‘Ama Rosa Quintana’

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Los amos de la información en España fue un célebre ensayo que los estudiantes de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid tuvimos a bien leer en plena década neoliberal, con doctorados Honoris Causa a los Conde de turno.

Más allá del valor del estudio, el empeño en lecturas de este cariz tenía el sentido de contrarrestar el discurso disparatado que ensalzaba a fascistas a lo Dovifat de parte de los adeptos al régimen que proliferaban en la escuela heredera de la Iglesia Católica en calidad de improvisados profesores cultivados con la semilla del Opus o, peor aún, del autoritarismo ramplón, analfabeto y ridículo, tipo “demos un premio a Ayuso como alumna ilustre”.

Pueden imaginar el tono y la cultura académica de la tribu por aquel entonces y los de sus discípulos, hoy encabezados por un decano a la altura de la community manager del perrito de la Espe. El recuerdo viene al caso porque ya entonces, desde la Universidad, advertíamos sobre el proceso de concentración. Y hoy, los movimientos en Mediaset dan cuenta de una operación Goebbels en tonos estampados, pero con la misma lógica.

Ya sabemos el resultado del fiestón en los ochenta, con los Colón de Carvajal y los amigos del rey emirato. Hoy conocemos las corruptelas de la inútil dinastía borbónica y empezamos a avizorar cómo se mueven entre bambalinas los amos de la información, anclados como siempre en la cultura rentista.

Hablamos del fanfascismo, de la derecha clerical y meapilas de este país, presa de una cultura feudal, como en los setenta la Democracia Cristina en Italia, que no ha hecho otra cosa que vivir por encima de nuestras posibilidades.

De la España vaciada a la España saqueada, del desplazamiento a la segregación espacial y económica, el fanfascismo anida en los medios del franquismo sociológico y amenaza con la restauración conservadora para seguir vendiéndonos la moto.

El cierre de Sálvame representa, en este sentido –ya lo advertimos–, el fin de la monarquía y el jaque mate a las cloacas del Estado y de La Fábrica de la Tele; el fin de la delación nacionalcatólica, todo en una, Ama Rosa y Villarejo, el rey emirato y la guerra sucia; la extimidad y el escándalo; la Operación Deluxe y el lujo suntuoso del universo jeque.

Una suerte de jaque a los jeques y telepredicadores de la pornografía sentimental que esperamos se resuelva de modo distinto a otras etapas de la historia. Más que nada por agotamiento de los porno jefes del Estado que nos han impuesto.

Ya es hora de la solución multiusos, todo en uno. Otra solución sería inaceptable, para algo se viene dando tal deriva, con sentido, y sin consentimiento, de la institución de una plebeya presentadora de televisión, con los telecuore y el cese de Vasile, que abandona el barco del espectáculo berlusconiano de Las Mamachicho para instaurar la línea sado de Ama Rosa.

Como en el periodo de 1874 a 1923 o como con la dictadura de Primo de Rivera y el franquismo, los amos de la información andan ya sin disimulo: a partir de junio solo tienen voz las élites de la oligarquía económica y sus portavoces o secuaces.

Toca, pues, aprender las lecciones y que seamos inteligentes, no vayamos a terminar como la izquierda en Italia. Ama Rosa, Iker y los paranormales catódicos trabajan a diario para ello, en clave realismo capitalista high definition. Así que, si el miedo paraliza y nos desmoviliza, es tiempo de disputar el discurso del distanciamiento social rearticulando afectos y redes de cooperación.

Del otro lado ya sabemos lo que hay: ideólogos a lo Mariló que afirman que el mundo es de ellos por montera, aunque sea Montero y no sepan otra cosa que repetir, cual papagayos, Venezuela, Cuba y el eje del mal, sin pericia ni técnica.

Por algo tiene lugar la crisis del periodismo que, en el fondo, es la crisis de la representación y de toda mediación social. Incluso en la Academia, donde se ha perdido el principio de auctoritas, inmersa como está en el reino de la mercancía, sin corazón ni cabeza, sin autenticidad, coherencia, magisterio, virtud ni ejemplaridad.

Así andamos con los Borjapijos de saldo y turno de oficio, escuchando un serial radiofónico de los años cincuenta en pleno siglo XXI, cuando no haciendo realidad el sueño húmedo del Metaverso, para vivir, trabajar, socializar y proyectar mundos imposibles pasando primero por caja.

