Raro, raro, raro

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La era del silicio impone una estricta economía de la geofísica de la información y, en tiempos de Trump, una geopolítica del despojo, campañas de exploración de tierras raras que actualizan el realismo capitalista en forma de tiempo enrarecido, extraño, enajenante y también de captura de los restos de la era del carbono. La elegía satírica de la novela “Al límite” de Thomas Pynchon (2014) retrata con maestría las formas históricas del viejo y nuevo materialismo, sus enclaves sociopolíticos y la base científica que lo sustenta, léase “Contraluz” (2010), los hilarantes episodios de la II Guerra Mundial descritos en su obra maestra “El arco iris de gravedad” (1973) o cualquier medio serio como El Jueves, porque solo el humor nos puede hacer libres y mostrar la verdad en el mundo al revés del orden reinante. Cuando la realidad parece ficción, la escritura literaria nos cuenta lo que los cuentos informativos no cuentan, por ejemplo, describiendo el contexto de los retos por venir.

Decía Jesús Ibáñez que la mejor prospectiva social es las que nos ofrecen las novelas de ciencia ficción, donde podemos secularizar la imagen operativa y las metáforas de la materialidad geológica en medio de la descomposición del mundo. Podemos por ejemplo poner el foco en el sistema de relaciones que da continuidad a las investigaciones de la energía nuclear con el complejo industrial militar del Pentágono y la red de intereses materiales que van de Venezuela a Sudáfrica, de Nueva York a Finlandia, de Argentina y Bolivia a Groenlandia. Lógicamente, no viene al caso explicar los tropos, recursos sintácticos, estructuras narrativas y constructos literarios de la literatura cyberpunk o de las novelas de Pynchon, porque lo verdaderamente importante, aquí y ahora, es cómo nos ayudan a penetrar, con ojo avizor, el tupido velo de la desinformación y las opacidades del poder de comando informacional. Pensar, en suma, la cultura matricial del oculocentrismo, la óptica y mediación del espíritu de este tiempo que conecta, en red, el trabajo y los medios, la proyección imaginaria de las fantasías electrónicas y la transformación del hábitat, las mutaciones tecnológicas y el extractivismo del medio ambiente natural, para una crítica de la economía política en tanto que ecología política de la comunicación de los nuevos bárbaros que habitan en la Casa Blanca.

La acción de “Al límite”, la novela del mejor escritor estadounidense de la segunda mitad del siglo XX, es sin duda alguna una muestra reveladora del mapeo necesario en esta línea de las cartografías del complejo sistema de interconexiones del capitalismo maquínico. La novela transcurre en la ciudad de Nueva York durante el año 2001. Describe, no casualmente, el período que va desde la crisis de las puntocom hasta los atentados del 11 de septiembre. Los personajes de la novela participan de una trama de delitos económicos, empresas de seguridad informática, servicios secretos como el Mosad, y la producción de un videojuego y sistema de programación ultramoderno, que en cierta forma es también protagonista de la novela. Pues DeepArcher, el juego de realidad virtual que motiva la cadena de asesinatos, es similar a Second Life, uno puede tranquilamente «vivir», pasear, comprar o mirar donde no hay nada especial que hacer: un «lugar», en fin, desmaterializado, que despliega una serie de sucesos por apropiarse del código y del capital económico en el trasfondo de la cultura del videojuego.  Discursivamente, la trama nos enfrenta al viejo y nuevo mundo del capitalismo. Pero, como los personajes de Al límite, en la era del juego, y la gamificación, parece que el personal no se entera o no es consciente de lo que está en juego, o, peor aún, no quieren saberlo, no vaya a ser que la narrativa monocorde, como decía Peter Walkins, nos falle con un final infeliz.

