La metamorfosis

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Acabo de concluir la tercera temporada de la serie Narcos. Trepidante, con un guión cuidado y una magistral interpretación actoral de todo el reparto, sin altibajos ni secundarios de relleno que no dan el ancho. Impecable factura de una fórmula narrativa que tiene éxito básicamente porque muestra la realidad cruda tal cual es: desde la violencia entre bandas narcotraficantes a la corrupción del PRI Estado o el feminicidio de Ciudad Juárez. Una producción que nos muestra la vida cotidiana de nuestro México lindo y querido.

Quienes hemos vivido y amamos esta segunda patria bien sabemos que lo narrado es una ficción veraz que muestra subrepticiamente, sin querer queriendo, la vida cotidiana de los de abajo, los sin nadie, e incluso la estética que en los ochenta y noventa se impuso como norma en Tijuana o Cali.

Hablamos, como en Sin tetas no hay paraíso, del cambio del cuerpo y los modos y usos, una metamorfosis que convirtiera a la mujer en valor de cambio y el valor de cambio en flujo que todo mudaba con el dólar y el perico como actores protagonistas de las formas reinantes.

Algo similar a lo que observamos con el colapso del capitalismo que estamos viviendo. O, si prefieren, en el mundo al revés, la emergencia y dominio en la esfera pública de las formas subalternas de expresión. Así, el “Sleazecore” es la última tendencia estética de esta era neobarroca que asume el estilo delincuencial del narcotráfico imitando a Pablo Escobar cuando los magnates del Capital y el FMI habitan en Alcalá Meco.

De Justin Bieber a Miami Vice, el antihéroe marginal se impone como modelo de referencia, del tatuaje carcelario y la cultura plebeya al trap y el reagetton. Así, el estilo maximalista de Jeremy Scott tiene ecos de las series de Netflix. El imaginario contrabandista empieza a invadir la cultura pop, con lo que ello implica como forma dominante. Y se proyecta en formatos como Mujeres, Hombres y Viceversa, un modelo de referencia de canis y chonis que tienen su predicamento en los jóvenes sin esperanza que emulan la distopía de Black Mirror en la forma-concurso del éxito a partir de tratar de marcar una diferencia que es la indiferencia de lo mismo como eterno retorno.

Más allá del imperativo del discurso patriarcal y falocéntrico, lo que prima en la cultura de La Isla de las Tentaciones no es tanto la desigualdad de género como la igualación por el principio de universal equivalencia del reino de la fantasía, de la imagen.

El sentido de este formato es la lógica de la forma mercancía. El mercado de los afectos es el eterno retorno de la circulación de canis y chonis condenados a rolear porque el principio real de la circulación no es otro que la falsa promesa de ser diferentes, de ser distinguidos, aplazando el sueño dorado de quedar fijo en el reino del Olimpo catódico propio del escaparate mediático.

Esta deriva afecta por igual a la información rosa, los reality shows o los cantantes de moda a lo Tangana. Como anticiparan Los ilegales, son macarras, son horteras y van a toda hostia por la carretera, probablemente para estrellarse, porque la oferta supera a la demanda. Hay mucho cani suelto dispuesto a su minuto de gloria («porque yo me lo merezco» sería la expresión apropiada del nuevo individualismo quinqui).

El caso es que esta tendencia apunta el dominio de la pulsión plebeya a nivel formal, aunque dominada por el mito de Robinson Crusoe, desconectada de lo social, de las posibilidades políticas de los retazos y detritus de la historia. Así que conviene empezar a vindicar con esta estética de lo marginal y una alternativa de lo común.

Cuando las iglesias se vacían y los museos se llenan, es tiempo de asumir el culto a una estética sucia o por qué no defender lo cerdo y constituirnos en piara, como nos dicen en el Norte, más aún cuando funciona tan bien el ibérico y el Museo del Jamón.

Mientras nos contentamos con empezar a perrear con Bad Bunny, conviene empezar a mirar las formas que aparecen, al menos para eludir los peligros de una metamorfosis sin poder real de transformación, por mucho que lo piensen algunos. Yo, por mi parte, me comprometo a asumir ese compromiso.

Mi amiga Maka, que ha sido madre recientemente, siempre me critica por ser tan formal (no crean que solo en el universo académico o en el estilo clásico de vida, sino incluso a la hora de escribir). Es capaz de impugnar mi modo traje o quitarme la corbata si me descuido entre cerveza y cerveza en Tramallol.