Un mundo regido por la ley de hierro de la administración de los hombres y las cosas en la sociedad positiva que nos recuerda la cueva de Platón. El reino de la virtualización como simulación del dominio del fetichismo de la mercancía, basada en la colonización del tiempo, el control de la economía de la atención mientras sufrimos déficits de atención de lo que de verdad importa: la vida. Claro que, para este caso, el guion de Ama Rosa Quintana no sirve, salvo que confundamos el ritual sado con la realidad vital.

Los retos de la Era Digital

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La era de las redes sociales plantea nuevos escenarios políticos y económicos que deben repensarse, no solo ante la emergencia de la ciberguerra y los procesos de desestabilización política que experimentan América Latina y Europa, sino porque introducen nuevos retos estratégicos al sistema informativo mundial. Un primer punto de partida es que el actual modelo de mediación social ha cambiado sustancialmente.

En efecto, estamos ante un sistema descentralizado desde el punto de vista de la infraestructura; pero habría que recordar que el comando, el control de esa red de Internet, sigue siendo absolutamente monopólico, con el papel protagónico de los Estados Unidos, que tiene la hegemonía desde la creación de la COMSAT no solo en materia de distribución y circulación de información, sino también de hardware y software, lo cual constituye una posición de superioridad informativa que debiera poner en alerta a los llamados países periféricos ante la histórica dependencia tecnológica de este país.

Apunto este dato porque, en un panel y encuentro martiano como este, es preciso vindicar la memoria histórica y politizar la representación que nos han construido de la cultura digital. Esto es, debemos comenzar recordando que la estructura real de la información tiene una historia y continuidades más que rupturas fruto de la revolución tecnológica. Hay que tomar en cuenta que, en la disrupción digital, hay procesos acumulativos y magmáticos que explican el actual estado de la cuestión desde el inicio de la integración de la red de telecomunicaciones y la informática en red. Hablamos de la génesis, en fin, de la carrera aeroespacial en la era de la Guerra Fría que llega hasta nuestros días y que el crítico norteamericano Herbert I. Schiller describe perfectamente en su libro Comunicación de masas e imperialismo yanqui. En ese período se impone una estructura de comando y poder imperial en el que la Unión Internacional de Telecomunicaciones (OIT) y el propio espacio geoestacionario quedarían en manos, pese a la competencia de la Unión Soviética, de Estados Unidos.

Hoy ese control del espacio orbital y de las redes de comunicaciones, lo que llamamos la hipótesis Echelon, continúa en manos del Pentágono, que ejerce el control de las comunicaciones desde el punto de vista tecnológico y militar, aunque los GAFAM sean corporaciones privadas. Persiste, sin embargo, el relato y la narrativa Silicon Valley, sostenidos en los mitos de progreso, de la libertad y autonomía, y del renacimiento democrático en la era de la nueva Alejandría electrónica; además del mito de la transparencia cuando, paradójicamente, el secreto, como decía Guy Debord, es la norma en la sociedad del espectáculo.

En otras palabras, en la llamada sociedad digital o capitalismo de plataformas, tenemos un sistema de mediación oculto al escrutinio público basado en una lógica de organización concentracionista y un sistema de video vigilancia global en manos de los Estados Unidos y unas pocas empresas corporativas, cuyo presupuesto ordinario supera a la mayoría de los Estados nación del primer y tercer mundo. Ello explicaría la facilidad para habilitar procesos de restauración conservadora, así como las experiencias de los golpes mediáticos o la llamada guerra híbrida. Si me permiten una hipótesis de esta breve intervención, la verdadera caja negra de la supuesta democracia digital es justamente las operaciones encubiertas dirigidas, por ejemplo, a desestabilizar gobiernos de progreso. Por ello las operaciones del algoritmo no son de escrutinio y control público. Paradójicamente, en la era de la economía inteligente los sistemas expertos quedan al margen del escrutinio y evaluación democrática, al margen del debate, de la deliberación, del control de los poderes democráticos, del poder judicial y, evidentemente, de la ciudadanía que solo es considerada, en esta matriz ordoliberal, como simple usuaria o consumidora de la red, nunca como sujeto de derechos. Conviene en este sentido, ya que hablamos de memoria y de las redes hoy, hacer un análisis histórico. Podemos situar la ciberguerra en varias etapas.