Las lecciones de Thomas Pynchon al respecto son clarificadoras. Frente a cierta lectura idealista sobre el goce en las nuevas formas de comunicación de la era digital, la concepción materialista de la cultura exige, en nuestro tiempo hipermediatizado, una consistente interpretación que haga comprensible las contradicciones de estas prácticas culturales en el marco de la cuarta revolución industrial. En la era postmedia del ocio expandido, el reino de lo extraordinario y de lo espectacular integrado capturan y subsumen la creatividad como exigencia primordial de la acumulación por desposesión  en una suerte de dominio de la máquina de guerra. En el caso de la novela, los crímenes y delitos económicos son asociados a la apropiación del excedente de los silicon valley boys cuyos amplios márgenes de beneficio terminan teniendo altos costes socioambientales. El negocio de la realidad virtual plantea pues interrogantes fundamentales como paradigma de la necesaria reconstrucción del nuevo materialismo del encuentro, no solo por su relevancia como sector económico sino también justamente por participar de la estrategia de ocultamiento que requiere el proceso de despojo del capital en su guerra abierta contra los pueblos y la humanidad. En este marco, la subordinación y gregarismo de la UE produce vergüenza ajena. Además de seguir los lineamientos de los GAFAM, y de la OTAN, la vindicación de la autonomía estratégica y la soberanía digital, proclamadas por los cómplices del genocidio en Gaza, resulta cuando menos ridícula mientras se multiplican suculentos contratos millonarios con Lokhead Martin, Northrop Gruman, y General Dynamics, las mismas empresas que promueven la guerra en Europa y América Latina, facilitando la espiral del disimulo de Wall Street interesados tanto en la innovación tecnológica como en los negocios de la reconstrucción, tras la destrucción creativa, sea modo resort o simple infraestructura civil.

Sabemos que, ante la barbarie, el acero voz, la voluntad expresa contra el poder instituido en un mundo sin aurora ni horizonte histórico perceptible es no solo pura heroicidad, también algo suicida. Pero nos queda siempre la esperanza, que es el consuelo de la lucha. A decir de Pasolini, el consuelo de saber luchar para mirar de frente a la realidad. Y no es poca cosa en tiempos de bulos y disimulos, más mulos que otra cosa. La virtud, en fin, de la pa/ciencia y la dignidad contra el poder destructor de la megamáquina del capital siempre es una potencia superior a toda virtualidad que nos quieran vender como realidad paralela. Las lecciones de la historia así lo demuestran. Dicho esto, ya va siendo hora, por cierto, de poner nombre y apellidos, negro sobre blanco, a los nuevos robber baron. La literatura es solo un mero ensayo para ello.

¿Es EEUU una «amenaza» para la ciberseguridad de España? El Congreso y el Senado abordarán este debate abierto por Sumar

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Pocos días antes de que estallara la guerra de Irán, en la comisión mixta de Seguridad Nacional del Congreso y el Senado de España se puso sobre la mesa un debate que, diez días después, cobra mayor relevancia: ¿Es Estados Unidos una «amenaza» para la ciberseguridad de la Unión Europea y de España? La discusión, abierta por Sumar, fue despachada por PP y Vox que, con mayoría en este órgano, se negaron a señalar a un aliado miembro de la OTAN como un peligro para el país.

Desde octubre de 2024, las Cortes Generales trabajan, a puerta cerrada, en la elaboración de un informe sobre «las amenazas en el ciberespacio, en la era de la inteligencia artificial y la computación cuántica«. Más de 20 expertos -desde miembros de las Fuerzas Armadas a directivos de empresas tecnológicas- comparecieron durante este tiempo ante un grupo de diputados y senadores. Todo ello se condensó en un informe de 55 páginas, al que ha tenido acceso EL PERIÓDICO, en el que se recoge el análisis de la situación actual y se plantean una serie de recomendaciones.

Sin embargo, el diputado de Sumar Francisco Sierra consideró que el documento está incompleto. Estados Unidos solo sale mencionado dos veces. Una para señalar que las «tecnologías críticas» utilizadas en España provienen, principalmente, de este país, de Israel y de China; la otra en una nota a pie de página. Así, registró varias enmiendas para incluir que EEUU es «una amenaza manifiesta» para la Unión Europea y para España. Todas ellas fueron rechazadas por PP y Vox, que suman 20 votos en la comisión, y respaldadas por PSOE y Sumar, que solo tienen 15 parlamentarios.