Ella ya me solicitó «menos chaqueta y más chandalismo». Así que hacemos nuestra su proclama. Si hace tiempo vindicamos la fiambrera obrera, lo de Hugo Chávez fue premonitorio. Debiera haber exigido derechos de autoría por el uso del chándal a las firmas de moda o los cantantes de éxito. ¿Sabrán los figurantes de Mujeres y Hombres y Viceversa este antecedente? Me temo que no. No leen, solo escuchan y miran la pantalla, y no para leer precisamente el periódico. Cosas de la metamorfosis que dan que pensar.

Osborne, el toro

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Dejó escrito Goethe que nadie es más esclavo que aquellos que falsamente creen ser libres. En nuestro país, esta sentencia debiera estar escrita a sangre y fuego en el espacio público. Más que nada porque, parafraseando a Pedro Lemebel, hay que tener miedo torero en una cultura política en la que las embestidas de personajes televisivos como del que nos ocupamos en esta columna son habituales en nuestros hogares. Y, de un tiempo a esta parte, constituye, diríase, la norma oficial y el sentido común en el espacio público.

Desde este punto de vista, Mi casa es la tuya es más que la república independiente de nuestra casa: es el caballo de Troya del neofascismo o el rayo que no cesa de la oligarquía bárbara, propietaria de un país donde, como la Casa de Alba, se reproduce la colonialidad del saber poder del espejo mediático, convirtiendo el país en un erial para el cultivo de la nulidad y la conversión del público en ilotas o esclavos de la nada.

Y es que actores políticos como el chistoso caballero representan, por antonomasia, el antiandalucismo, haciendo honor a su estirpe y origen británico y a su cultura colonizadora. Sí, las genealogías sirven para algo. Por ejemplo, para saber que su familia y abolengo tienen su origen en el proceso de colonización de familias inglesas que, atraídos por el comercio de ultramar con América, se instalaron en Andalucía para exportar los vinos andaluces. Vean la historia de Domecq, Terry o Byass.

Ya es paradójico que el icono del toro resulte ser una añagaza publicitaria de una familia bodeguera británica. Vamos, que nos tienen engañados, como el emérito, con el discurso de ser campechano, o la Duquesa de Alba, proyectada en los medios como cercana y popular mientras amplía su riqueza con la lógica de acumulación por desposesión y las subvenciones de la UE.

No sé ustedes, pero si de divertirse se trata, mejor Ozzy Osbourne, que más que transgresor es un arlequín digno de este tiempo. Nada que ver con el señorito bodeguero dado a voxiferar sentencias más propias de un señor feudal que de un personaje público digno de ser escuchado.

Los millones de audiencia no tienen por qué padecer el sentido común de un discurso destinado a hundir en la miseria a la mayoría y financiado con dinero público en medios como Canal Sur. Pero vivimos en el mundo al revés y en él no impera precisamente la razón.

En términos de Henry Giroux, se ha iniciado el macartismo propio de la cultura zombie, una cruzada que socava la democracia por exigencias del pogromo neoliberal singular del reino de España, el capitalismo de amiguetes, que ríase de Paquito el Chocolatero –perdón, del «Generalísssssimo»–.

El revisionismo histórico, la política del miedo, la normalización de la censura, la masculinización de la esfera pública, el supremacismo WASP (en clave nacionalcatólica para el caso de España) dan cuenta de un frente cultural por pensar, más allá del sistema educativo, considerando el grado de deterioro del espacio público.

Etnicismo, destrucción ecológica, aporofobia, racismo y concentración de la riqueza conforman las líneas de una distopía aterradora, a la par que desternillante, que enmascara la realidad y el precio de la luz (no solo de las eléctricas) en la toma de conciencia de una amenaza real que, esperamos, no alcancemos a confrontar demasiado tarde.

Conviene cuanto antes, como recomendara Gilroy, hacer lo político más pedagógico y lo pedagógico más político, empezando por el espacio catódico o mediático donde tendremos que coger el toro por los cuernos. Pues, como nos ilustrara Alfonso Sastre en una de sus piezas magistrales, más cornadas da el hambre y estos fulleros de moral distraída solo saben embestir.

Así son las cosas y así se las hemos contado, aunque no aparezca en el NODO diario del duopolio televisivo.

