Laicismo y cultura pública

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La virulenta respuesta de la Federación de Sindicatos Independientes de la Enseñanza y, en general, de los representantes de la Iglesia y los centros concertados ante la propuesta de SUMAR de implantar progresivamente un modelo de enseñanza pública, laica y de acceso universal abre un debate, tradicionalmente postergado, cuando no marginal en la agenda política, sobre nuestra calidad democrática. Esta debe no solo definir con criterio un modelo educativo que garantice el derecho a la igualdad, sino también plantear la construcción misma del dominio público que distingue una forma de Estado democrática que constitucionalmente afirmó el reconocimiento efectivo de la aconfesionalidad y, en consecuencia, la necesaria promoción de una cultura pública laica y libre para todos. La cuestión es que la separación Iglesia-Estado es, a día de hoy, meramente formal. De facto, la Iglesia Católica ha mantenido prerrogativas de orden fiscal, educativas e incluso políticas contraviniendo el espíritu de la Constitución, que reconoce en su articulado la libertad de conciencia, la libertad ideológica y religiosa, y un principio implícito de neutralidad del Estado en cuestiones confesionales. Los portavoces de la derecha patria suelen, sin embargo, invocar el derecho a la libertad educativa como panoplia justificativa de lo que no es sino el reclamo de mantenimiento de privilegios contrarios a la Constitución, demostrando así cierta cultura constitucionalista fija pero discontinua o, como en tiempos de la contrarreforma laboral de Mariano Rajoy, a fuer de apropiarse de parte de la Constitución, terminan siendo constitucionalistas a tiempo parcial. Pero el artículo 16.3 es claro a este respecto. El Estado debe garantizar la libertad ideológica, religiosa y de culto, sin más limitación que el mantenimiento del orden público. Nada que ver con sufragar con dinero público centros privados mientras en la educación pública y universal el principio de igualdad se ve conculcado por privilegios concedidos a la Iglesia Católica y los centros privados.

Es un hecho que la relación política y cultural de España con la Iglesia Católica ha mantenido la herencia proteccionista del franquismo, regulando por medio de acuerdos con la Santa Sede los privilegios mantenidos desde siempre por el poder eclesiástico. La cultura pública ha estado, como resultado, dominada por el nacionalcatolicismo, limitando la práctica del laicismo y la libertad de conciencia en España como formas marginales cuando debiera ser política de Estado. Prevalece así una suerte de criptoconfesionalismo en nuestro ordenamiento jurídico y en las costumbres que persiste desde la transición de forma autoritaria y discrecional. No es solo una manifestación evidente del dominio del franquismo sociológico hoy emergente en el discurso y la esfera mediática, sino también, y en especial, una forma de mantenimiento de privilegios excluyentes que operan por medio de una financiación pública favorable a los intereses privados, con la presencia y ocupación de espacios institucionales de símbolos religiosos y acuerdos con el Vaticano que no han sido revisados adecuadamente conforme a la naturaleza de un Estado aconfesional. El origen de esta situación, que lleva a actores como los centros concertados a hablar de su derecho a la libertad educativa, está en el trasfondo del proceso de construcción del Estado. En palabras de Gonzalo Puente Ojea, España es un país mal hecho que permitió, en la transición, la influencia continuada de la Iglesia por evitar una ruptura democrática en línea de continuidad con la Constitución de la II República. El espíritu de la transición se tradujo en el mantenimiento de los lazos franquistas con la Iglesia, hoy representada por Vox y PP, en su empeño por transferir fondos públicos a negocios particulares. En un país que aprobó ser aconfesional en su Constitución, la autonomía y los principios de libertad de conciencia están cercados por los privilegios instituidos. Una praxis que se traduce en la proliferación de universidades privadas y centros concertados que incumplen las normas debidas, hospitales de órdenes religiosas contratados por el Estado que deja en manos de la Iglesia prestaciones esenciales para la ciudadanía al tiempo que naturaliza la ocupación y apropiación de ceremonias institucionales en la función pública por la vía de los hechos consumados.

En este marco, nuestro país ha de acometer tres retos estratégicos para normalizar la vida pública, equiparando los principios constitucionales con la política diaria, como es lo común en otros países avanzados de nuestro entorno. Primero, es hora de revertir procesos establecidos de financiación de la Iglesia sin justificación alguna, salvo la tradición y el privilegio mantenido por siglos en España. Si bien es cierto que desde 2007 la Iglesia Católica no recibe financiación directa a través de los Presupuestos Generales del Estado, no es justificable mantener la recaudación vía la declaración de la renta. Hablamos de más de 320 millones de euros que sostienen medios como la COPE, no precisamente respetuosos con el principio de autonomía y la libertad de conciencia por su continua injerencia en los asuntos públicos. Las inmatriculaciones y el mantenimiento del patrimonio cultural terminan por hacer efectiva la lógica con la que operan estos defensores de lo concertado: la patrimonialización, un mal extendido, como criticara Azaña, en nuestro país. La práctica de apropiación privada del dominio público financiado por todos los contribuyentes es la cuestión social que está en el centro de este debate.

