Praxis belli

Share

Hubo un tiempo en el que las cabeceras de periódico llevaban por nombre Las noticias, Actualidad de la Provincia o La Verdad. En el actual mercado de los hechos (alt right), la posverdad se ha instituido en norma. Ya no concurren, en el dominio público, ideas ni relatos de los hechos del acontecer de actualidad, sino más bien discursos performativos, una política del escándalo orientada a capturar la atención del público y su monetización. Eco describió magistralmente esta realidad distópica en su novela Número Cero. Las noticias de mañana es la paradoja de las paradojas, pero como toda contradicción tiene su razón de ser:  pasar del dominio y la conversación pública al DOMANI, a un futuro intencionado con el que ocultar procedimentalmente las trampas ideológicas de los recortes, la especulación bursátil, la mercantilización inmobiliaria, la reducción del acceso a crédito y servicios públicos, el aumento de la deuda pública y, obviamente, el disciplinamiento procurado como control absolutista de la guerra cultural. A tal grado que, si antaño la primera víctima en la guerra era la verdad, hoy son directamente los mensajeros o mediadores, sean periodistas o voluntariado en labores humanitarias. El objetivo de los enemigos de la vida y la verdad es que no quede registro ni testimonio alguno para una Comisión de la Verdad y, al tiempo, propagar el miedo, una suerte de violento opacamiento generalizado. Un apagón. Vivimos, en fin, como vaticinara Brecht, el eterno retorno del pavor, la velocidad y la guerra, consustanciales al capitalismo.

Hoy hay más de 60 conflictos y 36 Estados involucrados. La arquitectura de cooperación y los DD. HH., la propia ONU debilitada y la seguridad global amenazada por la proliferación de la escalada bélica. La barbarie genocida de Israel y el trumpismo político han impuesto la filosofía imperial de la ley del más fuerte, tras cercar la UNESCO y anular la OMS. Mientras la UE no existe ni se le espera. No aplica las disposiciones del Tribunal Internacional de Justicia sobre Palestina, renuncia a desplegar sus esfuerzos de diplomacia humanitaria, tan urgente para la UNRWA y otras misiones de paz, y simula desempeñar un rol relevante en la escena internacional en medio de una institucionalidad que amenaza ruina. La praxis belli ha permeado las fuerzas hegemónicas en Bruselas, cuna de la I Internacional, al tiempo que la topología de los dispositivos ideológicos se difumina y extiende más allá de las tierras raras, con cierta eficacia operativa, tanto en la guerra como en la reproducción social de la nueva composición técnica del trabajo en la era de la IA.

Padecemos de hecho un oscurecimiento generalizado de la ilustración, el imperio de la  sinrazón y la negación, por sistema, de toda forma consistente de conocimiento público y del derecho (ius belli). La extensión de la lógica unidimensional del ruido y la ignorancia ocupan la conversación pública. Los del Deep State, los hijos de Peter Thiel y la ilustración oscura trabajan incansablemente para imponernos un futuro poshumano, o en realidad inhumano, con cuentos de terror para que cunda el pavor, inmovilizarnos y seguir pasando por caja, sea Pay Pal, Qanon o el instituto Cato que en esto, como Abascal, saben bien contar. Son más de cuentas que de cuentos, de matemáticas y contabilidad creativa más que de la poética del encuentro. Pero no hay relato ni planilla de Excel que resista la potencia de la vida. La anatomía del inframundo siempre termina por proyectar un discurso radical de alcance y pulsión alterativa. Los nadie consiguen compartir y dar nombre a lo común, hablan en primera persona del plural, construyen ensamblajes y conjunciones desde los márgenes y una mirada oblicua de imaginario constituyente, transversal y universalista que activa la intervención al cabo de la calle aunque sea solo para pedir la paz y la palabra.

En tiempos de disyunción y de guerra, las multitudes se expresan y afirman sin miramientos ni pantallas que filtren la mirada. Lo hacen desde abajo, desde el sur y la periferia, articulando un bloque histórico, cultivando la escucha activa, la participación popular, la creatividad insurgente que no es otra cosa que desafiar el orden reinante transformando el mundo que habitamos. Frente al cercamiento del teatro-mundo del absurdo dictado por un rey desnudo, en Andalucía y el sistema-mundo, es hora de seguir el precepto de Kafka pues, en efecto, el porvenir está reservado a quienes rehúsan adaptarse a los imperativos del presente. El viejo topo de la historia siempre opera en la penumbra, pero proyecta su luz hacia adelante, no cinematográficamente sino desde la cinética. Socialismo es el movimiento de lo real y concreto. Toca actuar y moverse o quedaremos petrificados en forma de noticia de mañana.

