Amazon como amenaza

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Jeff Bezos siempre ha sido avezado y por ello siguió el camino inverso de otras empresas del sector de la comunicación: antaño de los periódicos daban el salto a la radiotelevisión y en algún caso a las telecomunicaciones. Ahora, de la venta de libros a la oposición desde The Washington Post al autócrata Trump con éxito económico, debemos pensar sus aventuras avezadas en términos de Economía Política de la Comunicación. Pues hoy, de facto, el acceso y control a las redes marca la disputa del poder. La pregunta es quién manda aquí. Doy algunos datos. La pandemia ha sido una plataforma de lanzamiento para AMAZON con cifras de más de 125.000 millones de dólares por trimestre y beneficios de más de 7.200 millones. La posición de virtual monopolio en la distribución sitúa a AMAZON y su división AWS como poder global real, sin que la Comisión Judicial de la Cámara de Representantes en EE.UU. y, menos aún, las autoridades de Bruselas actúen de oficio. Bezos sigue pues con su sueño de convertir Amazon en la tienda o ventanilla única de todo, y de todas, el absoluto. En 2026 se calcula que el volumen de negocio de la compañía será de más de 85.000 millones controlando las redes logísticas de distribución y comunicación.

Allí donde no llega el Estado (doy fe, que lo he visto en mi pueblo de los montes orientales de Granada: Gobernador) se encuentra Amazon o Facebook. Un monopolio sin escrutinio púbico, sin fiscalización y mayor músculo que el Estado que explota los datos personales y amenaza la economía local en España de en torno al 78% de la actividad: el verdadero tejido de la economía real, compuesto de pequeñas y medianas empresas. Amazonlandia es, como comenta Renata Ávila, una expresión del nuevo brutalismo tecnológico, el sueño húmedo de la corporación total, de los discípulos de Ford que anhelaban un ejército de simios amaestrados como trabajadores, hoy, paradójicamente, so pretexto de una nueva economía creativa. Amazon se ha convertido en el McJob de nuestro tiempo, el trabajo basura, la rapidez mutada en la muerte del trabajo digno. Pero el viejo topo de la historia avanza y la lucha de clases se activa.

El programa Joint Enterprise Defense Infrastructure (JEDI) del Pentágono para la creación en la nube de una red de inteligencia del Departamento de Defensa requiere el colaboracionismo de AMAZON, como ya hicieran antes con la CIA, pero en la lucha entre los oligopolios la contradicción es cómo competir con Microsoft. Problemas de la economía de guerra en el capitalismo de la falsa competencia que se agudizará con el 5G y que está en el trasfondo de la ciberguerra contra China.

LA UE, DEPENDIENTE DE SILICON VALLEY

Ahora pensando como pensamos desde el Sur de Europa, cabe dudar si la apuesta de la UE por el 6G vaticina otro futuro distinto o, visto lo sucedido en Ucrania, si avanzamos hacia la extinción como actor político y espacio de integración. Primero porque la postura de la Comisión Europea es irrisoria y no solo por los comisarios que lideran acciones contra los GAFAM -véase el caso de Thierry Breton, ex presidente de France Telecom- sino por la propia arquitectura del proyecto de integración. Más allá aún de la coyuntura política y el laberinto en el que está la UE, que ha renunciado a la soberanía tecnológica, es hora de cuestionarse, como hace Helmut Rose, el aceleracionismo tecnológico de la Smart city, la videovigilancia y programación total. Del teletrabajo y la pizarra electrónica al consumo telemático o el comercio electrónico, por no hablar de la agricultura high-tech, Europa ha comprado, en lo civil y militar, un modelo o matriz que termina por instalar como núcleo de desarrollo la total dependencia de Silicon Valley. Mientras, la CNMC amaga con multar a las compañías privadas restringiendo el margen de actuación de las plataformas que operan desde otros países sin tributar. Un gesto sin contenido real, porque la nueva Ley Audiovisual liberaliza aún más el campo de los medios para Atresmedia y MEDIASET permitiendo lo que ahora de hecho sancionan: vía libre para la publicidad irrestricta mientras llevan al Supremo la limitación de los anuncios del Ministerio de Consumo. No saben de salud pública, son un virus tóxico pues en su ADN no está la libertad, sino la recompensa. Pero nosotros sí sabemos que la patronal digital es tal por el dedo en el ojo que nos hace perder la vista.

En definitiva, si Jeff  Bezos tuvo una visión, la Casa Blanca una cosmovisión. La UE dijo tener una Sociedad Europea de la Información, pero fue Al Gore y el Departamento de Comercio quien diseñó la agenda para la acción de Bruselas. La misma progresión lleva Elon Musk de TESLA y la Meta que nos mata. De nada servirán campañas navideñas de lavado de imagen. AMAZON es la muerte del comercio local, la liquidación de los derechos laborales, el monopolio que arruina la industria cultural local, el capital que no tiene memoria ni ética ni norma que cumplir: salvo la de convertirnos en esclavos de su PRIME, una suerte de SUPBRIME continuo y permanente. Paradojas de la historia.