Sabemos que la educación pública, universal y laica es la garantía de formación en libertad de las futuras generaciones, el dominio público donde deben aprender no solo a respetar la diversidad religiosa y ejercer la libertad de conciencia, sino también aprender a vivir en democracia. En este sentido, el debate de la financiación de la concertada y el papel de la Iglesia no es un problema de libertad de elección, como afirman los portavoces de la derecha, sino exactamente todo lo contrario, un liberticidio. Pues la libertad de conciencia exige una escuela laica accesible para todos. Sin libertad de conciencia y educación pública, sin separación clara entre lo público y lo privado nuestra libertad está amenazada por los privilegios de quienes se apropian del dinero público para intereses particulares.

La propuesta de SUMAR no es otra cosa que equiparar nuestro sistema de educación con los mejores estándares de países nórdicos como Finlandia. Urge una reforma moderna de la educación donde la libertad de conciencia no sea una promesa constitucional sino un derecho efectivo y el laicismo la garantía de una sociedad justa e inclusiva, garantizando la gestión pública de la educación y la separación efectiva de la Iglesia y los negocios privados, que desde luego tienen derecho a subsistir pero no a costa del erario público. Es tiempo, en fin, de actualizar nuestro presente y ajustar las cuentas con el pasado. Los acuerdos entre Estado e Iglesia, los Concordatos, no son otra cosa que la sanción del privilegio en favor de un sector exclusivo y excluyente de la población. De ahí la airada respuesta de la prensa y portavoces de los intereses privados ante la iniciativa de sentido común de que el dinero público se destine solo a la educación pública. No se confunda libertad de enseñanza, religiosa o no, con liberticidio de los derechos comunes de la mayoría social. Nosotros apostamos por construir sólidamente la casa común de la educación y el dominio público para todos, sin privilegios, con derechos, respetando la Constitución, haciendo efectiva la libertad educativa, la libertad de conciencia, sin beaterías ni subterfugios canovistas de la oligarquía y el caciquismo. Si asumen la idea del Estado social y de derecho, estamos convencidos de que terminarán respaldando estas tesis, como ya lo hicieron, tarde y mal, con otras libertades públicas fundamentales.

Inteligencia Artificial y Democracia

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Seminario Permanente de Teoría Crítica: Inteligencia Artificial y Democracia

Francisco Sierra (Fundación de Investigaciones Marxistas)

Daniela Monje (Universidad de Sevilla)

Jesús Sabariego (Universidad de Sevilla)

Viernes 7 de marzo 2025. 20:00.

La Fuga Librerías.
c/ Conde de Torrejón, 4, Acc. Sevilla.

Guerra cultural y unidad popular

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Si el socialismo es el movimiento y proyección de lo real en la historia, esto requiere, abrir el campo, al menos en un sentido gramsciano, y los canales de interpelación a la gente común, más aun cuando el ruido mediático y la parálisis de las direcciones partidarias se limitan a contar lo hecho sin pensar ni proyectar públicamente lo por venir.

