Francisco Sierra, Joan Pedro, y Fernando Quirós sobre Armand Mattelart

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Se puede leer sobre su obra aquí

https://es.wikipedia.org/wiki/Armand_Mattelart

https://www.franciscosierracaballero.net/tag/francisco-sierra/

https://produccioncientifica.ucm.es/investigadores/141808/detalle

https://www.researchgate.net/profile/Joan-Pedro-Caranana

 

Diléctica de la Actualidad Informativa

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En esta ocasión, en El Fin Justifica a los Medios, conversaremos con Francisco Sierra Caballero, sobre Dialéctica de la actualidad informativa. Además, disfrutaremos de la sección Notimedios con las noticias más relevantesde la semana y una cápsula sobre la IA y la justicia en Inteligencia Artificial en la radio con Tito Ballesteros

Reseña del libro «Medianálisis», de Francisco Sierra Caballero

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Los textos recogidos en, tienen la particularidad de presentar un libro de reflexiones ensayísticas en forma de calas breves acerca de los problemas más acuciantes de la esfera pública contemporánea, especialmente los relacionados con las dinámicas de información/desinformación y manipulación/propaganda que deforman el panorama periodístico de nuestro tiempo. No obstante, el hecho de que cada uno de estos pequeños ensayos se concibieran en su día como artículo de prensa para ser publicado en distintos medios de comunicación escritos demuestra en el autor un afán de conectar de manera directa con la ciudadanía, más allá de los canales, discursos científicos y rituales de la Academia, algo sin duda, de agradecer. Es necesario y urgente que la investigación académica baje a la calle y se haga pública a la gente del común, especialmente en el ámbito de la Teoría Crítica de los mass media. A nuestro juicio ese es el gran valor de esta colección de intervenciones acerca de problemas reales que afectan a la galaxia mediática y a la manera como se nos cuentan los acontecimientos de interés social. Pero decir que en estas páginas se interpela constantemente la acción de los medios de comunicación en nuestro presente es decir también que se abre la brecha crítica por donde se le ven las costuras del sistema que construye la imagen que la ciudadanía tiene de la realidad social y del mal llamado “sentido común”. Por esta razón, quizá sea una afirmación que Francisco Sierra desliza de entrada, en el primero de los textos, “Black Mirror”, la que resume la intención y el alcance de Medianálisis: “Qué ocurre cuando no podemos ver, o cuando vemos lo que no es, en verdad, lo que acontece” (p.25). Ciertamente, los textos aquí recogidos intentan desvelar el acontecimiento de actualidad velado, enmascarado, por los medios. Desde el caso de Julian Assange y su impacto en las políticas que intentan frenar la nueva información democratizadora, hasta problemas de los enfoques institucionales sobre las televisiones públicas (Canal Sur, RTVE), pasando por la conversión de la información en mercancía y, por tanto, la perversión de su carácter formador (los medios de comunicación no son otra cosa que “medios de representación y de producción de la realidad -p. 88-) o las políticas de comunicación.

A pesar de que, por lo dicho hasta ahora, pudiera parecer que Medianálisis se nos presenta como un articulado tratado de pensamiento crítico excesivamente abstracto, no lo es en absoluto. Aquí hay brega política y el autor no se para ante casos más concretos, como el de Ana Rosa Quintana y su infoespectáculo, Juan Luis Cebrián y el descrédito de El País o las transformaciones que las redes del ciberespacio, youtubers y plataformas de streaming de por medio, han generado en la manera de hacer, distribuir y consumir información y entretenimiento masivo. De extraños programas exhibicionistas como Firstdates a las entrevistas en los medios con el siempre presente José María Aznar, pasan por aquí análisis críticos sobre la capacidad de la empresa comunicativa para contribuir o armar, según el caso, golpes de estado blandos, y su papel determinante en la fabricación de estados de opinión que posibilitan y/o justifican actuaciones políticas antidemocráticas.

Pero no solo hay crítica y denuncia pública en Medianálisis, también hay propuestas: regular la Economía Social de la Comunicación, crear organismos de participación democrática en los medios como el Consejo de Participación Ciudadana, reforzar el ethos humanista en las empresas informativas y en las industrias culturales (lo cierto es que sin un rearme ético el futuro del periodismo se ve más que oscuro), impulsar el debate entre profesionales, académicos, poderes públicos y ciudadanía… Y, en el caso de las radiotelevisiones públicas, plantear de qué manera deben articularse con un proyecto real de país democrático, plural y popular.