Antihéroes de saldo

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La necesidad de héroes de la vida posmoderna es sintomática de una ausencia que se proyecta en forma de relato ya nada épico, sin complejo de Antígona, solo apenas una buena interpretación y un consumo serializado. El rebelde sin causa contra las autoridades cada día más autoritarias es la norma. De la cultura motín a la conspiración a lo Anonymous, el imaginario colectivo alimenta la pulsión antagonista, de la Revolución Francesa y la Comuna a los hackers del Siglo XXI. Si el secreto es la norma en la sociedad del espectáculo, la industria cultural tiene en este sentido una especial querencia por lo oculto y las sociedades secretas. Cultura masona o no, el imaginario colectivo de la modernidad provee por lo mismo continuamente de antihéroes, como antaño hiciera la literatura. “Piratas del Caribe” es un buen ejemplo de este proceso de identificación. Como el bandolerismo en España. La idea aventurera de la banda o fratria contra el poder instituido como colectivismo demócrata por otros medios, al margen de la idea, es la historia cultural de la subalternidad mediatizada como reclamo del consumo de masas. Esta lógica cultural ha cultivado un ideal romántico de lo perdido en la vida en común. De Curro Jiménez a los jóvenes canis de La Casa de Papel hay un hilo rojo de una historia literaturizada hasta la extenuación que deja en el trasfondo el rechazo a las formas tradicionales de dominio tanto como hoy al fetichismo de la mercancía, a la forma reificada de un mundo inhabitable, salvo infringiendo la ley y el orden. De ahí la activa reapropiación de símbolos y personajes en una contracultura que, más allá de los piratas informáticos y las formas reales y concretas de sabotaje, admite diversas interpretaciones. En Turquía, por ejemplo, el ex alcalde de Ankara ve en “La casa de papel”, todo un fenómeno de audiencia en el país, una crítica acerada contra Erdogan mientras diversos colectivos autónomos despliegan una lectura contemporánea del personaje histórico en “V de Vendetta” de Alan Moore y David Lloyd en una suerte de cultura de la máscara, metáfora del enmascaramiento de las relaciones reales y concretas que ocultan los intereses al uso, tal y como denunciara el Subcomandante Marcos. Y que conecta especialmente con los más jóvenes, una nueva generación, la generación Z, precaria que vive, como los personajes protagonistas, una devastadora inadecuación del yo, una incapacidad biográfica de construcción sufriendo la sensación de ser responsables de su propia tragedia sometidos como están a los dispositivos y máquinas de producción de vidas desechables, de bajo coste, maleables, prescindibles, superviviendo contra corriente. Quizás por ello el éxito de los antihéroes como Hancock. En la última década, coincidiendo con el ciclo de crisis terminal del capitalismo, la proliferación de este tipo de personajes, como el protagonizado por Will Smith, se han multiplicado en la factoría Disney. Nada que objetar al respecto, salvo que el problema es que el imperio Pixar o Disney, las series como Casa de Papel no nos toman en serio. En otras palabras, la narrativa dominante exprime, en el acto de consumo, la voluntad de insubordinación, la pulsión antagonista. Por ello, convendría, en la era Netflix, procurar menos series y hombres serios con guiones obtusos y canciones a lo Bella Ciao para actualizar la lectura de Antígona. Precisamos más cuerpo y Mackinavaja en un tiempo en el que, como ilustra Borgen o Crematorio, la ruindad y el crimen es la norma del sistema social.

Tiempo de juego

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La modernidad es movimiento, transformación y novedad. Y el viaje, el anhelo en la era de la turistificación, del cambio de hábitos que hace inhabitable nuestras plazas y barrios por un concepto del tiempo y del espacio desnaturalizado, en especial, por esta propensión a desplazarse explotando intensivamente el tiempo que, como todo el mundo sabe, en la era del vil metal, siempre es oro.

La ciudad moderna tiene como resultado el reloj (hoy diríamos que el móvil) y, desde luego, también la máquina como fetiches redentores de las utopías irrealizables en una suerte de mecanización de la voluntad de vivir los flujos acelerados del capital y su rotación, lo que hace imposible otra experiencia que no sea la de la fantasía cronificada, administrada, por la mágica composición y ensamblaje del hábitat como escenario del drama (road movie, más bien) de la vida como fuga.

El calendario –dejó escrito Martín Santos– es un discurso paradójico. Organiza una serie o secuencia de hitos, ritos, ceremoniales y fiestas que representan una ruptura del tiempo según un orden lógico y lineal, como las noticias. De ahí el principio de periodicidad que rige la economía política del tiempo informativo.

Frente a esta lógica, lo más radical es la total imprevisibilidad. En los años ochenta, una de las radios piratas más radicales de Madrid era Radio Cadena del Wáter. Una experiencia anómala, no tanto por el lenguaje, la música y sus contenidos, sino porque emitían cuando bien querían, a vuelta de una fiesta, de madrugada o en el almuerzo. No había previsión alguna.