Va a ser necesario, en otras palabras, coser, tejer con el lenguaje de los vínculos la trama común de lo social, y soñar cantando auroras que es posible ver en el horizonte. Esta apuesta es hoy más que nunca prioritaria, porque, según las leyes de la propaganda, dato no siempre gana a relato, y en la sociedad de las cuentas con los cuentos termina imponiéndose la sinrazón, el discurso del odio que se ha instalado en una cultura, la hispana, históricamente atrabiliaria, como retratara Goya, y algo cainita. Pero España no es diferente, y sin hacer transhistoria, podemos observar que el discurso del odio se extiende de EE.UU. a la Unión Europea, de la derecha a la izquierda, del Norte al Sur global, aunque sea la extrema derecha quien trolea, planifica y alimenta esta política antisocial que en el fondo es el pogromo restaurador del capital financiero y sus arietes: las big tech. En otras palabras, como sigamos así no nos quedará cara de libro (Facebook), sino de bobos. Pues hay que saber que polémicas azuzadas desde el poder mediático no tienen otro fin que realizar un principio básico de la estrategia militar: divide et impera. Y nadie tan interesado en dividir y dispersar a la gente como los hijos del IBEX35, los fondos buitres y los halcones del Pentágono, que ya lograron el BREXIT, continuaron con la OTAN y la guerra de Ucrania y les falta culminar la estrategia de derrumbe de Bruselas con el giro a la extrema derecha en la mayoría de países que componen el fallido proyecto comunitario desde el Tratado de Maastricht. Próxima objetivo: Alemania, con el beneplácito del señor Musk. De ahí la necesidad de tejer, de coser y del amor, del cante con el cuerpo que flama en la alegría de vivir y resistir. Una posición diametralmente opuesta a la práctica de los sufridores, que decía Correa. Vindicamos aquí una lógica contraria a los odiadores profesionales porque es tiempo de aprender a construir espacios de comunicación con confianza, y no tóxicos, o seremos presos de los disparates de twitter, rehenes de los bots de quienes tienen robots y esclavos para servirles, y nos proyectan como único horizonte posible de vida el tecnofeudalismo. Y no es una boutade. Como ilustra Andrew Marantz en “Antisocial” (Capital Swing, 2021), los Proud Boys, Qunon y antes el Tea Party tienen su origen en la llamada nueva derecha cowboy de Ronald Reagan, auténtico pionero de la deriva con la que se pregona el libertarismo reaccionario de dirigentes como Milei en Argentina, a partir de lecturas autonomistas y una visión contraria al Estado, una suerte de discurso prepolítico que hoy se justifica con la infoxicación o el ruido en redes como la mejor expresión de la Primera Enmienda, como el derecho a decir cualquier barbaridad, IDA mediante, en la vomitiva diarrea del ocio convertido en neg/ocio. Se confunde así libertad de expresión con incontinencia verbal de las psuedoimpresiones. Esta dinámica ha terminado contagiando a la militancia de izquierda, inconsciente que tras la pandemia la vuelta a la normalidad se ha traducido en la dilución del espacio público, el repliegue sobre lo privado o doméstico, no como patología sino como síntoma de disciplinamiento del capital, como un proceso de restauración conservadora que, en nuestro caso, con los Florentinos y Ana Rosas de turno, pretende imponer un modelo de país de palmeros. En esa dialéctica nos hallamos, y en este marco nos quieren encuadrar en la medida que, de este modo, se garantiza el statu quo, el capitalismo de plataformas que concentra el poder económico, político y militar.

En el tecnofeudalismo, el medievo digital es un orden del enclaustramiento, de los riders y el esclavismo de las pantallas, la distopía del cocooming, los cosmopolitas con collar y no de cuello blanco precisamente, sino de animales domésticos sin compañía, entretenidos con las redes, las revistas de decoración interior y, en pleno siglo XXI, con el juego de roles propia de la generación otaku y sus derivas hikikomori, encerrados en la fantasía de un universo virtual que es el propio cuarto doméstico. La economía austericida exige, bien lo sabemos, que la fuerza de trabajo permanezca inmóvil, silente, impávida e ilota, siempre bajo supervisión, monitorizada por los dueños de todo capital. La doctrina del shock es sobre todo eso: aislamiento psicológico y social. La primera víctima, la confianza, la negación del principio esperanza, la crisis en fin de la democracia, pues prima el lavado de mente sobre el que Pasolini y Godard ya pensaron a propósito del colapso cultural que vivimos. El trumpismo, en este escenario político que nos domina, es el feudalismo capitalista, el neofascismo de contención que programa las víctimas a sacrificar del próximo asalto criminal de la acumulación por desposesión. En este campo, la política espectacular es la retórica del miedo por otros medios. Y los GAFAM el canal de escenificación o ecosistema natural de intervención a modo de guardabarreras de todo dominio público, convertidos en porteros de la desinformación. Por ello, si el alisamiento del conflicto es, en palabras de Byun-Chul Han, una suerte de anestesia permanente, ha llegado el momento de ocupar la calle, construir puentes, superar los miedos, luchar contra los especuladores de la vida y los traficantes de la moral. Más aún cuando sabemos que el ascenso del fascismo es consecuencia del imperio del terror y la reclusión en el hogar. Empecemos pues a dejar de ser teledirigidos, volviendo a las tabernas, ocupando las calles, tejiendo y cantando en los patios y plazas desde la fraternidad perdida, aprendiendo de la sororidad, y también del silencio. Sumar y transformar un país no se consigue con mucho ruido y pocas nueces. Aprendamos de la sabiduría popular. Sin ira, libertad. En otras palabras, hemos de apostar por la autonomía política, los derechos sociales, las libertades públicas y un proyecto federal, unitario, popular y referente para el conjunto de los actores políticos del Estado. Y ello no es posible, en modo alguno, sin una estrategia y política general de comunicación.

