Doppio stato

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Dejó escrito el bueno de Julio que la Justicia hoy es el medio del que manda para obtener provecho del que obedece, la ley del más fuerte. Es verdad que España no es ya la economía feudal de ordeno y mando. Del ciclo panóptico a la autodisciplina y colaboración con el capitalismo de vigilancia, todo control técnico y burocrático, sea simple o social, ha pasado a estar automatizada y bajo supervisión de CEOs y la tecnocracia de cuello blanco que quieren imponernos la IA generativa en la impartición de justicia. Pero persisten formas premodernas de dominio, a juzgar por los últimos acontecimientos protagonizados por el partido de las togas. Un síntoma del malestar institucional que vivimos es que prácticamente ningún medio aborda la evidencia del hecho del dominio del DOPPIO STATO (Bobbio dixit), nadie habla sobra la prevalencia del Estado paralelo y sus terminales mediáticas que pastorean con tramas corruptas, intereses ocultos, secretos del Estado profundo y prebendas de la oligarquía económica. Un cuadro más propio de las escenas decimonónicas de oligarquía y caciquismo que de la supuesta calidad democrática de un Estado social y de derecho, del welfare state, tan pregonado por el procónsul Isidoro del IBEX35. Y en esta deriva estamos, en pleno golpe blando, como antes se hiciera en Portugal y América Latina. Nada de lo que acontece en la operación Plus Ultra es casual. El Nerón naranja lo ha dejado meridianamente claro hace tiempo, pero algunas fuerzas políticas no terminan de enterarse y siguen aferrados a la OTAN en una suerte de pendejismo asintomático. Debieran tomar en serio que los de la Santa Alianza no están jugando a la alternancia y la contraprestación, sino al cambio de régimen para restaurar un tecnofeudalismo sin derechos ni democracia. Lean el manifiesto de Peter Thiel y comprenderán por qué frente a la inteligencia crítica ilustrada los cipayos de Vox y PP imponen el gesto grotesco y la jactancia visual, la  provocación y el simulacro narrativo, en medio de interacciones ruidosas y disonantes promoviendo el discurso del miedo. Saben que, en el marco de la corrupción total, la desafección favorece el orden reinante y el cretinismo individualista contra toda militancia y proyecto colectivo.

Bien es cierto que en la actual coyuntura históriza se avizoran contradicciones y movimientos telúricos de imprevisibles efectos. Recientemente, la jueza federal de Virginia falló contra ALPHABET (Google) por prácticas monopólicas en la publicidad digital. Google infringió el artículo 2 de la Sherman Act, la ley antimonopolio de EE.UU., contraria a adquirir y mantener de facto una posición dominante en el mercado. La norma contra la concentración de EE.UU. es de 1890 y no corresponde a la era GAFAM pero es evidente el perjuicio de Google en la comunicación de proximidad. El control del motor de búsqueda de plataformas, de intercambio, y de memoria digital, la minería de datos y la estratificación es un movimiento de jaque mate al futuro de los medios autóctonos. En este horizonte, produce sonrojo que la UE no acometa una norma antitrust a estas alturas del desarrollo de la economía de la atención. El control absoluto de los motores de búsqueda exigiría que la Comisión adoptase medidas contundentes para proteger nuestras libertades públicas y derechos y la propia soberanía informativa. Así que a falta de soluciones, la sociedad civil pide la paz y la palabra.

En Suecia y Francia, avanza el movimiento contra la digitalización en espacios públicos mientras entre académicos, activistas y profesionales de las industrias culturales empieza a cobrar forma una clara conciencia sobre los peligros de la IA y la siliconización de nuestra economía. El imperio de la inequidad y la colonización de los GAFAM es hoy nuestro Estado paralelo y la virulencia reticular del Estado corporativo convertido en el gobierno de las corporaciones sin Estado que universaliza la violencia del troleo por todos los medios coadyuvando a la lógica destituyente como interpelación antiestablishment impugnatoria de todo imaginario de progreso.

Se constata una impotencia práctica y cognitiva que cultiva la derrota de la izquierda por desplazamiento del punto de observación y del terreno de juego de la disputa de la hegemonía. Convendría pensar la relación entre lo público y lo territorial excluido. Las carencias de las clases populares diluyen el conflicto. Pero en los próximos tiempos vamos a asistir a la emergencia de una pulsión plebeya en la calle, con el ruido y la furia contra el aparato de represión y los ajustes de la tecnocasta y sus políticas de despojo. Frente a la triple impotencia (la incapacidad de alterar la actual situación, la incapacidad de vivir sin transformar la realidad y la imposibilidad de no transformarla) es hora del momento instituyente, crear salidas donde no las hay, recuperar la potencia revolucionaria. Un frente estratégico y necesario en esta dirección es articular el movimiento global de unidad y movilización en pro de la Justicia Social confrontando la fractura entre la norma y el deber ser, recuperando la dimensión de la constitución material, la realización del derecho, desde lo social y concreto, frente a las fantasías y distopías electrónicas.

