Cultura digital, nuevas mediaciones sociales e identidades culturales

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La revolución digital ha modificado radicalmente el sistema convencional de medios y mediaciones cognitivas y ha provocado cambios culturales en la esfera pública que exigen una conceptualización distinta del proceso de mediación social. Así, es preciso repensar la construcción del campo comunicacional desde la ruptura y el desafío epistemológico, en un escenario de crisis y de debilidad del pensamiento crítico.
Cultura digital, nuevas mediaciones sociales e identidades culturales ofrece una colección de trabajos originales sobre teoría, metodología y análisis de la nueva mediación social centrados en:

  • problemas filosóficos y conceptuales propios del universo digital en relación con la cultura humanista;
  • los modelos de organización, teoría y práctica de la cibercultura;
  • memoria digital y transcultura;
  • las nuevas identidades culturales propias de la ciudadanía digital;
  • redes sociodigitales y subjetividad, así como en prácticas y procesos de remediación, hibridación y transmedialización.

Buscamos con ellos contribuir a la necesaria concienciación sobre los efectos que plantean de forma creciente los nuevos entornos digitales a escala social y cultural, así como a la alfabetización cultural y tecnológica sobre el conjunto de los nuevos modos de producción, distribución y circulación de contenidos culturales propios de la cultura de la convergencia, y sobre las nuevas claves y dinámicas de mediación y remediación social que éstos promueven y prefiguran a partir de la redefinición de un amplio abanico de conceptos y categorías utilizadas (demasiado) habitualmente de forma acrítica.

Imagen y política

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La nueva etapa y cultura política podría reducirse a una operación de imagen, con una creciente personalización en el plano del liderazgo frente al desarrollo colectivo.

Los tiempos de incertidumbre y bifurcación, como los que se viven con la pandemia, son siempre proclives a todo tipo de proyección imaginaria: desde la distopía al principio a la esperanza de la transformación del mundo que habitamos. La imaginería se alimenta para ello de una variada nómina de materiales, empezando por los fragmentos o ruinas de la propia historia. Reordenando por ejemplo mis papeles, durante el confinamiento, para escribir sobre la obra de Sánchez Vázquez -a quien dedicaremos un homenaje en la FIM-, uno descubre joyas documentales, en lo personal y en lo político, que dan que pensar y decir. Una de ellas es una reseña del libro de Achille OCHETTO sobre la caída del muro y la deriva consecuente del PCI. Tres lecciones para la izquierda de “Un año inolvidable” (Ediciones El País-Aguilar, 1991) se apuntaban en el texto que viene bien rememorar aquí a propósito de la imagen en la política naif en nuestro tiempo. A saber: la necesidad de repensar la izquierda y renovar la teoría y práctica de la política emancipadora; la prioritaria disputa de la hegemonía, la cultura y formas hibridadas de mediación; y, por ultimo, finalmente, la centralidad del pensamiento y la teoría feminista desde el punto de vista de la innovación y las formas de articulación política, que el tiempo ha demostrado insoslayables.

Ahora, revisando este fragmento o apunte perdido en los archivos personales, cual arqueólogo de nuestro pasado inmediato, una advertencia me llamó poderosamente la atención dado que, con la debida distancia, resultó entonces premonitoria y hoy, además, cobra plena vigencia. Ochetto señalaba que la nueva etapa y cultura política podría reducirse a una operación de imagen. Y entonces, dejó escrito, nos veremos impulsados casi inevitablemente, también, a causa de los actuales modelos informativos y de la relación entre información y política, hacia una creciente personalización en el plano del liderazgo, dando gran poder al líder frente al decisivo desarrollo colectivo. Más aún, la cultura de la apariencia debida va más allá de las lecciones de Maquiavelo. Hemos sido colonizados durante un siglo por la narrativa hollywoodense de la pantalla total que, hoy con Netflix, carece de consistencia y pareciera que de la propia materialidad de la vida real. En la sociedad de consumo tardocapitalista, advierte Zizek, se impone el fraude escenificado en el que nuestros vecinos se comportan en la vida real como actores y extras de una superproducción global, cuando no de una puesta en escena obscena, participando activamente del espectáculo grotesco. Inmersos como estamos en la cultura Instagram, convendría por lo mismo, si de construir otro horizonte de progreso se trata, alterar esta lógica de la pregnancia de la imagen por una política del acontecimiento más densa, diversa y tramada en común. En esta tarea nos jugamos el futuro, la propia posibilidad de pervivencia de la humanidad mientras la audiencia permanence atenta a las imágenes que se proyectan equívocamente, superando los records de consumo televisivo de los últimos veinte años. Es hora, en fin, de apagar la tele y prender la imaginación. Con eso lo he dicho todo y no he dicho nada. Cosas de la democracia agonista de Moufffe, debe ser.