Elogio de la lentitud

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Trumpismo rima con aceleracionismo, no solo con autoritarismo filofascista. Por ello conviene pensar los tiempos de la política y la mediación social en la era de la Inteligencia Artificial. En el Seminario Internacional de Derechos Humanos de la Universidad Pablo Olavide, al tratar el reto de la relación entre justicia, política y mediación social desde la filosofía de la praxis, señalábamos el pasado mes de enero que ampliar los derechos de ciudadanía exige hoy reinventar la lógica de la norma desde la filosofía de la liberación cuestionando, en primer lugar, las temporalidades que la cuarta revolución industrial nos impone a fuerza de desplegar la llamada «destrucción creativa del turbocapitalismo».

Ya lo advirtió Benjamin. Es hora de poner freno a la locomotora de la historia. Los tiempos del progreso imparable nos llevan inexorablemente al horizonte abismal del precipicio del colapso con el pie pisando el pedal del acelerador hasta el fondo, puesta la quinta marcha, para avanzar sin retrovisor por los senderos trillados del retorno del despojo.

La sensación de liviandad, rapidez y visibilidad de la dialéctica informativa termina, como resultado, agudizando las patologías culturales de una comunicación que desperdicia la experiencia y mediatiza el sentido común, más aún en tiempos de lawfare.

La experiencia, esa categoría fundamental para cultivar el saber, para alimentar los sentipensamientos, colonizando las culturas populares está siendo menoscabada, suprimida como un desperdicio prescindible en la cápsula del efecto burbuja.

En tiempos del poshumanismo, del giro emocional y lingüístico, en la era ciber de un mundo hipervigilado por los señores del aire, es hora, pues, de vindicar, en la guerra cultural, derechos digitales para todos y reinstituir lo común, que es tanto como articular la acción instituyente frente al poder tecnofeudal destituyente de Trump y sus secuaces.

Frente a la lógica de terra nullius, el derecho a luchar por tener derechos solo será posible repensando la economía moral de la atención desde lo común, confrontar la postpolitica desde la justicia social, desde el antagonismo contra el imperio de la fuerza de la lex mercatoria, recuperando, en fin, los espacios de socialización.

Esto es, ralentizando los tiempos de consumo por las comunidades reflexivas a partir de una pedagogía de la esperanza, de una ecología política de la comunicación que tenga memoria, conocimiento, saberes y espacios de dialogo y puesta en común.

Si los dispositivos reticulares del comando del capital nos separa y aísla e impone cámaras de eco, parece evidente que ha llegado la hora de afirmar la cultura subalterna de las emergencias reales y concretas del mambito de lo local y sus biorritmos contrarios a la dieta digital de los dispositivos de dominio a lo Instagram.

Desconectar del capitalismo de plataformas y las redes privativas y abrir las puertas y ventanas de la vida y la cultura tabernaria puede ser un primer paso. Podríamos empezar por recuperar una tradición tan andaluza como la tertulia a la fresca en el patio, hablar por hablar, recuperando formas primarias de comunicación no instrumentales ni colonizadas; aprender de Séneca y nuestro gusto por platicar el derecho al cuidado común no mediatizado.

Como recordara Anguita en conversación con Alberti, hay que aprender a perder el tiempo y, como es lógico, educar también a los profesionales de la información a rechazar el scoop y desacelerar sus lógicas productivas si no quieren ser reemplazados por bots y la IA.

En contra de la razón corporativa de los Musk de turno, cultivemos el tiempo para pensar y aprender, para gozar y ser reflexivos, para cuidarse y cuidarnos, para mediar y sentir. Ahora que aprendimos que folgar, follar y hacer huelga tienen más que ver con el derecho a la pereza de Paul Lafargue que con ese productivismo a lo Stajanov que ha prevalecido habitualmente en la izquierda, prestemos atención a la intromisión en los mundos de vida y nuestros cronotopos de los señores de la guerra, que nos han comprado con las máquinas de soñar una experiencia vicaria falsificada e insostenible –de facto inhabitable–, para dominarnos hasta el fin del mundo, como los personajes del film del mismo título de Wim Wenders.