Argumentos encontrados

«La inmensa mayoría comparecientes alertaron de que las amenazas más sofisticadas proceden de grupos de ciberinteligencia vinculados a Estados. Se mencionan de forma reiterada las […] de origen ruso, chino, iraní y norcoreano«, asevera el informe elaborado por la ponencia y que aún deberá ser ratificado más adelante por la comisión mixta de Seguridad Nacional.

En este sentido, Sierra planteó incluir una línea más: «Pero también de Estados Unidos, que desde Echelon [una red masiva de espionaje creada en la década de 1960] a nuestros días, es una amenaza manifiesta para la UE y nuestro país«. Sierra, en conversación con este diario, sostiene que el PP se opuso a esta enmienda bajo el argumento de no contribuir a la escala verbal con EEUU, mientras que fuentes parlamentarias populares sostienen que su negativa se debió a no querer señalar a un país aliado como amenaza, equiparándolo a países como Corea del Norte.

Esta no fue la única propuesta planteada por Sierra. En otro apartado, relativo a la «desinformación y propaganda», se advierte de que las «campañas de influencia digital se han convertido en un instrumento geopolítico y criminal de enorme impacto» y nuevamente se señala a Rusia, China e Irán como los «protagonistas de esta modalidad delictiva». La propuesta del diputado de Sumar, también rechazada, fue señalar a EEUU, desde sus empresas a la administración de Donald Trump, para avisar de su «clara hegemonía y control de la ciberseguridad como principal amenaza» para Europa y España.

La dependencia tecnológica

A lo largo del documento se hace referencia también a la dependencia de España de tecnología extranjera. Así, se plantea la necesidad de «fomentar la creación y consolidación de empresas españolas de ciberseguridad, así como priorizar tecnologías desarrolladas en el ámbito europeo o nacional cuando sea posible».

El matiz que planteó Sierra en este caso es el impulso de empresas públicas o de capital mixto con participación mayoritaria del Estado para evitar «el modelo dominante liderado por Palantir Technologies«. Esta empresa, filial en España de una de las grandes tecnológicas estadounidense, tiene adjudicado un contrato de Administración General del Estado por más de 16 millones de euros para la contratación de «una solución de fusión y análisis de inteligencia en el ámbito del Sistema de Inteligencia de las Fuerzas Armadas».

En la misma línea, el informe identifica esta dependencia como un «factor de vulnerabilidad en un contexto de tensiones geopolíticas y de utilización del ciberespacio como instrumento de presión». A lo que Sierra pretendía añadir que esto implementado por «Estados Unidos e Israel». Todos estos cambios fueron rechazados por PP y Vox. Hubo un quinto, al que también se opuso el PSOE, porque hacía referencia al hub de Defensa instalado en Aragón.

 

Ciberseguridad y geopolítica de la comunicación

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Las tecnologías disruptivas han revolucionado el arte de la guerra, las políticas de defensa y los modelos de gobernanza militar. En la actual legislatura, la Subcomisión de Ciberseguridad del Congreso va elevar un informe al Ejecutivo sobre la estrategia estatal de ciberseguridad. En las comparecencias y debates se constatan, cuando menos, cinco conclusiones compartidas por las fuerzas parlamentarias:

  1. El modelo tradicional de ciberseguridad sostenido a lo largo de las dos últimas décadas no es adecuado a los retos de los nuevos tiempos. La recomposición de los actores y grupos hegemónicos está acelerando los conflictos, tensiones y problemas de estabilidad y control del sistema-mundo.
  • Un incremento del coste de ciberseguridad en las grandes organizaciones en torno a cinco millones de euros plantea un reto de sostenibilidad de esta economía de guerra.
  • El aceleracionismo tecnológico de la IA generativa facilita ataques a gran escala con mayor precisión e impacto exigiendo respuestas casi en tiempo real.
  • La administración pública está respondiendo tarde y mal a esta problemática sin reforzar la cadena de suministro del software y la nube donde se estanca la memoria institucional.
  • El aumento exponencial de técnicas de ingeniería social como el phishing está extendiéndose socialmente al tiempo que casos cono el de Moldavia o Irán ilustran cómo la guerra híbrida, el uso de deepfakes, y los lobbies, socavan la soberanía popular.