El colapso

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El exceso de información marca la dictadura tecnológica de lo inmediato prefabricado. Ello plantea problemas y amenazas varias a propósito de la industria de la intimidad y hace necesario el derecho al olvido digital, cuando no una nueva política de la esperanza en tiempos de distopía y renuncia a la construcción histórica. De hecho, hoy nuestras pantallas nublan la visión política, incluso de la izquierda, proclive, como es esta economía de la distracción, al nihilismo y la voluntad negacionista, que no al pensamiento negativo. De hecho, la tecnopolítica es crecientemente paranoica. Estudios de la Universidad de Cambridge así lo corroboran. En Gran Bretaña, por ejemplo, el 60% de la población cree en la teoría de la conspiración como principal causa explicativa de los acontecimientos políticos locales, sin más orientación que el desnortamiento generalizado. Quizás por ello la propia industria cultural nos muestra en pantalla lo que apenas empezamos a intuir: la crisis terminal de la civilización capitalista. Series como la producción francesa de Canal+, distribuida por FILMIN, ilustran en este sentido la coyuntura crítica de lo que está por venir. Del supermercado y el desabastecimiento, a la huida a los territorios vacíos y la vuelta al estado natural, estamos en el terreno, como advirtiera Anguita, de la disyuntiva: Socialismo o Barbarie.

La miniserie de ocho pequeños capítulos de plano secuencia más que innovar en las formas adapta en la temporalidad y el verismo de la captura de la cámara el desasosiego que viven hoy los espectadores: sea en un supermercado o en una estación de servicio, sufriendo en una residencia o en el retorno a la arcadia perdida del campo de la crisis energética y el colapso de la cultura petrolera, urgidos los personales por el trueque de productos básicos de necesidad y el desborde vivido en pandemias de la sanidad pública. Un relato, en fin, actual y no tanto proyectivo en la medida que logra fungir, más que como espejo negro, a modo de la ciencia ficción y las cajas negras de nuestra civilización, como fiel reflejo no del porvenir sino del vivir y transcurrir humanos hoy presentes. Especialmente ilustrativo, se lo recomiendo, el capítulo dedicado al debate televisivo entre ministra y líder radical sobre las soluciones al colapso para comprender el modo de ridiculización de las perspectivas transformadoras ante la crisis energética y de sostenibilidad del planeta que prima en los medios de ideología dominante. Con singular magisterio, el episodio evoca la dificultad de ir más allá de los tópicos del modo bienpensante de la deliberación que el medio y la deriva periodística de tertulianos y líderes de opinión imponen en forma de políticas irrefutables, según la lógica TINA. Como dijera Chomsky, decir en televisión que Estados Unidos es la principal amenaza terrorista del mundo es difícil sostenerlo ante el dominio del slogan y el tiempo encapsulado de los mínimos bits de información que el medio permite, reproduciendo así las ideas dominantes que la gente común interioriza.

En la era del ocio fordizado, del turismo de masas, del Golden Visa y la economía uberizada, la amenaza del tiempo y espacio comunicacional colonizado ha de hacernos pensar qué está en juego en esta serie neorrealista en términos de medios y mediaciones para una alternativa sostenible de vida en el planeta. Y que, en clave nacional, da que pensar cuando sabemos que, según el Instituto Reuters, el 58% de los españoles usan las redes sociales como la principal fuente de información, siendo el resto de consumo básicamente de televisión, del duopolio audiovisual, lo que reduce el margen de criticidad de la ciudadanía ante los mensajes consumidos según la lógica de producción del consentimiento. Transformar el mundo que habitamos es luchar contra esta economía política del tiempo informativo aceleracionista y mercantil que concibe el minuto y el prime time como acumulación de oro y capital. En juego está el sentido de la comunicación como hábitat, como refugio común para entendernos y saber vivir frente a la forma vampírica de los aprendices de sepultureros que apenas balbucean cuando la deriva del colapso se avecina. No otra función tienen los apologetas de lo imposible salvo inducir el pánico moral y resistir toda emergencia social. No por casualidad la productora de El Colapso lleva por nombre Les parasites. Paradojas de la cultura mediática.