Dicho esto, toca militar, primero en el PGB, y desde hoy mismo en la cultura enlentecida de la vida buena, del buen vivir, si no queremos que nos roben la vida y la esperanza. Lo primero, al menos generacionalmente, para los que nos educamos en el universo Makoki, El Jueves o Víbora, es una conminación a la cultura subalterna de lo tabernario, de la mayoría y el frente común de la multitud adscrita por activa o pasiva al Partido de la Gente del Bar en el que nos reconocemos, conversamos, conspiramos y hacemos posible el principio de fraternidad. No es poca cosa. ¿Se suman?

Sea por Andalucía libre

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Andalucía no es un cliché. No es la postal exótica de bandoleros, flamenco y sol que los viajeros románticos del siglo XIX pintaron para el imaginario europeo, ni el patio trasero folclorizado que los medios de comunicación, propios y ajenos, han perpetuado hasta hoy. Andalucía es diversa, compleja y rica, un mosaico de culturas y luchas que se resiste a ser reducido a una caricatura.

Sin embargo, esa imagen simplista, cargada de orientalismo y colonialismo, ha sido la herramienta con la que el poder dominante nos ha condenado a la subalternidad, a ser la otra identidad premoderna, irracional y pintoresca de una España centralista. Frente a esto, es hora de alzar la voz y construir una narrativa propia, una patria andaluza que recupere su dignidad y proyecte un futuro desde el sur.

El discurso que nos ha definido no es inocente. La representación de Andalucía como un lugar exótico y atrasado ha servido para invisibilizar nuestra realidad material y nuestras luchas. Este folclorismo no es un accidente: es una estrategia de dominación que nos despoja de agenda política y nos relega a la periferia del proyecto estatal. Mientras la oligarquía económica y las burguesías catalana y vasca han tejido sus propios relatos de modernidad y progreso, Andalucía ha sido convertida en un objeto de consumo turístico, un decorado deslocalizado al servicio del capital.

Este ser colonial no solo nos margina, sino que nos silencia. Incluso en el seno de la izquierda estatal, la voz andaluza ha sido despreciada, relegada a un segundo plano por una élite intelectual que mira más hacia el norte que hacia las necesidades de los campesinos, los barrios obreros y las comunidades rurales de nuestra tierra. La islamofobia, el desprecio a las culturas subalternas y el rentismo cultural han sido las herramientas con las que se ha impuesto un modelo que nos niega como sujeto histórico. Frente a esto, urge una ruptura: es tiempo de imaginar un nuevo papel para Andalucía, una razón de ser que nos devuelva la iniciativa.

Un proyecto desde abajo

La izquierda andaluza tiene una historia de resistencia y conquistas que no podemos ignorar. Como andaluces hemos demostrado capacidad para defender los intereses de las clases trabajadoras, no solo en nuestra tierra, sino como faro para España y más allá. Pero ese capital político no basta por sí solo. El ciclo del 15M, con su pragmatismo pospolítico y su deriva institucional, nos ha dejado lecciones amargas: sin un proyecto estratégico, sin raíces en la base social, cualquier intento de transformación se diluye en la irrelevancia.

Por eso proponemos un Frente Amplio Andaluz, un espacio que trascienda las siglas y las lógicas partidistas para articular un bloque histórico de progreso. Este proyecto no puede ser una mera coalición electoral ni un acuerdo por arriba. Debe ser un movimiento político y social, tejido desde abajo, que combine la tradición emancipadora del andalucismo de izquierdas, el movimiento obrero y los nuevos movimientos sociales. Un espacio que apueste por la democracia radical como medio y como fin, porque solo desde la participación real de las comunidades podremos transformar las condiciones de vida en Andalucía.

Decimos que nuestro norte es el sur (Andalucía) porque asumimos la emergencia del pueblo andaluz como sujeto histórico con plenos derechos. Esto implica un andalucismo político de vanguardia y de izquierdas que participe con voz propia en la construcción de un nuevo proyecto de Estado. No se trata de aislarnos, sino de articular alianzas con el Estado español plurinacional, lo rural y lo abandonado, impulsando una descentralización que rompa con los desequilibrios territoriales heredados del modelo decimonónico del Estado.

Para lograrlo, necesitamos un espacio político andaluz que sume y multiplique, que sea transversal, pero firme en sus principios. Una garantía de ese enraizamiento es incluir en nuestras listas a militantes de diferentes sectores y territorios capaces de llevar la voz de Andalucía al Congreso. Pero esto no basta: la organización debe abrirse a la decisión colectiva, con procesos participativos que devuelvan el poder a la gente común. El buen vivir no se construye desde estructuras jerárquicas ni solo desde la suma de aparatos partidistas, sino desde la movilización social y la esperanza colectiva.

