pato) Trump, explica James Poniewozik, crítico de The New York Times, creció con Disney, que demonizaba a los nativos americanos, mientras en los ochenta del glorioso neoliberalismo de la era Reagan el imbécil cowboy de medio pelo se imaginaba como protagonista de Dallas o Dinastía.
Nada que ver con las pendejadas de la Academia de la Historia que, como la Academia de la Lengua, se ha vuelto lenguaraz, y no lo digo por el escritor insulso bocachanclas que todos tienen en mente. El – dícese– escritor Juan Van-Halen confunde en sus diatribas de ABC «descentralización de las redes» con «desinformación» y «falsedad», como si los medios fueran garantía de transparencia y siguieran el debido protocolo deontológico.
«Posverdad», según la RAE, es la distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y actitudes sociales. Justo lo que hacen cada día los muchachos de OKDiario y los hijos de Berlusconi de Mediaset, por no hablar de la Sexta y el universo Planeta.
En suma, aunque les pese a los macarras de la moral, los principales artífices de las falsas noticias, oído al parche, no se pertrechan en Twitter, ni parten del rumor anónimo del WhatsApp, propio de situaciones de crisis como la del Capitolio, sino fundamentalmente en los medios periodísticos y las fuentes oficiales, sean las del hijo de Nerón, pato Donald Trump, o las del pulcro y cosmopolita ejecutor contra las libertades llamado Macron. Por cierto, ahora que pienso, ahí siguen los chalecos amarillos, dando una lección de escuela de ciudadanía, de pedagogía democrática, señalando que no cesarán en su voluntad y saber más allá del pogromo neoliberal y de lo que digan en el parte de guerra del noticiero diario.
Saben, ciertamente, que la autonomía y el antagonismo son la base específica de mediación social de la política para una vida digna. Las clases, explicaba Poulantzas, son siempre portadores de estructura. Los sujetos son porque están siendo, advertía E.P. Thompson. Pero ¿cómo están siendo en la era de la postelevisión?
Sabemos que el arte de la desinformación consiste en desilustrar, a nivel de conciencia, con una narrativa de la confusión, siempre seductoramente espectacularizante. Pero toda lucha tiene memoria y los idiotas no son tanto los esclavos como los señores de la nada, con cuernos o no, que de todo hay.
En suma, la amoralidad de la pospolítica algo tiene que ver con la paleotelevisión. Aunque empiezo a pensar que lo que ilustra mejor la decadencia del imperio, más allá de vergonzosos episodios como el que se ha vivido en Washington estos días, que se encuentra siempre en las pantallas del patio trasero, a través de series de culto como La Casa de las Flores. Qué curioso: hemos de ir, paradójicamente, a la ficción para comprender la actualidad noticiosa. Cosas del mundo al revés.

El discurso ultramontano

Share

El diálogo es una condición existencial, tal y como nos legó Paulo Freire. No hay sujeto sin voluntad de atenta escucha, pero en la sociedad del ruido y voxiferante, en la alborotadora sociedad del cansancio, la norma, afirma Byung-Chul Han, es la sordera, y este es nuestro principal problema democrático, considerando que el sistema cultural es materialmente autista.

El futuro, por contra, eso esperamos, debe ser el de la escucha activa, una sociedad de ciudadanos que oyen, atienden y, en consecuencia, logran aprender del otro. Un ideal de la Dictadura de la Pedagogía, como sugiriera Blas Infante, por hacer, y hoy más que nunca necesario. Y no, como propone Reventós, una sociedad que ignora el grito.

La indiferencia no es la cultura de la tolerancia. Antes bien, el futuro de España se adivina entre el discurso del miedo y el discurso del medio. La querencia del IBEX 35 por la Familia, la Tradición y la Propiedad, pareciera añeja, de otro siglo, el XIX.

Pero he aquí que seguimos anclados en el diseño canovista, de burgos podridos, caciques y oligarcas empoderados y un sistema político y electoral con su propio chivo expiatorio –los comunistas–, amenaza fantasma de los intereses rentistas de la casta acomodada en los consejos de administración, que se reparte los recursos y medios de vida, por encima de nuestras posibilidades.

Una casta que vive de la tradición como norma no cuestionable de la misa, el responso y los discursos meapilas sobre el destino universal y el imperio del nacionalcatolicismo. Una casta sin historia, con la que se impone el refugio de la familia, sin Estado, por una mal entendida concepción subsidiaria de lo público, entre la miseria, la dependencia y el citado extractivismo que dejan a los ciudadanos a la intemperie de una vida indigna, al pairo del Padre Omnipotente de la corona garante del orden y la confabulación de una narrativa decimonónica que condenó al ostracismo a liberales, intelectuales, líderes políticos y dirigentes que amenacen esta cosmovisión hoy dominante.

Y todo ello gracias, en parte, a la degradación cultural del sistema educativo y unos medios de contaminación masiva cuya función básicamente es evitar que la gente común piense, demande y exija lo que nos es propio, no vaya a ser que empecemos por pensar que esto de la Marca España –familia, tradición y propiedad– no sea más que una milonga, y el jefe del Estado, un mero traficante.

Así, tanto gusto de los de Serrano y la milla de oro por la caza y la montería termina resultando irremediablemente obsceno, un remedo de la estética madelman con la que echarse al monte a fuerza de pronunciar ilógicos panegíricos extremistas entre ridículas contradicciones y la falta de sentido de humor. Pues perdieron todo juicio, estética y razón.

Y es que la crisis civilizatoria que vivimos es pródiga para soluciones futuristas de violencia y velocidad, a golpe de tuit o de asesores improvisados titulados con Máster de saldo y ocasión. Por lo mismo, el discurso del odio y neofascista no debe ser combatido.

Todo experto en comunicación sabe que información produce información, como la dialéctica del fetichismo de la mercancía. La comunicación política ultramontana se combate con el BOE, con reformas fiscales, regulación del oligopolio eléctrico, con derechos y fiscalización social y con economía política, que es la caja negra que nunca nombran los del pin parental y otras ocurrencias premodernas.

Esto es, con ciencia y con conciencia, no subiendo el tono de voz, que es muy propio de una cultura, como digo, replicante, pero no dialógica, autista y no dialéctica, violenta y nada productiva. Una cultura, en fin, anclada en el pasado y poco cultivadora de la virtud y el ejemplo, que a fuerza de ir más allá, no sabe estar de vuelta. Es lo que tiene el espíritu ultramontano: nunca supo de los límites ni del arte de lo posible.