Telestesia

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Los tiempos de la pandemia son propios de la cultura del avatar y de la distancia, que no, con permiso de Brecht, del necesario distanciamiento, pues ésta es una era de la segregación y el aislamiento social, difícil de confrontar para los que siempre nos declaramos enemigos de Robinson Crusoe. Un tiempo, en fin, en el que el teletrabajo nos impide pensar en la riqueza y el interés general tanto como en los productos tóxicos que nos circundan desde Wall Street. Pero no viene al caso cuestionar aquí el confinamiento y su universo semántico, sino más bien pensar el sentido del momento histórico que vivimos en el que se trata de afirmar la negación del antagonismo. El Gran Hermano tecnovisual, advierte Bifo, es la máquina de ver de lejos que aproxima el orden y captura todo fenómeno y acontecimiento en la rejilla de programación en forma de escaleta. La proliferación de pantallas ubicuas no cambia sustancialmente esta función performativa de vigilia y castigo. La hipótesis de William Gibson sobre el ciberespacio no hace sino intensificar la relación mente-cuerpo en el mundo de imágenes que se multiplican con la iconofagia y que colonizan nuestra sensibilidad. Dice el bueno de Felipe Alcaraz que solo nos ayudan a seguir las pintadas en los muros, y lleva razón. Nuestra experiencia y sentimiento del mundo como posibilidad ha de inspirarse más allá del espectáculo de la apocalipsis que han programado en las pantallas, si ha de cultivar el principio esperanza. Por ello en la guerra bacteriológica actual bien deberíamos pensar en el dominio del avatar: el reino de la vicisitud contrario al desarrollo y la buena marcha del mundo y, al tiempo, el universo de la identidad virtual proyectada como una sofisticada y masoquista cultura del juego de dominio impuesto en forma de una suerte de esclavitud.

La telestesia es, bien lo sabemos, del orden y reino de la apariencia, del tiempo sin reflexión, de una vida permanentemente pospuesta a la incandescencia, antaño de las 625 líneas, hoy de las 1250 o de la realidad virtual, vida mixtificada en forma de plasma. El aislamiento físico y simbólico de este capitalismo tóxico se conforma así como experiencia dominante de la guerra a distancia, de la necropolítica que reproduce lo visto, en virtud del principio de quien se mueve no sale en pantalla. En este escenario la televisión y nuestros dispositivos móviles configuran una vida cotidiana regida por la ley de hierro del efecto burbuja. La paradoja es que mientras Mediaset nos produce pánico la gente conversa en YOUTUBE, más que buscar INFLUENCERS y FOLLOWERS, y experimentan el vermut digital, así como formas creativas de sentir frente a la anestesia de la telestesia. En suma, si la esencia de este orden es abolir las contradicciones de la vida en estado puro de ebullición, parece que la crisis está siendo una oportunidad para pensarnos y trascender ciertas mediatizaciones, las propias de un orden que reina por separación del flujo, del tiempo y del espacio y de la apariencia respecto de la esencia al dominar una lógica vectorial en la que informar es dividir frente al comunicar como materialismo del encuentro. Por ello la lógica del don no es propia de las redes, sino de los enredos de toda comunidad, con sus fiestas y rituales. La información compartida se define por principio por ser relación liberada de la forma mercancía pero en la era mediática la lucha por la liberación del código es cuando menos lenta desde la invención de la imprenta hasta nuestros días. Rige aún, y por tiempo, una política de sustitución del objeto de deseo por la imagen. La transformación reificada del sujeto devaluado en su soberanía como actor creativo. Pero, como decimos, es cuestión de tiempo. El plasma no todo resiste. Venceremos y saldremos a las alamedas a celebrar. En común.

Publicidad y muerte

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Los tiempos de elevada mortandad son siempre, por lo general, momentos propicios para situaciones paródicas y una estructura del sentimiento proclive a la sátira y al humor negro cuando no a la bárbara contradicción y al burdo sinsentido. Entre las ocurrencias sorprendentes en la pantalla chica de esta crisis o situación de emergencia llama poderosamente la atención la publicidad orientada al discurso de la solidaridad para la venta. Un claro ejemplo de las formas perversas del eterno ritornello de la política de lo peor pues, por definición, la publicidad marca al público contra la vida en función del espejismo de la promesa de un nosotros que el propio mensaje niega.

En esta comunicación simulada, el sujeto, supuestamente racional y calculador, es un imposible, un Robinson falaz, que diría Marx, un negado actor social manipulado por las emociones y el fetichismo de la mercancía. Así, la marca funciona como señuelo que identifica y reclama al consumidor.

Se trata, en cierto modo, de una forma de jerarquización y distinción del mercado, estratificando la demanda en un proceso de individualización y diferenciación social que discrimina y unifica, a la vez, paradójicamente, el consumo social como lo hacen también los reality shows que hace tiempo aprendieron que todo y todos son vendibles y objetos de mercadeo.