En un mundo donde el discurso del odio se extiende como un virus —de Estados Unidos a la Unión Europea, del norte al sur global—, la izquierda andaluza debe apostar por lo contrario: por tejer vínculos, por coser con el lenguaje de la solidaridad y por cantar auroras que iluminen un horizonte de justicia. No se trata de competir con la derecha extrema en su terreno de la sinrazón, sino de construir espacios de confianza y resistencia creativa. Como decía el presidente Correa, no somos sufridores: somos luchadores que claman en la alegría de vivir.

Esta apuesta es urgente porque, como bien sabemos, el dato no siempre vence al relato. En una sociedad donde los cuentos pesan más que las cuentas, la propaganda de la ultraderecha ha encontrado terreno fértil en una cultura nacional históricamente polarizada. Pero el estado español no es una excepción: el odio es el ariete del capital financiero y las big tech, un exterminio restaurador que debemos enfrentar con un proyecto popular y unitario.

Una izquierda enraizada

Andalucía sigue atrapada entre la pobreza, la desigualdad y la concentración de la tierra, herencias de una oligarquía caciquil que aún pervive. Pero también atesora una riqueza cultural y una capacidad creativa que, aunque elitista y marginal, puede ser el germen de una transformación. Falta, sin embargo, una industria cultural propia, canales que hagan fluir nuestras voces sin depender de los centros de poder del norte o la meseta. Un Frente Amplio Andaluz debe capitalizar esa energía, convirtiéndose en algo más que una suma de partidos: en un movimiento-plataforma que organice al pueblo y dé protagonismo a la cultura popular.

El primer Adelante y el ciclo que inaugura de confluencias de la izquierda andaluza marcaron un camino: un proyecto estratégico desde Andalucía, Con una mirada lejos del eurocentrismo que rechace la posición tradicional subalterna de Andalucía. Inspirados por Gramsci y su análisis de la “cuestión meridional”, debemos asumir un rol de liderazgo en la izquierda, tejiendo una confederación de pueblos mediterráneos que desafíe la deriva centralista y otanista de la Unión Europea. Pero esto exige innovación: un modelo híbrido de organización que integre partidos, ciudadanía y movimientos sociales, rompiendo con las lógicas elitistas y oportunistas que han lastrado a la izquierda en el pasado.

No hay atajos. Construir un Frente Amplio Andaluz requiere tiempo, paciencia y una autocrítica honesta. No basta con repetir fórmulas del pasado ni con aferrarnos a las instituciones como único campo de batalla. La transformación vendrá de la base, de la escucha activa, de la movilización que convierta el descontento en fuerza colectiva. Las elecciones son importantes, pero el horizonte debe ser más amplio: un proyecto de país para 2030-2040, tejido con el fuego lento de las pasiones alegres y la sabiduría de nuestras culturas populares.

Es hora de caminar. De multiplicar la diversidad sin dividir la izquierda. De articular un frente que no solo resista el austericidio neoliberal, sino que transforme la vida y cambie la historia desde Andalucía. Porque, como dice el pueblo, paso corto y vista larga: el futuro no se regala, se conquista.

Soberanía digital y Europa social

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Que la administración Trump y los movimientos del oligopolio de las grandes plataformas tecnológicas son una amenaza a la democracia y al proyecto de integración de la Unión Europea es, prácticamente, compartido por el conjunto de la ciudadanía y las fuerzas políticas de progreso. No es tan extendido, sin embargo, la naturaleza o diagnóstico de las amenazas que vislumbramos en el horizonte a corto y medio plazo y menos aún se observa la definición de alternativas democráticas que contravengan el proceso en curso de restauración autoritaria de la hegemonía imperial de Estados Unidos.

Somos conscientes que en la vida, como en la política, siempre hay opciones y posibilidades por explorar. El arte de lo posible implica definir agendas para la acción distintas a las establecidas a priori.

Se da la circunstancia que en materia de transformación digital se ha instalado en la sociedad un discurso naturalizado de Silicon Valley que ha permeado la práctica política de dirigentes y fuerzas políticas imposibilitando una agenda propia de definición del futuro de la era de la Inteligencia Artificial. Y en este marco la UE no es que corra peligro de perder s razón de ser del modelo social de Estado de Bienestar que alentó el proyecto de integración comunitaria, es que, antes bien, está en juego su propio futuro y subsistencia.