La primera, aunque sorprenda, viene de hace más de dos décadas e inicia, fundamentalmente, con China. El conflicto más interesante o potente se ha venido dando entre Washington y Pekín, y a partir de ahí se han desarrollado numerosas experiencias no conocidas públicamente, salvo algunos papeles que Wikileaks hizo públicos con los resultados para Assange que ustedes conocen.

Después vino lo que algunos ven como ciclo de protestas o revoluciones 2.0, y que es exactamente su contrario. Hablo de la Primavera Árabe, del Brexit en la Unión Europea, de la actual guerra en Ucrania, de las estrategias de desinformación no solo de sectores de la extrema derecha, sino del poder fáctico del Pentágono, que ha dominado las telecomunicaciones y, aún hoy, domina a grandes compañías como Facebook, Google y Amazon, colaboradores necesarios de lo que hoy llamaríamos guerra irregular. En otras palabras, cuando hablamos de ciberguerra en la era de la información, en realidad estamos hablando de una doctrina política militar del Pentágono denominada, en los años 60, guerra irregular para enfrentar procesos revolucionarios como, por ejemplo, la experiencia de Cuba, las guerrillas en América Latina o los movimientos de liberación nacional en África y Asia. A partir de experiencias como las vividas con los movimientos insurgentes en Latinoamérica se desarrolló una doctrina en la Escuela de las Américas, donde se formaron los ejércitos golpistas para, de manera cruenta, reprimir a los movimientos populares de la región. Este marco conceptual o corpus militar doctrinario consiste básicamente en tres principios elementales definidos durante la era Reagan en el laboratorio centroamericano de Nicaragua en la llamada guerra de baja intensidad.

Primero, enfrentar los conflictos no en el ámbito militar, o estrictamente castrense, sino en el plano ideológico-cultural, por eso hablamos de guerras culturales (guerra ideológica, en la actualidad). En segundo lugar, un enfoque global del conflictoabordando incluso regionalmente las guerras sucias contra los procesos de transformación revolucionaria. Véase, por ejemplo, el caso de Nicaragua, la guerra sucia por la cual Estados Unidos, por primera vez en la historia, fue condenado por un tribunal penal internacional. Una guerra encubierta, elemento importante: frente a la transparencia, que orienta sus estrategias de operaciones psicológicas procurando el secreto como norma en conflictos calificados de no guerras, incluso “operaciones de paz”, para legitimar la intervención militar ante la opinión pública. La experiencia vivida llevó a Nixon a sentenciar una idea que retomó Reagan y que ha sido aplicada hasta nuestros días por sucesivos gobiernos de los Estados Unidos. La primera condición para ganar la guerra es contar con la unanimidad de la población y para ello es preciso tener un criterio u objetivo moral, es decir, ser inobjetable moralmente para la legitimar la intervención. Pero sabemos que las guerras imperialistas persiguen otros intereses, por ejemplo, si hablamos del intento de magnicidio de la vicepresidenta argentina, o si hablamos de Bolivia, otro tanto de lo mismo. Al final nos enfrentamos a la verdad de la paradójica situación por la que la propia transición digital necesita recursos minerales estratégicos que están en los llamados países periféricos, como sucedía antaño con la doctrina de Santa Fe, a partir de la cual se desarrolla una estrategia para América Latina en la que se establece el objetivo de conquistar, de manera activa, el frente ideológico, incluso con la cooptación de intelectuales, de pensadores de América Latina que militaban en el marxismo y sostenían posiciones progresistas y revolucionarias; además de controlar el parlamento, lo que suponía ocultar a la opinión de los representantes legales de la soberanía popular las operaciones encubiertas de contrainsurgencia que se desarrollaban en esos países y, evidentemente, ocultar a los medios de comunicación, la guerra cultural, la guerra híbrida de la que hablamos hoy y que arranca con la doctrina de Santa Fe como explicara en mi ensayo “La guerra de la información” (CIESPAL, Quito, 2016).

Es verdad que ha habido una modulación. Hoy hablamos de golpes blandos, de golpes mediáticos, pero algunos actores no han variado. La agencia de cooperación de los Estados Unidos sigue interviniendo en Bolivia, por ejemplo; la agencia de información sigue siendo activa en el fondo nacional por la democracia de los Estados Unidos, financiando procesos de golpe blando y, luego, nuevos actores como la Fundación Vargas Llosa, que colaboran con el expresidente Aznar, se han unido a clásicos agentes enemigos de la democracia como la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) o el grupo de diarios de América que constituyen el oligopolio, la patronal mediante la cual refuerzan en los medios lo que circula en las redes sociales.