Los radioescuchas debíamos estar a la caza y captura de que se manifestaran los responsables, cuya radicalidad llegó a cuestionar la idea misma de programación y, desde luego, la rutina productiva del horario preestablecido.

Frente a esta disidencia o singularidad, la matriz epistémica de Sillicon Valley tiende hoy a cronificar los procesos y flujos acelerados de información. Esta es la caja negra del nihilismo neopositivista del «divide, acelera y vencerás», cuya esencia, como la lógica de la mercancía, es rotar y circular lo más rápidamente posible.

Así, la movilidad, como el cambio característico del ethos moderno, es equiparado a innovación, creatividad, fluidez, libertad, autonomía y bienestar. Una visión de las elites, a fuerza cosmopolita, que se impone como cultura del desanclaje y del desarraigo, dado que la ideología movilitaria de la modernidad nos hace creer, a fuerza del discurso del cambio, que el mundo gira y no moverse o desplazarse es perecer.

Si la cultura, y sus cronotopos, es un motor de desarrollo humano según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el movimiento slow information apunta en este sentido a defender un proceso de reconocimiento que da sentido al cambio y movimiento. El proceso de extrañamiento del tiempo en la lucha contra el cronómetro es central.

La locomotora de la invención, el tren como servomotor de la sincronización horaria del plantea, impuso su velocidad con la vida del común de los mortales, en tiempo aparentemente infinito y perpetuo validando, como lo hace también la industria cultural, el orden que no cesa. Así, el conservadurismo y falta de creatividad en los medios periodísticos siempre se justifica por razones de tiempo.

Las rutinas productivas de los informadores imponen por sistema una dieta pobre, un menú de comida rápida de la actualidad que termina por resultar tóxica en virtud de la ley de hierro de la economía de señales: transmitir el máximo de información, en el mínimo tiempo posible y con la máxima eficacia.

El núcleo de la transformación de la estrategia gerencial de Taylor fue, en su momento, la observación sistemática de la conducta humana en el lugar de trabajo (hoy lo es, en la era del Big Data, la analítica exhaustiva del consumo y comportamiento cultural del sujeto de explotación) con la consecuente normalización de funciones dirigida a controlar la fuerza productiva de creación de los trabajadores.

En otras palabras, la administración científica del trabajo inaugura la consideración de los asalariados como instrumentos flexibles dependientes del poder gerencial. Por ello, Braverman caracteriza este proceso como una lógica de control empresarial basado en tres principios, hoy claramente presentes en la era de las redes distribuidas: disociación del proceso de valorización y de las habilidades creativas del sujeto del trabajo; separación entre concepción y ejecución; y uso del monopolio del conocimiento para un mayor control del proceso de valorización.

Así, si el punto de mira del modelo taylorista fue el saber hacer de la clase obrera, hoy el proceso de acumulación por expropiación en beneficio del capital pasa por la subsunción de la creatividad de los prosumidores.

Este proceso de dominación se da en el tiempo, pues es a este nivel, como bien demostró Postone, donde se da la regulación y control de las prácticas culturales. Kluge distinguía a este respecto las formas de mediación del cine y la televisión. Si el cine se sitúa del lado oscuro del tiempo, la imagen televisiva es siempre brillante.

Por ello, el cine tiene públicos y la televisión representa una privatización del espacio-tiempo que coloniza el ámbito doméstico. Esto es, el cine trabaja en el plano de lo singular y la televisión en la lógica de lo disperso, ya que se ajusta al principio de universal equivalencia.

Impugnar el modelo de organización dominante en las industrias culturales supondría liberar el tiempo de los fórceps del sistema y abrir el campo de lo simbólico a la experimentación, a la experiencia. Es preciso recuperar, de acuerdo con Remedios Zafra, los tiempos no colonizados por la ansiedad productiva, a fin de aprender a pensar, a vivir, a gozar, a soñar poéticamente, generando conciencia de universos posibles.

Vindicar al niño que fuimos, al homo ludens, frente al homo faber y al horror vacui que niega los intervalos, las pausas, el encuentro, los paréntesis y hasta el derecho a aburrirse con el inútil transcurrir del tiempo, no como tiempo muerto sino, simplemente, como tiempo de vida en sí mismo, sin otra pretensión que estar, ser y sentir.

Lo contrario de ello es el paradigma securitario en el que el ser humano se convierte en mero apéndice por su dependencia tecnológica de los nuevos terminales corporativos biométricos. No está de más, por tanto, repensar esta velocidad de escape que rige en nuestras comunicaciones móviles para criticar la deriva urbana (Debord dixit), la desterritorialización y el elogio de la fuga (Henri Laborit). Y, ya de paso, cuestionar el derecho a la palabra y cultivar el silencio como la reflexión.