En esta contexto, desde IU, hemos apostado por avanzar hacia un modelo de ciberseguridad basado en el principio de autonomía estratégica vindicando la soberanía digital. Un proyecto de Estado no puede depender de Estados Unidos e Israel. Necesitamos una política pública de ciencia y tecnología sostenible en el tiempo, evitando el modelo OMC de inversión pública y privatización del conocimiento patentado en manos de las grandes compañías de seguridad. Luego es preciso una política industrial más ambiciosa y consistente. Al tiempo, la Administración Pública debe acometer la ciberseguridad desde una visión integral, con evaluación y configuración participada por la sociedad civil. Más que nada porque la ciberseguridad es un negocio altamente lucrativo con ausencia de regulación. La caja negra del discurso cibernético es la economía política de la apropiación privada de la riqueza social. La historia del complejo-industrial militar del Pentágono es ilustrativa a este respecto. Y hoy es un poder que  protagoniza la agenda de rearme en todo el mundo. La disputa por las llamadas tierras raras forma parte del guion de Trump para garantizar su ventaja competitiva en la llamada cuarta revolución industrial. En otras palabras, el conflicto de los aranceles no oculta ya el reto de reorganización de la distribución geográfica de los recursos geológicos necesarios para la transformación de la economía. El mercado de minerales y la nueva geopolítica imperialista están teniendo de hecho un alto impacto en la economía y desde luego afectarán los ecosistemas y sostenibilidad medioambiental. Hablamos de un reto transversal que afecta al desarrollo y al ejercicio de las libertades públicas en términos de ecologías de vida. La necesaria extracción de materias primas y minerales para el 5G y el desarrollo de sistemas expertos obliga por lo mismo a la UE y a España a definir una política propia para la transición digital, la carrera aeroespacial e incluso las políticas de defensa. Pero ha optado por la subordinación a la hoja de ruta de Washington cuando resulta que EE.UU. ha perdido la batalla en la ciberguerra ante la planificación del sistema de ciencia y tecnología china. Pekín está muy por delante de EE.UU. La robótica, drones y satélites de China, aunque cuantitativamente menor en tamaño respecto a Estados Unidos, se ha mostrado más que competitiva, tal y como ilustra el desarrollo de Deepseek, considerado por un alto cargo de INCIBE como un arma de destrucción masiva. Un despropósito, sin duda, una prueba de la general incomprensión del bipartidismo que sigue anclado en la visión otanista cuando tras el informe ECHELON sabemos que el gran aliado, Estados Unidos, nunca fue un socio fiable. Hoy ha quedado además en evidencia no solo con declaraciones de altos funcionarios de la administración republicana, sino con la abierta amenaza de ocupar tierras enriquecidas de níquel, litio, cobre y otros minerales necesarios para la producción de componentes básicos de la ciberseguridad.

Exigir, en fin, un golpe de timón en esta materia no es solo demandar una política de transparencia. Se trata de vindicar sobre todo el diseño de ecosistemas autónomos y la plataformización pública a escala europea, integrando con nuestros propios medios una seguridad compartida en red con software e infraestructura propias, no de Israel o Estados Unidos que están enrareciendo el medioambiente y las relaciones internacionales para imponer unilateralmente sus intereses en la economía y la seguridad global, como puede verse, a sangre y fuego. La humanidad no se lo puede permitir. Sería el fin de los Derechos Humanos, y de toda seguridad para la vida en el planeta.

Soberanía digital y Europa social

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Que la administración Trump y los movimientos del oligopolio de las grandes plataformas tecnológicas son una amenaza a la democracia y al proyecto de integración de la Unión Europea es, prácticamente, compartido por el conjunto de la ciudadanía y las fuerzas políticas de progreso. No es tan extendido, sin embargo, la naturaleza o diagnóstico de las amenazas que vislumbramos en el horizonte a corto y medio plazo y menos aún se observa la definición de alternativas democráticas que contravengan el proceso en curso de restauración autoritaria de la hegemonía imperial de Estados Unidos.

