Cumbres, nubes y tinieblas

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Estos días que pasan hemos ido de Cumbre en Cumbre sin respiro ni conciencia, imbuidos en la actualidad informativa que todo lo devora y acelera, sin que la inercia de las noticias despejen nuestra visión del horizonte entre tinieblas. De la Cumbre de Ginebra para tratar en el seno de la Unión Europea de Radiodifusión (UER) la expulsión de Israel —como correspondía estatutariamente— del Festival de Eurovisión hemos pasado a la VII Cumbre Transatlántica, un encuentro que ha reunido a dirigentes políticos, líderes cívicos y especialistas convocados para debatir sobre los desafíos actuales del ejercicio de la libertad de expresión en el que se nos emplaza a pensar la falsa dicotomía “Libertad de expresión vs. discurso controlado”.

Digo «falsa», y a todas luces, porque no hay garantía alguna en democracia que no sea la ley que protege y ampara derechos, pero los Patriotas de pulserita, el grupo parlamentario organizador, trabajan para el capitalismo corporativo de los GAFAM, los que dicen quién habla y quién calla; quién tiene alcance con su mensaje y quién no; qué medio local tiene seguimiento y quién ha de permanecer en la penumbra y el naufragio de los buscadores teledirigidos. Un despropósito, coincidirá conmigo el lector.

Y es que, entre la Cumbre de Ginebra de la UER, esta reciente y la polémica de las Jornadas de las Letras de Sevilla, organizadas por la Fundación Cajasol, parece que nos enfrentamos a una pandemia de encumbrados sin sentido, por no decir —como en mi tierra— que vivimos rodeados de peligrosos tontopollas y cipotones que andan sueltos con permiso para circular sin restricción alguna, hablar de forma incontinente e incluso escribir tonterías para uso y consumo del personal. Todo un problema de intoxicación del medio ambiente, de salud pública, diría un seguidor de Robespierre.

No es para menos. Que un ultra pinochetista clausure la conferencia de los vendepatrias trumpistas es tanto como invitar a Millán Astray a que diserte sobre la importancia de la ciencia en el desarrollo nacional o a un obispo a que exponga a sus feligreses las bases de la Teoría de la Evolución. En fin, el mundo al revés.

Los liberticidas abogando por la dictadura de los neofascistas de Silicon Valley en nombre de la libertad. Como sentenciara Marx, la primera libertad de prensa consiste en no ser una industria. Pero no cabe en su imaginación tal premisa.

Elon Musk lo tiene claro y nosotros debiéramos también saber, a estas alturas, a qué estamos jugando con la desinformación, que no es otra cosa que un negocio que renta. Si algo deja claro esta cumbre y la de Ginebra es que debemos dar la batalla ideológica contra el secuestro de la libertad de prensa por la libertad de empresa de los enemigos de la palabra de todos. Por la democracia, por la comunicación, que es del orden de lo común.

Una palabra —lo común—, innombrable y diríase que incomprensible para quienes, como los directivos de la UER, dicen trabajar por la cooperación y terminan por dilapidar el capital simbólico y prestigio del principal evento paneuropeo de televisión, el festival de la canción, por los intereses creados del lobby económico.

En otras palabras, la reciente resolución de la Asamblea de la UER ha resultado una farsa y un despropósito que deslegitima la organización, el Festival de Eurovisión y el papel de las radiotelevisiones públicas de algunos países que raudo expulsaron a Rusia con motivo de la invasión de Ucrania y hoy deciden mantener una delegación sionista, progenocidio y criminal en medio de la matanza que no cesa de víctimas civiles por el Gobierno de Netanyahu.

Ganan, en suma, la impostura y la corrupción moral. Se vulneran los estatutos, se acentúa la crisis reputacional, se minusvaloran las protestas ciudadanas de las audiencias europeas, mayoritariamente en contra de la participación de Israel, y se engaña a la opinión pública con un falso alto el fuego y soluciones de maquillaje como revisar el sistema de votación, «reforzar la confianza del certamen», incluyendo medidas para desincentivar campañas externas de voto manteniendo mitad jurado profesional y mitad público, pero con salvaguardas adicionales.