No olvidemos que, igual que en la radio y en la televisión se replica lo que publican los periódicos, ahora los periódicos publican lo que las redes y los bots establecen como estrategia, de manera falsa. De ahí el éxito del Brexit y el éxito y ascenso de la extrema derecha en Europa y en América Latina.

Ciertamente existe un ciberactivismo que podríamos calificar como nueva economía moral de la multitud, nuevas prácticas de resistencia, de organización, de movilización, pero no solo desde posiciones transformadoras. Las estamos viendo también como procesos involucionistas de extrema derecha, mediante discursos de odio, como los que se ven hoy en Argentina y España.

Frente a ello, creo que en este momento hay que pensar en la historia, en la memoria, en los valores del pensamiento de José Martí, en lo que representan el Caribe y la experiencia revolucionaria en Cuba, en el levantamiento del pueblo haitiano. Hay que recordar las alternativas democráticas y, en materia de redes, frente a la ciberguerra que prolifera en nuestro ciberespacio, implementar alternativas democráticas necesarias, políticas de comunicación que pongan coto a este discurso del odio, a la violencia simbólica, al desarrollo de estrategias antidemocráticas desestabilizadoras de los gobiernos de progreso en los países del sur.

Necesitamos también regulación. Es falso que Internet no se pueda regular. Se pueden limitar y aplicar normas a los contenidos, establecer medidas contundentes en esta materia, porque nos estamos jugando la democracia. Y, evidentemente, cuando no hay regulación sabemos que se impone la ley del más fuerte.

Necesitamos también recuperar un discurso que surgió en la Unión Europea con la pandemia, y que desapareció inmediatamente de la agenda pública pese a la centralidad que hoy por hoy desempeña esta política: la soberanía tecnológica. No podemos hablar de libertad y democracia, no podemos poner en práctica una cultura de paz en estos tiempos de ciberguerra, sin autonomía tecnológica. Por tanto, necesitamos nuestros hardware y software, herramientas y tecnologías apropiadas e intermedias necesarias para el desarrollo autónomo. Frente al aceleracionismo tecnológico de los actores dominantes que implementan lógicas de obsolescencia planificada y políticas de adopción de las últimas tecnologías que generan dependencia económica y tecnológica, así como una pérdida de soberanía de nuestros países, es tiempo de pensar otras matrices distintas contrarias al actual capitalismo de plataformas. Aquí hablo desde España, desde la Unión Europea, donde, en esta materia, tenemos una total dependencia de Estados Unidos.

Dejo para el auditorio esta reflexión y concluyo señalando que, evidentemente, necesitamos más educación para la ciudadanía digital, no solo educación para la paz sino programas de fomenten el desarrollo de competencias para saber qué son los fake news, qué es la desinformación, cómo circulan las estrategias mediáticas en esta esfera digital que da lugar a una contraesfera narrativa, a una esfera pública oposicional, a un antagonismo desde las multitudes que defienden su derecho como es necesario y ha sucedido en otros momentos de la historia. Estamos en un proceso tan acelerado, tan radical de cambios, que los programas e iniciativas en esta materia se antojan no solo insuficientes sino prácticamente irrelevantes. Necesitamos no solo en las facultades universitarias, sino en la primaria y en la educación obligatoria, formar a la ciudadanía en el uso inmersivo de la cultura meta o virtual que viven a diario los jóvenes de manera significativa. Nos jugamos en ello el futuro de nuestra sociedad y la posibilidad de la convivencia democrática. Pero estos debates no son nuevos si revisan los textos en torno al Nomic que tuvieron lugar en la década de los setenta. Como he dicho, hay continuidades y rupturas, así que podemos hacer un llamado a recordar la memoria en esta cultura de la inteligencia artificial y del algoritmo que se nos impone. En la ciberguerra solo tenemos dos miradas que nos pueden ayudar a comprender qué está sucediendo: una mirada histórica, por tanto, memoria de las luchas y los frentes culturales, y una mirada estructural: ¿Quiénes mandan en las redes? ¿Quiénes son los propietarios de la tecnología? ¿Desde dónde circula la información? ¿Cuáles son los nodos que quedan ocultos al escrutinio público? Es este el campo de disputa a la hegemonía, el ámbito privilegiado de la lucha por el sentido común, donde las redes, en el actual escenario histórico, son un espacio de poder virtual determinante. Confío pues que les demos la importancia que merecen desde el punto de vista de la teoría crítica y la práctica transformadora a estas nuevas dinámicas de mediación que nos interpelan.