Somos conscientes que en la vida, como en la política, siempre hay opciones y posibilidades por explorar. El arte de lo posible implica definir agendas para la acción distintas a las establecidas a priori.

Se da la circunstancia que en materia de transformación digital se ha instalado en la sociedad un discurso naturalizado de Silicon Valley que ha permeado la práctica política de dirigentes y fuerzas políticas imposibilitando una agenda propia de definición del futuro de la era de la Inteligencia Artificial. Y en este marco la UE no es que corra peligro de perder s razón de ser del modelo social de Estado de Bienestar que alentó el proyecto de integración comunitaria, es que, antes bien, está en juego su propio futuro y subsistencia.

Bien es cierto que desde la Comisión se han avanzado iniciativas como la primera regulación internacional de la IAAT, la Carta de Derechos Digitales de 2021 o la reciente creación del Observatorio de Derechos Digitales para hacer efectivo la Europa de los Ciudadanos en la galaxia Internet. Pero estas medidas llegan tarde y son insuficientes ante el dominio absoluto de las grandes plataformas tecnológicas como ‘X’ (ex Twitter), ‘Meta’ (Facebook, Instagram, WhatsApp…) Alphabet (que incluye a Google como su principal subsidiaria), nombradas en su día como GAFAM, que hoy han decidido convertir la norma de terra nullius, la ventaja tecnológica y su posición cuasi monopólica en la regla del Estado de excepción a nivel internacional, vulnerando todos los derechos y garantías constitucionales a escala global.

El alineamiento con el gobierno de Trump ya se ha traducido en medidas concretas como la remoción de mecanismos de moderación de contenidos que hasta ahora lograban filtrar -aunque de un modo acotado- diversos modos de desinformación (fake news, deep fakes), discursos de odio, instigación a la violencia, controles sobre contenidos relativos a infancias etc., y una agresiva política de injerencia que nos recuerda que estas compañías, las big tech, nacen, se incuban, y despliegan su poderío como un vector estratégico del imperialismo estadounidense definido en el programa originario de la Sociedad de la Información de Al Gore, bajo tutela de los dos bastiones que sostienen el dominio político y económico de la potencia en decadencia: nos referimos al Pentágono y al muro de Wall Street.

No es comprensible el proyecto tecnofeudalista que abandera Musk con el trumpismo sin este análisis de la estructura de comando de la telemática ya diagnosticado por la economía política de la comunicación y estudiosos como Herbert I. Schiller. Ni tampoco es posible diseñar alternativas de futuro si se renuncia a la autonomía estratégica y se trata de definir una política de ciberseguridad, como en el Congreso de los Diputados en España, de la mano de Google y las corporaciones del complejo industrial-militar estadounidense.

Asumir el designio de los amos de la información y el capitalismo de plataformas bajo tutela de EE.UU. o la OTAN es, en definitiva, renunciar a la Europa social y de derecho y, al tiempo, convertir la UE en una colonia dependiente tecnológica, económica y militarmente de una potencia que no demuestra ser aliado cuando despliega una guerra comercial con los aranceles, sino especialmente cuando desde el propio nacimiento de la comunidad económica europea ha mantenido el espionaje, control y tutela de las redes de información y conocimiento, tal y como quedara constancia en el informe del Parlamento Europeo sobre la red ECHELON. Ahora se constata con la abierta injerencia en las elecciones de Alemania como ya se hiciera con el Brexit y los resultados por todos conocidos.

La UE, colonia tecnológica

La modificación de los procesos de intermediación y el control del algoritmo abundan no solo en la falta de transparencia de estos operadores políticos, sino que reafirman la estrategia de desinformación de las fuerzas de control global del Capitolio con el fin de restaurar su posición hegemónica ante China y su superioridad comprobada en ciencia y tecnología.

Las declaraciones recientes del Vicepresidente Vance respecto a la gobernanza de la Inteligencia Artificial, y no olvidemos de Internet, bajo control de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) son lo suficientemente esclarecedoras como para definir en Bruselas otra hoja de ruta a la seguida hasta ahora, marcada, nunca mejor dicho, por el seguimiento de las directrices del lobby de los GAFAM.