Esto es, para los responsables de la UER nada ha sucedido de un tiempo a esta parte. El show continúa. Las mujeres, niños y civiles asesinados deben dejar paso a los focos y espíritu celebratorio del festival. No he visto mayor indignidad en mucho tiempo. Tanto que parece claro que, tras Ginebra, solo tenemos dos alternativas posibles: refundar la UER relevando a los responsables de este despropósito al frente del Festival y la gestión institucional o salir de este organismo en franca decadencia y crear un espacio que cumpla los principios fundacionales que dieron origen al Festival de Eurovisión.

No estaría de más que RTVE lidere, con otras televisiones públicas, un festival como el Benidorm FEST en defensa de la paz, reforzando su papel de puente con nuestros espacios geoculturales de referencia: sea el Mediterráneo o Iberoamérica.

En los tiempos que corren está el de Air Force One, perdido por las nubes, los encumbrados sin sentido y la multitud que reclama derechos y libertades, en Minneapolis o en España, enfrentados a la dialéctica televisión y cultura o barbarie.

Algo similar a lo acontecido en Sevilla con el escritor de la RAE, incapaz de asumir el error —o, más bien, obcecado en su modus vivendi de las anteojeras ideológicas—, tratando de zanjar la polémica con una tribuna en El Mundo, lo que ya dice todo.

No, señor Pérez-Reverte, ni rigor, ni diálogo, ni metódico ni guerra que seguimos perdiendo. La única guerra que se ha perdido es la suya propia y la escasa credibilidad que piensa que atesora entre exabrupto y chascarrillos de cuñado de saldo.

Y permita el lector que lo argumente, en primera persona, puesto que fui uno de los contactados para debatir con Espinosa de los Monteros y tuve a bien declinar desde el principio tal propuesta, por tres motivos que parece que el Alatriste sigue sin alcanzar a entender.

Primero, el título no solo resultaba ofensivo, a lo Pio Moa y su rigor mortis, apelando al cainismo hispánico atrabiliario, sino lo que es peor, con ello se fijaba un framing más que definido y tendencioso. El encuadre de las jornadas era, es y será —puesto que amenaza con persistir en el error— manifiestamente revisionista. Muy propio de los tiempos trumpistas que vivimos.

Segundo, la falsa pluralidad del programa, en género e ideología, con presencia mayoritaria de criminales de guerra, sionistas manifiestos y voces que nada tienen que decir ni pensar en público sobre la cuestión, no invitan precisamente a debatir sino a todo lo contrario.

Si el rigor es para el académico de El Hormiguero básicamente espectáculo o pura provocación, está todo dicho. Ahora bien, el pluralismo no se alcanza con poner a un fascista declarado a farfullar e invitar a un diputado de IU en minoría. El pluralismo es también social y, además de políticos y escritores afines, debiera haber pensado en invitar al movimiento memorialista y las víctimas del golpe de Estado y el genocidio franquista.

Y, por último, no cabe asumir una invitación malintencionada como esta en los momentos que vivimos por un sentido inapropiado de la oportunidad histórica de un encuentro en medio de la emergencia neofascista que por miopía intelectual o vanidad extraviada no alcanza a reconocer, previsiblemente porque padece lo que Vázquez Montalbán denominaba «franquismo sociológico».

Y claro, termina por mentir hasta el aburrimiento, sobre el cartel y sobre el motivo de la cancelación que atribuye a la ultraizquierda. Hemos de inferir, con su razonamiento, que Espinosa de los Monteros es un modélico conservador y quienes cuestionamos tal desaguisado, unos ultras.

Pero es justamente al revés en el mundo alterado que sufrimos por el principio de inversión semiótica. Supongo que sabrá lo que es, si ha leído a Umberto Eco, o algo de semiótica conocerá, que para algo es académico de la Lengua. El próximo 19 de febrero, por cierto, celebramos el aniversario de su fallecimiento.