Conferencia virtual presentada en el panel “José Martí en la lucha ideológica actual”, Sala Bolívar del Centro de Estudios Martianos, 18 de octubre de 2022.

El ojo del culo de Quevedo

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La posverdad no es, como dice Timothy Snyder, el anticipo del fascismo, más bien el capitalismo es el huevo de la serpiente, y la posverdad una excrecencia o manifestación extrema del mundo al revés, el síntoma del fetichismo de la mercancía que inicia con el periodismo de referencia y termina con la lectura a lo TRUMP y ABASCAL, personajes de esta tragicomedia que, a todos los efectos, tienen por teología seguir la estela de la escatología política. El supremacismo blanco no es, en fin, otra cosa que el proceso de inversión de lo real, el dominio del capital por el que, en este reino que habitamos, prevalece la desigualdad, la falta de libertades y la baja calidad democrática. Ya lo ha advertido, con clarividencia, Javier Pérez Royo, a quien los profesores de Derecho homenajearon en un volumen, de lectura obligatoria, presentado el pasado mes por el Ateneo Republicano de Andalucía con motivo de la Feria del Libro de Sevilla. En su intervención, como en las columnas que escribe habitualmente, fue muy claro a este respecto. Cabe describir la historia moderna de España como la crisis permanente que no cesa de repetirse como farsa por el problema de la monarquía, un tapón que contiene las fugas a borbotones del propio sistema constitucional ante los reiterados incumplimientos, siempre postergados, de derechos fundamentales de la ciudadanía. Las consecuencias de esta lógica fallida es, como sabemos, la restauración conservadora que termina por derivar en colapso o cierre en falso de la crisis de régimen, anclándonos en el atraso e inmovilismo sociopolítico prácticamente desde Fernando VII. Vamos, por resumir, que lo de los Borbones es la polla, que dirían mis paisanos granainos. Cara al culo, la monarquía borbónica ha demostrado que es una porquería. No porque lo diga Evaristo, de La Polla Records, sino por la historia que representan en este país, una Casa Real, fuera de la realidad, henchidos de mierda, y jugando a la democracia cuando una y otra vez no han hecho sino socavar toda posibilidad de monarquía parlamentaria. Vamos que la República no se impone en nuestro país por convicción y pedagogía democrática, sino por la insoportable podredumbre de una dinastía corrupta, inepta, cleptómana y dada a cualquier cosa menos a trabajar por el bien común. Lo peor es que sabemos desde los ochenta el grado de putrefacción que ocultaba el cerco mediático, y mira que estudiamos la historia antecedente de latrocinio y traición a la patria de la casa real, cuya norma de comportamiento es convertir realmente el país en un verdadero lupanar. Ahora, el problema no es que la monarquía sea la polla, sino que nos toman y siguen considerando apollardaos. No lo puedo decir más finamente porque el análisis, a fuerza de afinado, indigna cuando vemos que nos están dejando finos filipinos: vulgares siervos de una colonia que hiede a estercolero. Se impone lo escatológico en esta querencia borbónica por la coprofilia. Así que, atorados como estamos entre el alma y la era del vil metal, que diría el maestro Juan Carlos Rodríguez, es recomendable volver a leer a Quevedo y conocer las “Gracias y desgracias del ojo del culo” (1628) reeditado por Pepitas de Calabaza, o mejor en la edición del bueno de Padilla, por ser el culo, en palabras de José Luis Cuerda, el mejor faro, catalejo y visor con el que radiografiar esta España nuestra en la que nos gasean con ventosidades desde los medios y el Tribunal de Orden Público. No sé si seremos capaces algún día de hacer un juicio como el de Nuremberg contra los macarras de la moral, pero al menos no perdamos el humor y actualicemos nuestra capacidad satírica para mostrar lo que nos quieren ocultar en esta política del engaño de los amantes de lo escatológico en cuerpos ajenos, aquellos que viven en la azotea de nuestro maltrecho edificio institucional y tratan de persuadirnos que llueve para todos y es bueno, aunque sea lluvia dorada de una corona inservible, salvo para vicios privados. Nunca hubo virtud pública alguna en la dinastía. ¿Dejaremos de persistir en un imposible constitucional?. ¿ Conquistaremos por fin nuestros plenos derechos ciudadanos en forma de poder constituyente?. Estoy seguro que sí, espero que no demasiado tarde.