La necesidad de transparentar los procesos de información social, blindar el avance de plataformas globales que disputan el control al Estado y resguardar los derechos ciudadanos requiere de políticas activas por parte de la UE y nuestro gobierno. No solo declaraciones alertando de la tecnocasta. La reducción de los riesgos para la ciudadanía en términos de manipulación de la información, visibilizando, censurando u ocultando contenidos como el genocidio de Gaza del sionismo, forma parte de un nuevo orden informacional y una geopolítica imperialista que busca ser impuesto para controlar los comportamientos y direccionar de la voluntad política de la ciudadanía para hacer posible ya no la acumulación por desposesión, como analiza David Harvey, sino el régimen de excepción de la acumulación por despojo criminalizando la pobreza y extendiendo la guerra, cultural y efectiva, por todos los medios imaginables.

Ya en su célebre libro Mil Mesetas, Deleuze y Guattari, definían de modo precursor al accionar de las fuerzas exteriores al estado como Máquinas de Guerra. En el presente, la máquina informacional, con el despliegue de sistemas de machine learning e IA se ha sofisticado y vuelto inmanejable en algunos sentidos. Cabe preguntarse cuál es el espacio de acción que tienen los Estados Nacionales y la UE para desarrollar políticas de cuidado y acciones soberanas, qué medidas conviene adoptar en defensa del proyecto común de la Europa social y de derechos.

El dominio de las Big Tech sobre la información, la comunicación y la logística plantea serios problemas sobre el cumplimiento de las leyes de competencia y antimonopolio de la propia UE, pero no se han adoptado medidas, salvo algunas penalizaciones económicas irrelevantes a efectos de la estructura de control. A pesar de los intentos regulatorios, como las investigaciones antimonopolio en varios países, las estrategias de estas compañías para absorber a pequeñas startups, manipular algoritmos o generar redes de dependencia siguen siendo una práctica común sin que Bruselas haya acometido una estrategia consistente, aliándose por ejemplo con el proyecto de 5G chino.

Esto ha terminado limitando la economía europea, poniendo en riesgo la innovación y la diversidad empresarial, y sobre todo otorgando un control exclusivo sobre el mercado a compañías como Amazon, sin oposición ni estrategias de cooperación para hacer frente a los retos de futuro de la economía del conocimiento.

La confrontación geopolítica que hemos iniciado desde que Donald Trump irrumpiera en la escena política internacional es un paso más en esta escalada de subordinación y colonialismo tecnológico de Europa. La asunción del enfoque estadounidense sobre la ciberseguridad, la infraestructura 5G y la privacidad de los datos pliega el proyecto de la UE al fortalecimiento de la industria nacional estadounidense y la expansión de la OTAN, consolidando la tecnología ajena como un pilar esencial en la redefinición de las relaciones internacionales desde la subalternidad y la pérdida de total autonomía, y ello a pesar de las supuestas lecciones aprendidas durante la pandemia donde por vez primera escuchamos hablar de soberanía digital y un aggiornamiento keynesiano como salida a la crisis del colapso económico o de capítulos conocidos como el Brexit o en otras latitudes la campaña destituyente del gobierno de Dilma Rousseff o el golpe de Estado contra Evo Morales.

Infracciones de las plataformas digitales

Bien es cierto que la UE dispone de diversos dispositivos normativos diseñados con el fin de garantizar la implementación de mecanismos adecuados para supervisar posibles infracciones legales de las plataformas digitales dominantes en el mercado e intervenir en consecuencia. Aunque los recientes cambios y medidas adoptados por ‘Meta’ y ‘X’ puedan ser compatibles con la legislación estadounidense, su aplicación en la UE debería ser descartada, dado que las normativas existentes sobre la eliminación de contenido que infrinja la legislación, como los discursos de odio o el contenido destinado a alterar procesos electorales, lo prohíben explícitamente.

Pero, aunque desde Bruselas se reconoce la necesidad de regular el comportamiento de las grandes plataformas digitales, la Comisión enfrenta a día de hoy serias dificultades en la aplicación de la legislación vigente. En particular, la Ley de Servicios Digitales (DSA). La creciente complejidad de la regulación tecnológica, junto a la adopción del marco jurídico angloamericano del derecho de telecomunicaciones y las obligaciones suscritas desde la matriz neoliberal de la OMC, perfilan un escenario difícil de acometer en términos de voluntad y acción política democrática.