Los debates candentes sobre la postverdad y las fakes news no solo están presentas en Medianálisis, sino que puede entenderse que constituyen el impulso básico de la colección de textos que aquí se nos ofrece, puesto que es precisamente el estado de cosas al que han dado lugar en la galaxia mediática el que impone la necesidad de una mirada crítica sobre lo que acontece en el flujo informativo y espectacular. Quizá el desprecio a la realidad en beneficio de su imagen deformada por el espectáculo integrado (como diría el situacionista Guy Debord, autor ampliamente citado en las páginas de este libro) sea uno de los problemas culturales más acuciantes a los que nos enfrentamos en las sociedades contemporáneas. La frase con la que Francisco Sierra acaba el artículo titulado “Trumpantojos” es muy sintomática: “transformar la lucha de clases en lucha de frases” (p.135). Sintomática no solo de la actuación comunicativa del trumpismo, a propósito de lo cual se acuña, sino del efecto que esa espectacularización deformante tiene en la percepción social de lo real: a menudo no importan qué pueda haber de verdadero o de razonable en un debate social, sino quién tiene el relato más seductor. No paramos de oír en radio, televisión ni de leer en la prensa escrita cómo lo más importante para conseguir el poder o mantenerse en él es ganar “la lucha por el relato” o, en pocas y sofísticas palabras, no importa lo que es ni lo que no es, sino lo que seamos capaces de armar retóricamente para convencer a los demás de aquello que beneficia a nuestros intereses. Que el periodismo juegue a este peligroso póker solo puede dejarlo sin efectivo, sin crédito y sin reputación.

No acaban aquí los asuntos de interés: reflexiones sobre la diversidad y su representación mediática; sobre las dinámicas de glocalización (reforzamiento de los localismos como rechazo a una globalización que ha vuelto el mundo cotidiano extraño y ajeno para la mayoría de los ciudadanos); sobre la estética de lo hortera (tema mucho más relevante de lo que parece, por su efecto de resemantizacion de la cultura popular: que no se trata de cultura del pueblo nos lo demuestra el hortera mayor del Imperio, El Hombre Naranja); sobre los “opinadores a sueldo” o antiperiodistas que abarrotan las tertulias de la radio, de la televisión y las columnas de opinión de los periódicos; sobre la necesidad de repensar y actuar en la profundización de la autonomía andaluza y el papel que en ello deben desempeñar los medios de comunicación, en especial la radiotelevisión pública andaluza; sobre las dificultades de acceso de la clase obrera a puestos dirigentes en la economía y la sociedad que tiene más que ver con la imagen de la sociedad que proyectan los medios de lo que pueda parecer; sobre la cimentación de un proyecto de independencia comunicativa de la Unión Europea respecto del imperio mediático estadounidense…

Sin las instituciones que dibujan el imaginario social no hay posibilidad de avances democráticos, sociales, participativos, ni mejor calidad de vida para el común de la ciudadanía. Por esta razón, todos los temas que se abordan en Medianálisis acaban reclamando, de una u otra forma, la necesidad de ética social y responsabilidad política en las empresas mediáticas y la instauración de un periodismo plural y veraz, independiente de los intereses económicos de sus consejos de administración, pues no se puede diferenciar entre periodismo de organismos públicos y periodismo de empresas privadas; no hay dos periodismos, solo existe uno, el que busca la verdad y la cuenta,  su instrumentalización política o empresarial destruye el periodismo en sí mismo y lo convierte en propaganda disimulada, la peor posible, porque el ciudadano medio no la percibe como tal sino como información a la que da crédito de “verdadera” por venir de donde viene. Como dijeron Noam Chomsky y Edward S. Herman en su clásico de 1988 que en su edición castellana se tradujo como Los guardianes de la libertad: los medios fabrican el consenso o, mejor, el “consentimiento” social en torno a la imagen de “lo que debe ser”, que, a nadie se le escapa, no es otra cosa que lo que beneficia a las elites del poder económico capitalista. Ante esta situación, Francisco Sierra propone un debate entre profesionales, académicos, poderes públicos y ciudadanía y la defensa de leyes que regulen la comunicación, que conviene no confundir con censura ideológica, pues se trata de promover y garantizar la protección del servicio social y la especificidad de cada discurso mediático, garantizar, por ejemplo, que el periodismo no sea otra cosa que periodismo.

La herencias intelectuales que se desgranan en las páginas de Medianálisis son significativas (Guy Debord y los situacionistas franceses, los autores de la Escuela de Frankfurt, los postestructuralistas Michel Foucault y Gilles Deleuze, marxistas heterodoxos como Hannah Arendt, Cornelius Castoriadis, Fredric Jameson o Scott Lash, analistas críticos del presente cultural como Jacques Rancière o el reciente premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades Byung-Chul Han), porque la línea en la que se incardina esta colección de textos breves es la de la Teoría Crítica de la Cultura, una perspectiva que no se contenta con la descripción de un estado de cosas cultural, en nuestro caso el que produce la actividad de los medios de comunicación de masas, sino que enfrenta su análisis crítico con la finalidad de encontrar las líneas de fuga que permitan redibujar un panorama social progresista y construir una vida mejor, por más justa y más libre (no dejemos que la derecha se apropie de la palabra libertad con el único fin de destruirla).

Francisco Sierra practica lo que propone: con Medianálisis pretende, precisamente, provocar, impulsar y participar activamente en ese debate entre académicos, profesionales, poderes públicos y ciudadanía acerca de cómo debemos conseguir una galaxia mediática realmente democrática en tiempos en los que el poder se ha empeñado en su desguace, porque, en sus palabras: “el cambio de paradigma que vivimos plantea, sin duda, retos estructurales de la política de representación” (p. 35) y eso no puede hacerse, como todo lo que afecta a la vida social, sino  en común.