Golpes mediáticos y desinformación en la era digital. La guerra irregular en América Latina.

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Este artículo reflexiona acerca del papel que tienen los medios de comunicación y las redes sociales en el fenómeno de los “golpes mediáticos” en América Latina. Para ello, se explora el modelo de propaganda a través del análisis de cuatro casos relevantes de manipulación y desinformación en la región: los casos de Venezuela, México, Brasil y Ecuador. La principal conclusión a la que se llegó es que es necesario regular el sistema de medios tradicional y digital en pro de la democracia y la paz para impedir la desinformación y los golpes mediáticos.

El discurso ultramontano

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El diálogo es una condición existencial, tal y como nos legó Paulo Freire. No hay sujeto sin voluntad de atenta escucha, pero en la sociedad del ruido y voxiferante, en la alborotadora sociedad del cansancio, la norma, afirma Byung-Chul Han, es la sordera, y este es nuestro principal problema democrático, considerando que el sistema cultural es materialmente autista.

El futuro, por contra, eso esperamos, debe ser el de la escucha activa, una sociedad de ciudadanos que oyen, atienden y, en consecuencia, logran aprender del otro. Un ideal de la Dictadura de la Pedagogía, como sugiriera Blas Infante, por hacer, y hoy más que nunca necesario. Y no, como propone Reventós, una sociedad que ignora el grito.

La indiferencia no es la cultura de la tolerancia. Antes bien, el futuro de España se adivina entre el discurso del miedo y el discurso del medio. La querencia del IBEX 35 por la Familia, la Tradición y la Propiedad, pareciera añeja, de otro siglo, el XIX.

Pero he aquí que seguimos anclados en el diseño canovista, de burgos podridos, caciques y oligarcas empoderados y un sistema político y electoral con su propio chivo expiatorio –los comunistas–, amenaza fantasma de los intereses rentistas de la casta acomodada en los consejos de administración, que se reparte los recursos y medios de vida, por encima de nuestras posibilidades.

Una casta que vive de la tradición como norma no cuestionable de la misa, el responso y los discursos meapilas sobre el destino universal y el imperio del nacionalcatolicismo. Una casta sin historia, con la que se impone el refugio de la familia, sin Estado, por una mal entendida concepción subsidiaria de lo público, entre la miseria, la dependencia y el citado extractivismo que dejan a los ciudadanos a la intemperie de una vida indigna, al pairo del Padre Omnipotente de la corona garante del orden y la confabulación de una narrativa decimonónica que condenó al ostracismo a liberales, intelectuales, líderes políticos y dirigentes que amenacen esta cosmovisión hoy dominante.

Y todo ello gracias, en parte, a la degradación cultural del sistema educativo y unos medios de contaminación masiva cuya función básicamente es evitar que la gente común piense, demande y exija lo que nos es propio, no vaya a ser que empecemos por pensar que esto de la Marca España –familia, tradición y propiedad– no sea más que una milonga, y el jefe del Estado, un mero traficante.

Así, tanto gusto de los de Serrano y la milla de oro por la caza y la montería termina resultando irremediablemente obsceno, un remedo de la estética madelman con la que echarse al monte a fuerza de pronunciar ilógicos panegíricos extremistas entre ridículas contradicciones y la falta de sentido de humor. Pues perdieron todo juicio, estética y razón.

Y es que la crisis civilizatoria que vivimos es pródiga para soluciones futuristas de violencia y velocidad, a golpe de tuit o de asesores improvisados titulados con Máster de saldo y ocasión. Por lo mismo, el discurso del odio y neofascista no debe ser combatido.

Todo experto en comunicación sabe que información produce información, como la dialéctica del fetichismo de la mercancía. La comunicación política ultramontana se combate con el BOE, con reformas fiscales, regulación del oligopolio eléctrico, con derechos y fiscalización social y con economía política, que es la caja negra que nunca nombran los del pin parental y otras ocurrencias premodernas.

Esto es, con ciencia y con conciencia, no subiendo el tono de voz, que es muy propio de una cultura, como digo, replicante, pero no dialógica, autista y no dialéctica, violenta y nada productiva. Una cultura, en fin, anclada en el pasado y poco cultivadora de la virtud y el ejemplo, que a fuerza de ir más allá, no sabe estar de vuelta. Es lo que tiene el espíritu ultramontano: nunca supo de los límites ni del arte de lo posible.