En otras palabras, las grandes empresas tecnológicas de Silicon Valley han pisado el acelerador asumiendo explícitamente el rol de actor global soberano en la reconfiguración del orden mundial de manera significativa, sin que desde Europa se responda en justa medida al reto que ello supone.

La transición digital y el control de la información, en este contexto, no solo representan un desafío tecnológico, sino también un reto político, social y ambiental de gran magnitud que evidencia que la Europa social y la propia transición ecológica en el marco de la Carta Social Europea serán letra muerta si no se actúa de inmediato.

La respuesta a esta dinámica imperialista pasa por una mayor regulación, la defensa de la privacidad y la soberanía digital, y la promoción de un espacio digital que sea verdaderamente público y democrático. La vigilancia y la crítica de estas dinámicas son esenciales para salvaguardar la democracia en el siglo XXI y exigen de organismos internacionales como la UNESCO una apuesta decidida por recuperar el espíritu McBride para hacer posible un solo mundo y voces múltiples, para un nuevo orden de la información y la comunicación (NOMIC) donde la tecnología, la red y el conocimiento de la IA sean patrimonio común de la humanidad.

Un primer paso en esta dirección es que la UE asuma un rol de defensa de los derechos a la comunicación democrática y que gobiernos progresistas como el de España contribuyan decididamente a definir una agenda distinta en Bruselas para la propia pervivencia del proyecto comunitario. Es hora de liderar en el seno de la UE una política de soberanía digital frente a las injerencias y el intervencionismo de grandes compañías en la opinión pública de los estados miembros. Frente a la política de la guerra y la tierra de nadie (terra nullius) de los GAFAM debemos impulsar cambios normativos de calado, estructurales, para exigir las obligaciones tributarias, legales y de protección de la libertad de expresión y las libertades públicas de dichas plataformas, en particular civil y hacer transparentes sus criterios de moderación de contenidos, tanto en procesos electorales, como en el debate público, con las consiguientes medidas de suspensión y sanción civil y penal en el caso de reiterados incumplimientos, como viene siendo habitual.

Promover nuevas plataformas digitales

En esta línea, es necesario revisar los acuerdos comerciales y reguladores con las grandes tecnológicas para asegurar que los intereses nacionales, democráticos y ecológicos estén protegidos frente a la creciente concentración de poder económico y político en manos de estas corporaciones. Pero también lo que la imaginación comunicológica de los tecnócratas de la Comisión no imaginan, hay que promover desde ya en nuestro espacio plataformas digitales de dominio público, así como políticas de software libre en la Administración Pública del Estado, para evitar la dependencia tecnológica.

Liderar una política de ciencia y tecnología nacional y europea en materia de IA, cambio tecnológico y cultura digital a medio y largo plazo con un plan plurianual es algo más que replicar dispositivos foráneos e importar conocimiento ajeno. Esto que el ensayista francés Sadin denomina la siliconización de la economía europea ha sido la pauta constante de la Comisión hasta la fecha. Ahora que el Congreso tiene que debatir el proyecto de Ley de Autonomía Estratégica e Industria es el momento de empezar a construir un sendero distinto desde el Sur de Europa introduciendo un capítulo específico para la promoción de medios digitales propios y tecnología soberana, si queremos hacer posible el intercambio y comunicación de nuestro sistema político y económico sin la dependencia tecnológica actual de Silicon Valley.