Sionismo informativo

Share

Que la ultraderecha neofascista se organiza y coordina internacionalmente en su estrategia contra la democracia no es nuevo: repite un patrón similar a los años treinta. La agenda política une así a Netanyahu con los ultras patrios de VOX aún siendo de tradición antisemita. Paradojas de la historia. O no.

Lo cierto es que en esta ceremonia de la confusión parece pasar inadvertido el rol estratégico de los medios como artífices del pogromo autoritario del ordeno y mando al son del capital financiero. Y menos aún es conocido que el sistema informativo internacional desplegó hace tiempo una agenda sionista que hoy hace posible la negación del principio de jurisdicción universal y las acciones de la Corte Internacional de Justicia contra los crímenes de guerra del Gobierno de Israel.

Por ello, en el coloquio que colegas de la Facultad de Derecho organizaron en mi universidad, en la que un supuesto rector toma medidas nada rectas para agredir al movimiento estudiantil acampado contra el genocidio, insistí en que, ante la guerra en Gaza, tenemos tres frentes culturales que acometer en defensa de la paz y la palabra: el orientalismo hegemónico de los medios, el colonialismo y la economía política de la comunicación que hace posible el relato legitimador de la barbarie.

De lo primero, qué decir, además de recordar las tesis del intelectual Edward Said sobre los imaginarios Disney que, del Pato Donald al Rey León, han cultivado las industrias culturales, estigmatizando la cultura árabe. Los medios, además, por principio, son etnocentristas y, como demostrara Van Dijk, también racistas.

Alimentan a diario un imaginario islamófobo, con una retórica WASP, muy acorde con el modelo Fox News del trumpismo y el Coffe Party. Ello explica todo uso de tropos para confundir una parte con el todo, Hamás con el pueblo palestino, Oriente con la barbarie, Occidente con la civilización, y la guerra con un mal menor necesario para la conquista de un pueblo negado que debe ser sometido para civilizar, como muestran las narrativas de la literatura al cine, del videojuego al cómic, de la publicidad a los noticieros de televisión.

El segundo elemento desapercibido para la opinión pública cuando vemos los niños muertos de Palestina es el colonialismo informativo. La geopolítica de la comunicación dibuja un mapa de las redes del Norte a Sur, de Nueva York y Tel Aviv a Londres y París, en las que los pueblos sin Estado, y los Estados pobres sin medios de representación, de Palestina al Sáhara, viven dependientes de los relatos prefabricados por el núcleo hegemónico del sistema internacional, básicamente estadounidense, cuyas empresas controlan más del 70 por ciento del flujo de información del sistema internacional de comunicación.

Ello explica la guerra del Golfo, manipulada por la CNN, y la versión dominante en los medios, RTVE incluida, sobre la guerra en Oriente Medio. En este escenario, Israel no es un país cualquiera, sino aliado estratégico de Estados Unidos, y socio preferencial del complejo industrial-militar del Pentágono, cuyo control de la red satelital y las comunicaciones electrónicas esenciales para la ciberguerra es absoluto, como total es la comunicación para la guerra que interviene en el espacio público para distinguir víctimas dignas e indignas, como ilustrara en el caso de Timor Oriental y Camboya Noam Chomsky y Ed Herman.

A ello cabe añadir los intereses sionistas en Hollywood y Silicon Valley, la colusión de intereses entre telecomunicaciones, capital financiero y medios de información. Una combinación de intereses surgida de los tiempos de la Guerra Fría que explica en buena medida el discurso bélico prevaleciente en nuestras pantallas por doquier.

Como demuestran los estudios de economía política de la comunicación, cinco actores mediáticos controlan prácticamente la totalidad de los contenidos gracias a la concentración extrema de la propiedad, cuya estructura e ideología sionista criminaliza toda protesta contra el criminal de guerra Netanyahu.

Democratizar las falsas noticias pasa en consecuencia hoy por descolonizar la cultura angloamericana y sionista en los medios; denunciar los bots y LAS estrategias paramilitares en las redes de Inteligencia Artificial, los montajes y las campañas de relaciones públicas del Gobierno de Israel; los encubridores y colaboradores necesarios tertulianos que actúan de reforzadores de opinión a lo Pilar Rahola, y advertir que existe una censura sistemática de Estados Unidos e Israel sobre las guerras de este nuestro mundo, como recientemente se hizo con el documental de Jhon Pilger sobre la manipulación de las noticias en la guerra desplegada por décadas del Estado de Israel contra el pueblo Palestino.

Quienes defendemos la paz y el derecho humanitario, bien lo sabemos, como en la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA) hace ya mucho tiempo. Corresponde ahora al lector protegerse contra los profesionales del silencio y la barbarie: toca vacunarse contra el virus de la desinformación de quienes quieren vendernos una moto con destino único al precipicio. La vida y la dignidad así lo aconsejan.