No hay proceso emancipatorio sin mediación política, sin inteligencia colectiva antagonista y, en consecuencia, sin traducción ni articulación social de los diversos actores y fracciones de clase para el desarrollo de un proyecto político alternativo. Toca en fin volver a los clásicos, modo Anguita,  convocar a la ciudadanía, pensar un manifiesto de las amapolas y cultivar la palabra como testigo y el sentido común como vanguardia. No es poca cosa, créanme. Se trata del alfa y el omega de una política de futuro construida allá donde las redes digitales no llegan pero la vida y la esperanza habitan a la espera de una señal, por débil que esta sea.

 

Elogio de la lentitud

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Trumpismo rima con aceleracionismo, no solo con autoritarismo filofascista. Por ello conviene pensar los tiempos de la política y la mediación social en la era de la Inteligencia Artificial. En el Seminario Internacional de Derechos Humanos de la Universidad Pablo Olavide, al tratar el reto de la relación entre justicia, política y mediación social desde la filosofía de la praxis, señalábamos el pasado mes de enero que ampliar los derechos de ciudadanía exige hoy reinventar la lógica de la norma desde la filosofía de la liberación cuestionando, en primer lugar, las temporalidades que la cuarta revolución industrial nos impone a fuerza de desplegar la llamada «destrucción creativa del turbocapitalismo».

Ya lo advirtió Benjamin. Es hora de poner freno a la locomotora de la historia. Los tiempos del progreso imparable nos llevan inexorablemente al horizonte abismal del precipicio del colapso con el pie pisando el pedal del acelerador hasta el fondo, puesta la quinta marcha, para avanzar sin retrovisor por los senderos trillados del retorno del despojo.

La sensación de liviandad, rapidez y visibilidad de la dialéctica informativa termina, como resultado, agudizando las patologías culturales de una comunicación que desperdicia la experiencia y mediatiza el sentido común, más aún en tiempos de lawfare.

La experiencia, esa categoría fundamental para cultivar el saber, para alimentar los sentipensamientos, colonizando las culturas populares está siendo menoscabada, suprimida como un desperdicio prescindible en la cápsula del efecto burbuja.

En tiempos del poshumanismo, del giro emocional y lingüístico, en la era ciber de un mundo hipervigilado por los señores del aire, es hora, pues, de vindicar, en la guerra cultural, derechos digitales para todos y reinstituir lo común, que es tanto como articular la acción instituyente frente al poder tecnofeudal destituyente de Trump y sus secuaces.

Frente a la lógica de terra nullius, el derecho a luchar por tener derechos solo será posible repensando la economía moral de la atención desde lo común, confrontar la postpolitica desde la justicia social, desde el antagonismo contra el imperio de la fuerza de la lex mercatoria, recuperando, en fin, los espacios de socialización.

Esto es, ralentizando los tiempos de consumo por las comunidades reflexivas a partir de una pedagogía de la esperanza, de una ecología política de la comunicación que tenga memoria, conocimiento, saberes y espacios de dialogo y puesta en común.

Si los dispositivos reticulares del comando del capital nos separa y aísla e impone cámaras de eco, parece evidente que ha llegado la hora de afirmar la cultura subalterna de las emergencias reales y concretas del mambito de lo local y sus biorritmos contrarios a la dieta digital de los dispositivos de dominio a lo Instagram.

Desconectar del capitalismo de plataformas y las redes privativas y abrir las puertas y ventanas de la vida y la cultura tabernaria puede ser un primer paso. Podríamos empezar por recuperar una tradición tan andaluza como la tertulia a la fresca en el patio, hablar por hablar, recuperando formas primarias de comunicación no instrumentales ni colonizadas; aprender de Séneca y nuestro gusto por platicar el derecho al cuidado común no mediatizado.

Como recordara Anguita en conversación con Alberti, hay que aprender a perder el tiempo y, como es lógico, educar también a los profesionales de la información a rechazar el scoop y desacelerar sus lógicas productivas si no quieren ser reemplazados por bots y la IA.

En contra de la razón corporativa de los Musk de turno, cultivemos el tiempo para pensar y aprender, para gozar y ser reflexivos, para cuidarse y cuidarnos, para mediar y sentir. Ahora que aprendimos que folgar, follar y hacer huelga tienen más que ver con el derecho a la pereza de Paul Lafargue que con ese productivismo a lo Stajanov que ha prevalecido habitualmente en la izquierda, prestemos atención a la intromisión en los mundos de vida y nuestros cronotopos de los señores de la guerra, que nos han comprado con las máquinas de soñar una experiencia vicaria falsificada e insostenible –de facto inhabitable–, para dominarnos hasta el fin del mundo, como los personajes del film del mismo título de Wim Wenders.

Dicho esto, toca militar, primero en el PGB, y desde hoy mismo en la cultura enlentecida de la vida buena, del buen vivir, si no queremos que nos roben la vida y la esperanza. Lo primero, al menos generacionalmente, para los que nos educamos en el universo Makoki, El Jueves o Víbora, es una conminación a la cultura subalterna de lo tabernario, de la mayoría y el frente común de la multitud adscrita por activa o pasiva al Partido de la Gente del Bar en el que nos reconocemos, conversamos, conspiramos y hacemos posible el principio de fraternidad. No es poca cosa. ¿Se suman?