El frente cultural de RTVE

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Todo sistema democrático presupone un sistema de información plural, transparencia y diálogo público, a partir del principio de autonomía. En los últimos años, sin embargo, el trumpismo político –truco o susto– ha desplegado la estrategia de acoso y campañas de difamación contra periodistas de RTVE, sean prestigiosos profesionales como Silvia Intxaurrondo o reporteros que cubren sobre terreno la actualidad informativa.

El discurso del odio contra profesionales de programas como Mañaneros o Malas Lenguas de las derechas ultramontanas en España sigue el patrón de Milei y de la Casa Blanca que, por Decreto, ha suprimido la financiación de PBS y NPR: el periodismo libre, en fin.

En los últimos meses, PP y VOX no solo han acusado a la Corporación de ser un instrumento al servicio del Gobierno, sino que han señalado públicamente a sus rostros más reconocidos amenazando incluso con el despido si llegan al poder.

No ha sido un recurso retórico. Públicamente, han pedido a la cadena pública prescindir de Sara Santaolalla, y desde el comienzo han perseguido a presentadores como Silvia Intxaurrondo, Javier Ruiz, Jesús Cintora, Xabier Fortes o David Broncano. Otra presentadora, Marta Flich, lo ha dejado meridianamente claro: cuando el PP y Vox no controlan los medios públicos les parece mal.

Los discípulos del ministro de Información y Turismo franquista, Manuel Fraga prefieren —ya lo sabemos— una ley de prensa de la dictadura, un ecosistema informativo atado y bien atado. Este mes presentamos el libro inédito de artículos de Manuel Vázquez Montalbán, Militante y Clandestino, de Atrapasueños Editorial. Él supo diseccionar como nadie la anatomía del franquismo sociológico hoy galopante.

Las señorías de la derecha amparan la violencia verbal sistemática, el insulto, la descalificación, las campañas de difamación, la criminalización de periodistas y de la crítica, y el sexismo y minusvaloración injustificable. En definitiva, siguen instalados en la indigencia moral e intelectual para ocultar los juegos de tramoya y los intereses creados.

Son cipayos de la oligarquía económica y financiera. Pero tienen la suficiente indigencia moral como para hablar de manipulación en RTVE cuando en Telemadrid y Ayuso pasan no los límites del decoro sino la propia ley. En Canal Sur, Telemoreno programa toros mientras arde la Mezquita o dedican minutos a Morante de la Puebla para acallar las protestas de las mujeres de AMAMA.

Esta lógica se replica en Baleares, Galicia o Comunidad Valenciana. Por ello, los comités de empresa de los trabajadores de los medios públicos se han organizado para defender el servicio público y denunciar los abusos y el autoritarismo en la gestión de las cadenas públicas.

Negacionistas de la verdad y la deontología periodística, los portavoces del linchamiento mediático operan con todo tipo de técnicas de la doctrina del shock: la inversión semiótica, la retórica exaltada, la violencia simbólica, la apelación fática, la deshumanización, el oxímoron y el discurso cínico.

Recordemos, parafraseando a Kapucinski, que no hay mejor pasión que la compartida y compasiva. El ejercicio del periodismo exige un principio de entrega y radical dialogía. Ser bueno, en suma. Los periodistas objeto de sus campañas —Silvia Intxaurrondo, Jesús Cintora, Sarah Santaolalla, Esther Yáñez— han demostrado ser excelentes profesionales y, por lo mismo, han de contar con todo el apoyo moral, académico e institucional.

Pero no es suficiente: es preciso definir una estrategia en defensa del dominio público que nos quieren expropiar y de los medios de titularidad del Estado. Avanzar hacia un pacto de Estado en defensa del servicio público audiovisual.

Quienes militamos en la pedagogía de la esperanza sabemos que el diálogo es una condición existencial. No hay sujeto sin voluntad de atenta escucha. El ruido y la agresión verbal debe estar desterrada del debate político. Y por ello hay que trabajar para desplegar este frente cultural, con convicción y acción institucional.

La comunicación política ultramontana se combate con el Boletín Oficial del Estado (BOE), con medidas, con normas, con más democracia, acceso y participación. Y con economía política de lo común, la caja negra que nunca nombran los del pin parental y otras ocurrencias premodernas del tecnofeudalismo que tratan de encubrir con ataques ad hominem sus servicios a los intereses de la casta.

Es evidente que RTVE gana la batalla de audiencias y los del IBEX 35 no lo van a permitir. Deben tomar medidas para cuidar a los profesionales del despojo a lo Vicente Vallés. Esta es la clave de la disputa ideológica contra la teledetodos.

Correspondería ahora desde la ciudadanía actuar en consecuencia. La sanidad pública, los derechos sociales no están garantizados sin el derecho a la palabra. No hay democracia sin periodistas ni sin derecho a la comunicación. El Estado social depende de este pilar estratégico en la era de la infocracia. ¿A qué espera la izquierda y los movimientos sociales para intervenir?