Piense el lector en First Dates, la iglesia de la consumación de la cultura del postureo y el culipandeo como reclamo de la realización del valor de quien se exhibe. La publicidad, como este tipo de programas, marca así, posiciona e identifica tanto al producto como a los consumidores, desmaterializando el acto de consumo público mediante los atributos simbólicos que integran a los consumidores en el valor de cambio imaginario del producto, a condición de dotar de vida y existencia subjetiva, metafóricamente hablando, a los objetos y productos finales de la circulación de capital. Un poco muriendo, aunque sea con el deseo de superar la pandemia. Cosas curiosas de nuestro tiempo.

Pero no debería resultar sorpresivo. Ya sabíamos que la publicidad es la negación de la vida. Y que, como advirtiera Jesús Ibáñez, opera sobre los consumidores operando sobre los productos. Mediante productos transformados en metáforas, transforma a los consumidores en metonimias, en apéndices de la mercancía.

Los consumidores son parte de los objetos de consumo, son cosificados, mientras los productos y bienes de consumo público son subjetivados, adquieren personalidad propia, o la simulan, como efecto del discurso. La publicidad desmaterializa de este modo idealmente los objetos y productos de consumo hasta el punto de personalizarlos por efecto de la proyección con valores, normas y estilos de vida deseados, a fuerza de inducción y seducción.

El objeto u objetos de consumo igualan, de este modo, al consumidor en el acto imaginario de representación, a la vez que el discurso publicitario personaliza, distingue e individualiza a los receptores. La personificación del producto a través de la publicidad crea así un marco estético en el que la experiencia del receptor queda manipulada por la proyección ilusoria del deseo no realizado que anuncia el mensaje, deseo de vida se entiende.

Como bien dejara escrito un maestro de la sociología del consumo, el papel de la publicidad es, en definitiva, crear objetos personalizados (es decir, predicarlos, crear imagen de marca); su función de uso decae en favor de su función de intercambio simbólico.

Por ello, podemos caracterizar la sociedad de consumo y su universo publicitario como un sistema que promueve la publicidad y las técnicas de mercado, en función del principio de inversión por el que se cosifica a las personas y se personaliza a los objetos. El mundo al revés que diría Galeano.

La publicidad impone así la creencia de un orden social benefactor, el que nos sugieren las marcas, que dicen estar preocupadas en su discurso por la muerte y la pandemia, mientras proyectan la cultura de la muerte a través de la imagen feliz del goce que parece proporcionar el cuadro de atributos que marca el producto.

Pero, como decimos, la publicidad condensa los productos para desplazar a los consumidores. Pues la transformación cultural de la publicidad es la construcción de los productos en lo real mediante la expansión imaginaria en los anuncios. La publicidad opera, en este sentido, según la lógica de un simulacro: la realidad destruida, oculta o manipulada, se transforma en imágenes sintéticas de lo posible y deseado.

En otras palabras, por lo general, la publicidad recrea el mundo: crea una simulación imaginaria del mundo real para que nos recreemos en ella. El lenguaje conativo y la representación imaginaria de la realidad tienen por ello la función, en todo anuncio, de borrar la distinción entre emisor y receptor, por medio de la ocultación de los límites entre texto y realidad.

El secreto de la publicidad no es otro que el intercambio de un hecho (el deseo de placer por el consumo) por un dicho (la realización del deseo en el acto de consumo de la publicidad). De ahí que el discurso publicitario resulte una reivindicación posmoderna del hedonismo y del culto al cuerpo, aquí y ahora, cuando más impera el dominio de la cultura de la muerte, de lo no vivo, reducida la vida a pura señal de la proyección del deseo en el acto voyeurista del consumo de la publicidad y su mundo luminoso.

Más aún, la publicidad es una forma de sueño electrónico y de idealismo comunicacional. En ella, no se promociona productos, sino placeres, y no precisamente placeres materializables, sino más bien placeres de goce estético o imaginario.

Hablamos, claro está, del imperio de la cultura de las apariencias, un universo simbólico dominado por el poder reificante del valor de cambio en el que, como afirmara Wells, la función del discurso publicitario no es otra cosa que enseñar a la gente a necesitar cosas, a olvidarse de vivir.

A través de la comunicación, la publicidad equipara el valor de uso y la capacidad significante de los productos y el valor de cambio y sus posibles significaciones. Al respecto conviene recordar que el reino de la mercancía es dicotómico, dual, y se manifiesta tanto en su dimensión concreta como de forma abstracta, cualitativamente particular al tiempo que general.