Soberanía digital

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Decía Neil Postman que los medios son metáforas de la cultura, y el bueno de Mark Zuckerberg lo confirma: su META, la fantasía virtual de la era robótica, es una propuesta de episteme para determinar el espíritu de nuestro tiempo, un tiempo pensado sin narrativa ni horizonte político posible salvo el del consumo compulsivo de la pantalla total. El metaverso es la negación de la poesía, es la narrativa 3D del capital, un espacio tóxico contra la democracia y la autonomía que debiera ser objeto de disputa, pero la soberanía digital no está en la agenda estratégica de Bruselas. Hay quien afirma, y no le falta razón, que el encuentro o cumbre de Versalles no solo es un avance, tardío e improbable, hacia la unidad e integración política del espacio común, sino quizás el canto del cisne de la propia existencia de la UE, que hace pocos años, tras el colapso de la pandemia, renunció a la ventana de oportunidad de acometer radicalmente lo evidenciado por el covid: la dependencia tecnológica. Como en la crisis financiera de 2008, la voluntad de refundar el modelo de desarrollo científico-técnico de la UE fue apenas un tímido escorzo difundido para unos cuantos titulares de la prensa y poco más. Y ello a pesar de la evidencia de lo inapropiado de la política de no intervención en el sector constatada con la crisis sociosanitaria. La falta de voluntad política y la posición subalterna de la Comisión Europea respecto al lobby Silicon Valley abonaron la nula imaginación creativa de los responsables de Bruselas en la materia, aun contando con ejemplos de buenas prácticas próximos y conocidos. Analizar y aprender no son divisas comunes en el espacio de libre comercio.

Occidente sigue con la asignatura pendiente de aprender de los cambios del gigante asiático a la vanguardia tecnológica en la larga transición de chinatown a chinatech, más allá del cambio del eje Atlántico al Pacífico El objetivo chino de liderar en 2030 la innovación en IA es ya un hecho, por planificación política y la eficiencia del gobierno de Pekín. Xi Jiping invertirá además casi un billón y medio en sectores estratégicos de la revolución digital. La cultura tecnológica desplegada en el país está siendo ampliada a velocidad de crucero con más de 800 millones de usuarios de smartphones y empresas líderes de referencia como Tencent, Alibaba o Huawei a la cabeza del cambio tecnológico. Y qué hablar de la ciberseguridad. Con Bairang, Dahua, Transinfo y Hikvision, China demuestra no ya ser la potencia emergente que ha de marcar el curso de la historia este siglo, sino además con ello se constata que es capaz de proyectar un modelo alternativo de gobernanza tecnológica. Tiene ciertamente el problema de la amenaza de guerra comercial de EE. UU. y la fuga de cerebros, además de la escasez de semiconductores en manos de los aliados de Washington, empezando por el gobierno de Milei en Argentina. Este poder y el de la arquitectura de la infraestructura son todavía determinantes para el proceso de transición digital y exige de nuestra parte una crítica actualizada del imperialismo cultural ahora que sabemos o más bien que hemos observado que existe una geopolítica de los cables submarinos que nos conectan. Conviene por lo mismo empezar a explorar las infraestructuras y procesos de organización subterráneas que nos limitan y condicionan los accesos para empezar a entender que ni somos tan libres ni Internet es autónomo y que el futuro de nuestra vida depende del modelo de implantación de la economía de silicio. Un proceso que está acelerando la modernización y automatización de la producción, reestructurando los modelos de mediación social y alterando radicalmente la experiencia vicaria de todos, en una suerte de cóctel explosivo que puede hacer implosionar toda forma de reproducción mientras asistimos impasible a la imposición de la ciencia de las redes pensando como mucho en la estética de las pantallas y las máquinas de sincronización cuando es vital disputar el sentido de la autonomía y más allá aún las ecologías de vida. Los desechos tecnológicos, de lo que nos acordamos no como ruina sino cuando en situaciones críticas como la ausencia de chips electrónicos apunta la necesidad de cuestionar la obsolescencia planificada y las dificultades de acoplamiento y de ensamblaje que la empresa-red y la política META/FISICA de los dueños de la psicoesfera nos abocan a definir, son un síntoma de la encrucijada histórica en la que nos encontramos, cuya lógica de innovación ni tiene fin, al menos social, o meta pertinente, ni permite la supervivencia de la propia especie, físicamente. Esta es la disputa y la cuestión a debatir: de la escuela a la vida, del trabajo a la cultura, y de la sociedad al gobierno de la polis, si aspiramos a que la telépolis tenga encaje futuro, ensamblando la sociedad real con la formal o figurada.