Bien es cierto que desde la Comisión se han avanzado iniciativas como la primera regulación internacional de la IAAT, la Carta de Derechos Digitales de 2021 o la reciente creación del Observatorio de Derechos Digitales para hacer efectivo la Europa de los Ciudadanos en la galaxia Internet. Pero estas medidas llegan tarde y son insuficientes ante el dominio absoluto de las grandes plataformas tecnológicas como ‘X’ (ex Twitter), ‘Meta’ (Facebook, Instagram, WhatsApp…) Alphabet (que incluye a Google como su principal subsidiaria), nombradas en su día como GAFAM, que hoy han decidido convertir la norma de terra nullius, la ventaja tecnológica y su posición cuasi monopólica en la regla del Estado de excepción a nivel internacional, vulnerando todos los derechos y garantías constitucionales a escala global.

El alineamiento con el gobierno de Trump ya se ha traducido en medidas concretas como la remoción de mecanismos de moderación de contenidos que hasta ahora lograban filtrar -aunque de un modo acotado- diversos modos de desinformación (fake news, deep fakes), discursos de odio, instigación a la violencia, controles sobre contenidos relativos a infancias etc., y una agresiva política de injerencia que nos recuerda que estas compañías, las big tech, nacen, se incuban, y despliegan su poderío como un vector estratégico del imperialismo estadounidense definido en el programa originario de la Sociedad de la Información de Al Gore, bajo tutela de los dos bastiones que sostienen el dominio político y económico de la potencia en decadencia: nos referimos al Pentágono y al muro de Wall Street.

No es comprensible el proyecto tecnofeudalista que abandera Musk con el trumpismo sin este análisis de la estructura de comando de la telemática ya diagnosticado por la economía política de la comunicación y estudiosos como Herbert I. Schiller. Ni tampoco es posible diseñar alternativas de futuro si se renuncia a la autonomía estratégica y se trata de definir una política de ciberseguridad, como en el Congreso de los Diputados en España, de la mano de Google y las corporaciones del complejo industrial-militar estadounidense.

Asumir el designio de los amos de la información y el capitalismo de plataformas bajo tutela de EE.UU. o la OTAN es, en definitiva, renunciar a la Europa social y de derecho y, al tiempo, convertir la UE en una colonia dependiente tecnológica, económica y militarmente de una potencia que no demuestra ser aliado cuando despliega una guerra comercial con los aranceles, sino especialmente cuando desde el propio nacimiento de la comunidad económica europea ha mantenido el espionaje, control y tutela de las redes de información y conocimiento, tal y como quedara constancia en el informe del Parlamento Europeo sobre la red ECHELON. Ahora se constata con la abierta injerencia en las elecciones de Alemania como ya se hiciera con el Brexit y los resultados por todos conocidos.

La UE, colonia tecnológica

La modificación de los procesos de intermediación y el control del algoritmo abundan no solo en la falta de transparencia de estos operadores políticos, sino que reafirman la estrategia de desinformación de las fuerzas de control global del Capitolio con el fin de restaurar su posición hegemónica ante China y su superioridad comprobada en ciencia y tecnología.

Las declaraciones recientes del Vicepresidente Vance respecto a la gobernanza de la Inteligencia Artificial, y no olvidemos de Internet, bajo control de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) son lo suficientemente esclarecedoras como para definir en Bruselas otra hoja de ruta a la seguida hasta ahora, marcada, nunca mejor dicho, por el seguimiento de las directrices del lobby de los GAFAM.

La necesidad de transparentar los procesos de información social, blindar el avance de plataformas globales que disputan el control al Estado y resguardar los derechos ciudadanos requiere de políticas activas por parte de la UE y nuestro gobierno. No solo declaraciones alertando de la tecnocasta. La reducción de los riesgos para la ciudadanía en términos de manipulación de la información, visibilizando, censurando u ocultando contenidos como el genocidio de Gaza del sionismo, forma parte de un nuevo orden informacional y una geopolítica imperialista que busca ser impuesto para controlar los comportamientos y direccionar de la voluntad política de la ciudadanía para hacer posible ya no la acumulación por desposesión, como analiza David Harvey, sino el régimen de excepción de la acumulación por despojo criminalizando la pobreza y extendiendo la guerra, cultural y efectiva, por todos los medios imaginables.

Ya en su célebre libro Mil Mesetas, Deleuze y Guattari, definían de modo precursor al accionar de las fuerzas exteriores al estado como Máquinas de Guerra. En el presente, la máquina informacional, con el despliegue de sistemas de machine learning e IA se ha sofisticado y vuelto inmanejable en algunos sentidos. Cabe preguntarse cuál es el espacio de acción que tienen los Estados Nacionales y la UE para desarrollar políticas de cuidado y acciones soberanas, qué medidas conviene adoptar en defensa del proyecto común de la Europa social y de derechos.