Tuve el honor, como decano de la Facultad de Comunicación, de proponer y presidir su doctorado honoris causa por la Universidad de Sevilla. Podría haberse ocupado de ello hablando de letras en Sevilla. En cualquier caso, haría bien el fabulador de cancelaciones que cuando trate el golpe de Estado y la Guerra Civil no sea tan elitista, desenfocado y altanero y convoque a víctimas y movimiento memorialista si alguna vez le da por escuchar y aprender, y trata de pensar por qué la mayoría social ha cuestionado con tanta indignación un programa tan penoso.

De momento, sigue en sus trece. No esperaba menos de tanta obcecación. Pero cabe preguntarse si esto de los encumbrados tontopollas sin sentido, en realidad, de tonto no tienen ni un pelo, que más bien tienen claro a lo que juegan. Solo se me ocurre aplicar las lecciones del sabio de Tréveris y observar por dónde fluye el dinero: sea para vender libros, hacer negocios con las Big Tech o favorecer los intereses rentistas del capital financiero especulativo que también cotizan al alza a golpe de click.

La realización del valor no es posible sin desvalorizar el sentido común o los bienes públicos, sin intoxicación, sin desbrozar el camino de leyes que regulan los derechos y las libertades públicas de todos. Y en esa fase estamos, volviendo a los tiempos que tanto gustan al escribidor de arrojados caballeros y ejércitos imperiales, hoy mutados en pioneros del tecnofeudalismo.

Pim, pam, pum… RTVE

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En un momento de guerra cultural, de campaña contra el dominio público de las derechas, con una campaña sistemática de deslegitimación y ataque a RTVE, sin precedentes, pensar la relación cultura y política se antoja estratégico. En cuestión está la política cultural, ni más ni menos, pero también el modelo de comunicación y de Estado. El posicionamiento de la Corporación contra la UER abrió un parteaguas que en cierto sentido está operando como  brújula o termómetro del clima de opinión que apunta al necesario cambio de sentido en la orientación institucional de la teledetodos. Mientras, Ayuso juega a la retórica del guerracivilismo desde Telemadrid, y el portavoz de Vox amenaza con entrar en el ente público con lanzallamas. Exabruptos, puede pensar el lector, pero el duopolio televisivo hace meses que ha iniciado una cacería, pim, pam, pum, contra los profesionales de la cadena pública. El dinero manda. Es una cuestión de Economía Política. Pierden audiencias e influencia para definir la agenda pública sobre vivienda o política económica. Por eso cabalgan a lomos del franquismo sociológico al modo Ana Rosa Quintana. Ya advirtió el bueno de Vázquez Montalbán sobre la nociva función de periodistas e intelectuales que interfieren en la esfera pública al servicio de la oligarquía económica. En Panfleto desde el planeta de los simios denunció la operación de descrédito de la razón crítica protagonizada por una beautiful people intelectual, compuesta mayoritariamente por ex jóvenes filósofos y  líderes de opinión que conocían los caminos que llevan a la mesa del señor, según la antigua enseñanza del escriba sentado, a condición, claro está, de alimentar la espiral del disimulo de la corrupción, el rentismo, el capitalismo de amiguetes, la cultura del estraperlo, el telespañolismo, la patrimonialización, el caciquismo y la chabacanería populachera.