En palabras de Postone, como mediación es una forma social, pues la publicidad media entre el proceso de producción y el universo simbólico de las prácticas de reproducción social a través del acto de consumo, verdadera garantía de retroalimentación de la circulación de capital.

Expresa, por tanto, esta dialéctica y dualidad resultando la dimensión proyectiva central en la función vicaria de la experiencia del sujeto orientada por el reino de la mercancía. Todo lo demás, todo lo que nos quieran decir sobre el hacer los hombres de negro, los transformistas del IBEX35, pónganlo pues en cuarentena. No vaya a ser que acaben infectados del mal sueño de una vida no digna de ser vivida.

Sálvame

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Nadie ha hecho tanto por la República que los tertulianos de Jorge Javier Vázquez. Y no es una boutade. La llamada «prensa del corazón» abrió la veda y hoy discutimos a diario la ausencia de transparencia de La casa real, los amores y escarceos de Juan Carlos I, las aventuras de Leticia, cual novia a la fuga, en su palpitar plebeyo, y la deriva patética de la prole sucesora que recuerda comedias de situación como los de Isabel II, salvo que no hemos de esperar la crónica en los diarios o los rumores sobre la Corte que circulaban antaño en Madrid.

Hoy la monarquía no se salva gracias a la televisión que no solo une a la familia, sino que ayuda a separarla. Si el pueblo no fue salvado, y la banca sí, a algún chivo expiatorio habría que sacrificar. Donde manda capital, no manda monarquía.

El lenguaje honesto, hipócritamente moderado, virtuosamente lleno de lugares comunes de Felipe VI no pasa el polígrafo, les aseguro. Su más profundo sentido en labios del autócrata lo revela la Bolsa de Madrid. De ahí que no convenza ni sirva como lenguaje provenzal.

Se impone, poco a poco, el sentido común de la gente. Falta ahora dar forma a la alternativa democrática, transversal y antagonista: una suerte de PGB, el Partido de la Gente del Bar. Doy ideas por si algún errejonista descarriado le da por seguir jugando aunque, si se trata de jugar, mejor que acudan a la rueda de la fortuna que no estamos para pendejadas de saldo, liquidado como anda el país, en llamas (no las de París y los chalecos amarillos) sino quemados, en medio del desierto y el pastizal amenazando el apocalipsis con algunos lobos solitarios como Aznar anunciando el fin de la historia y de España. Mientras se impone, como avanzara Barthes, el mito de la fortuna.

Como en Francia, en el siglo XIX, la televisión nos hace un calvo: el sentimentalismo de la Lotería, una promesa de ganancia destinada, en su origen a embarcar a vagabundos de París para California. De una parte se quería que los sueños dorados desplazasen los sueños socialistas del proletariado parisino, y que la tentadora perspectiva del premio gordo desplazase el derecho doctrinario al trabajo.

Naturalmente, los obreros de París no reconocieron en el brillo de los lingotes de oro de California los opacos francos que les habían sacado del bolsillo con engaños. Pero, en lo fundamental, se trataba de una estafa directa, como a diario hace el IBEX35 en nuestros días con la promesa, siempre aplazada, de recuperación y bienestar.

En fin, no sé qué les iba a contar. Veo que se me ha ido el santo al cielo, o el razonamiento al chiribís de la tertulia. El caso es que necesitamos Sálvame, tanto como los bares, donde la esperanza aguarda embozada en cada esquina.

Publicidad, tiempo y vida

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Francisco SIERRA CABALLERO

La publicidad es un producto cultural doblemente determinado. Cabe reconocer, por un lado, en ella, una lógica o racionalidad social de orientación marcadamente económica. Y, por otra parte, como experiencia estética, y en tanto que mediación simbólica, la publicidad debe ser considerada un importante factor determinante de socialización y representación cultural. En síntesis, la función económica de la publicidad se orienta a la difusión de los productos, empresas e instituciones económicas, a fin de favorecer, en el marco de la libre competencia, la orientación y ampliación de la demanda, según las exigencias de reproducción del sistema productivo, garantizando no ya la circulación de los productos, bienes o servicios en el mercado, sino más bien la producción misma, y, por lo tanto, la acumulación de capital, en la justa medida que contribuye a crear, en muchos casos artificialmente, la demanda y de este modo acelerar el proceso de circulación y rotación del capital, que, no olvidemos, se realiza siempre en el acto de consumo como intercambio. Continue reading «Publicidad, tiempo y vida»