Si la verdad nos hace libres, el cultivo de la razón, sin equidistancia, procurando el cultivo de la filosofía de la sospecha, es como nos enseñara Vázquez Montalbán la única forma de defendernos. Pues permite preguntarnos, indagar y pensar del revés el mundo invertido que habitamos. Esta es la clave de la crítica desde la mesura y distancia del pensamiento reflexivo y la cultura de problematización de lo real concreto. Como Gramsci insistía, se trata de hacer inteligible la actualidad y sentar las bases de un liderazgo moral e intelectual liberador para las masas. Este es el nodo en común del decir y hacer otra política del acontecimiento informativo. RTVE lo está haciendo yendo al grano, con malas lenguas que niegan que todo es mentira, dialectizando la actualidad y coyuntura política. Por eso es objeto de una campaña de descrédito. La paradoja es que cuanto más se agudizan los ataques contra la Corporación pública más crece la confianza de la audiencia en la teledetodos. Debe ser, digo yo, porque las gentes se han dado cuenta que ATRESMEDIA y MEDIASET, siempre juegan a despistarnos para esquilmar nuestra cartera y la hacienda pública. Para ellos, abonados a la razón cínica, todo, en efecto, es mentira. Pero otra televisión es posible y hay que avanzar lo más posible en una dirección distinta apostando por la mayor diversidad vertical y horizontal, innovando sobre formatos, ampliar la diversidad de contenidos, más allá de las tertulias, para que nuevos talentos, nuevas voces y estilos culturales distintos, encuentren en la casa común audiovisual su espacio de referencia y reconocimiento.

Un servicio público audiovisual adecuado a estos tiempos de la modernidad líquida debe innovar, arriesgar y apostar por la cultura, ofrecer diversos formatos, no solo el concurso o go talent.

RTVE fue el espacio de La bola de cristal, de Musical Express, de Tocata, un semillero de  creatividad que pervive entre sus profesionales y la industria cultural y que, en lógica congruencia, debiera ser prioridad de la dirección. Como también debieran ser cuidados sectores de población, como los jóvenes o los más mayores, que hoy por hoy no encuentran programas específicos dirigidos a ellos. El concurso público fue una oportunidad perdida para democratizar la gobernanza del Ente, pero en los proyectos presentados por los candidatos a dirigir la más importante empresa audiovisual del Estado hay un cúmulo de ideas y propuestas que cumplirían con las expectativas de la ciudadanía y el sector. No es tiempo de flaquezas o imposturas. En juego está no solo un modelo de radiotelevisión, sino el futuro de la democracia. Probablemente, los de la motosierra persistan en la narrativa de la ideología progre. Conviene pues dejar claros los términos de la disputa cultural en curso. RTVE o barbarie. O información y pluralismo interno o censura modo Milei y Álvarez de Toledo.

Estos días que homenajeamos a Manuel Vázquez Montalbán, con motivo de la edición de sus artículos en Treball y Mundo Obrero, convendría seguir, punto por punto, sus enseñanzas y articular mediaciones productivas frente a la propaganda de los macarras de la moral. La producción social de la realidad en la barricada mediática exige volver al magisterio de quien supo escribir contracorriente, desde la clandestinidad, militando, a lo Rodolfo Walsh, en favor de los que no tienen voz, ni derecho a la paz y la palabra, ejerciendo el periodismo para intervenir y desplegar textos de potencia liberadora, como una suerte de ejercicio virtuoso para la autonomía. No otra cosa es la comunicación, en fin, que la pasión incandescente del funambulista que, en la cuerda floja, arriesga en serio el cuerpo, el corazón y la propia vida:  por lo común.

El frente cultural de RTVE

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Todo sistema democrático presupone un sistema de información plural, transparencia y diálogo público, a partir del principio de autonomía. En los últimos años, sin embargo, el trumpismo político –truco o susto– ha desplegado la estrategia de acoso y campañas de difamación contra periodistas de RTVE, sean prestigiosos profesionales como Silvia Intxaurrondo o reporteros que cubren sobre terreno la actualidad informativa.

El discurso del odio contra profesionales de programas como Mañaneros o Malas Lenguas de las derechas ultramontanas en España sigue el patrón de Milei y de la Casa Blanca que, por Decreto, ha suprimido la financiación de PBS y NPR: el periodismo libre, en fin.

En los últimos meses, PP y VOX no solo han acusado a la Corporación de ser un instrumento al servicio del Gobierno, sino que han señalado públicamente a sus rostros más reconocidos amenazando incluso con el despido si llegan al poder.

No ha sido un recurso retórico. Públicamente, han pedido a la cadena pública prescindir de Sara Santaolalla, y desde el comienzo han perseguido a presentadores como Silvia Intxaurrondo, Javier Ruiz, Jesús Cintora, Xabier Fortes o David Broncano. Otra presentadora, Marta Flich, lo ha dejado meridianamente claro: cuando el PP y Vox no controlan los medios públicos les parece mal.

Los discípulos del ministro de Información y Turismo franquista, Manuel Fraga prefieren —ya lo sabemos— una ley de prensa de la dictadura, un ecosistema informativo atado y bien atado. Este mes presentamos el libro inédito de artículos de Manuel Vázquez Montalbán, Militante y Clandestino, de Atrapasueños Editorial. Él supo diseccionar como nadie la anatomía del franquismo sociológico hoy galopante.

Las señorías de la derecha amparan la violencia verbal sistemática, el insulto, la descalificación, las campañas de difamación, la criminalización de periodistas y de la crítica, y el sexismo y minusvaloración injustificable. En definitiva, siguen instalados en la indigencia moral e intelectual para ocultar los juegos de tramoya y los intereses creados.

Son cipayos de la oligarquía económica y financiera. Pero tienen la suficiente indigencia moral como para hablar de manipulación en RTVE cuando en Telemadrid y Ayuso pasan no los límites del decoro sino la propia ley. En Canal Sur, Telemoreno programa toros mientras arde la Mezquita o dedican minutos a Morante de la Puebla para acallar las protestas de las mujeres de AMAMA.

Esta lógica se replica en Baleares, Galicia o Comunidad Valenciana. Por ello, los comités de empresa de los trabajadores de los medios públicos se han organizado para defender el servicio público y denunciar los abusos y el autoritarismo en la gestión de las cadenas públicas.

Negacionistas de la verdad y la deontología periodística, los portavoces del linchamiento mediático operan con todo tipo de técnicas de la doctrina del shock: la inversión semiótica, la retórica exaltada, la violencia simbólica, la apelación fática, la deshumanización, el oxímoron y el discurso cínico.

Recordemos, parafraseando a Kapucinski, que no hay mejor pasión que la compartida y compasiva. El ejercicio del periodismo exige un principio de entrega y radical dialogía. Ser bueno, en suma. Los periodistas objeto de sus campañas —Silvia Intxaurrondo, Jesús Cintora, Sarah Santaolalla, Esther Yáñez— han demostrado ser excelentes profesionales y, por lo mismo, han de contar con todo el apoyo moral, académico e institucional.

Pero no es suficiente: es preciso definir una estrategia en defensa del dominio público que nos quieren expropiar y de los medios de titularidad del Estado. Avanzar hacia un pacto de Estado en defensa del servicio público audiovisual.

Quienes militamos en la pedagogía de la esperanza sabemos que el diálogo es una condición existencial. No hay sujeto sin voluntad de atenta escucha. El ruido y la agresión verbal debe estar desterrada del debate político. Y por ello hay que trabajar para desplegar este frente cultural, con convicción y acción institucional.

La comunicación política ultramontana se combate con el Boletín Oficial del Estado (BOE), con medidas, con normas, con más democracia, acceso y participación. Y con economía política de lo común, la caja negra que nunca nombran los del pin parental y otras ocurrencias premodernas del tecnofeudalismo que tratan de encubrir con ataques ad hominem sus servicios a los intereses de la casta.

Es evidente que RTVE gana la batalla de audiencias y los del IBEX 35 no lo van a permitir. Deben tomar medidas para cuidar a los profesionales del despojo a lo Vicente Vallés. Esta es la clave de la disputa ideológica contra la teledetodos.

Correspondería ahora desde la ciudadanía actuar en consecuencia. La sanidad pública, los derechos sociales no están garantizados sin el derecho a la palabra. No hay democracia sin periodistas ni sin derecho a la comunicación. El Estado social depende de este pilar estratégico en la era de la infocracia. ¿A qué espera la izquierda y los movimientos sociales para intervenir?