El dominio de las Big Tech sobre la información, la comunicación y la logística plantea serios problemas sobre el cumplimiento de las leyes de competencia y antimonopolio de la propia UE, pero no se han adoptado medidas, salvo algunas penalizaciones económicas irrelevantes a efectos de la estructura de control. A pesar de los intentos regulatorios, como las investigaciones antimonopolio en varios países, las estrategias de estas compañías para absorber a pequeñas startups, manipular algoritmos o generar redes de dependencia siguen siendo una práctica común sin que Bruselas haya acometido una estrategia consistente, aliándose por ejemplo con el proyecto de 5G chino.

Esto ha terminado limitando la economía europea, poniendo en riesgo la innovación y la diversidad empresarial, y sobre todo otorgando un control exclusivo sobre el mercado a compañías como Amazon, sin oposición ni estrategias de cooperación para hacer frente a los retos de futuro de la economía del conocimiento.

La confrontación geopolítica que hemos iniciado desde que Donald Trump irrumpiera en la escena política internacional es un paso más en esta escalada de subordinación y colonialismo tecnológico de Europa. La asunción del enfoque estadounidense sobre la ciberseguridad, la infraestructura 5G y la privacidad de los datos pliega el proyecto de la UE al fortalecimiento de la industria nacional estadounidense y la expansión de la OTAN, consolidando la tecnología ajena como un pilar esencial en la redefinición de las relaciones internacionales desde la subalternidad y la pérdida de total autonomía, y ello a pesar de las supuestas lecciones aprendidas durante la pandemia donde por vez primera escuchamos hablar de soberanía digital y un aggiornamiento keynesiano como salida a la crisis del colapso económico o de capítulos conocidos como el Brexit o en otras latitudes la campaña destituyente del gobierno de Dilma Rousseff o el golpe de Estado contra Evo Morales.

Infracciones de las plataformas digitales

Bien es cierto que la UE dispone de diversos dispositivos normativos diseñados con el fin de garantizar la implementación de mecanismos adecuados para supervisar posibles infracciones legales de las plataformas digitales dominantes en el mercado e intervenir en consecuencia. Aunque los recientes cambios y medidas adoptados por ‘Meta’ y ‘X’ puedan ser compatibles con la legislación estadounidense, su aplicación en la UE debería ser descartada, dado que las normativas existentes sobre la eliminación de contenido que infrinja la legislación, como los discursos de odio o el contenido destinado a alterar procesos electorales, lo prohíben explícitamente.

Pero, aunque desde Bruselas se reconoce la necesidad de regular el comportamiento de las grandes plataformas digitales, la Comisión enfrenta a día de hoy serias dificultades en la aplicación de la legislación vigente. En particular, la Ley de Servicios Digitales (DSA). La creciente complejidad de la regulación tecnológica, junto a la adopción del marco jurídico angloamericano del derecho de telecomunicaciones y las obligaciones suscritas desde la matriz neoliberal de la OMC, perfilan un escenario difícil de acometer en términos de voluntad y acción política democrática.

En otras palabras, las grandes empresas tecnológicas de Silicon Valley han pisado el acelerador asumiendo explícitamente el rol de actor global soberano en la reconfiguración del orden mundial de manera significativa, sin que desde Europa se responda en justa medida al reto que ello supone.

La transición digital y el control de la información, en este contexto, no solo representan un desafío tecnológico, sino también un reto político, social y ambiental de gran magnitud que evidencia que la Europa social y la propia transición ecológica en el marco de la Carta Social Europea serán letra muerta si no se actúa de inmediato.

La respuesta a esta dinámica imperialista pasa por una mayor regulación, la defensa de la privacidad y la soberanía digital, y la promoción de un espacio digital que sea verdaderamente público y democrático. La vigilancia y la crítica de estas dinámicas son esenciales para salvaguardar la democracia en el siglo XXI y exigen de organismos internacionales como la UNESCO una apuesta decidida por recuperar el espíritu McBride para hacer posible un solo mundo y voces múltiples, para un nuevo orden de la información y la comunicación (NOMIC) donde la tecnología, la red y el conocimiento de la IA sean patrimonio común de la humanidad.

Un primer paso en esta dirección es que la UE asuma un rol de defensa de los derechos a la comunicación democrática y que gobiernos progresistas como el de España contribuyan decididamente a definir una agenda distinta en Bruselas para la propia pervivencia del proyecto comunitario. Es hora de liderar en el seno de la UE una política de soberanía digital frente a las injerencias y el intervencionismo de grandes compañías en la opinión pública de los estados miembros. Frente a la política de la guerra y la tierra de nadie (terra nullius) de los GAFAM debemos impulsar cambios normativos de calado, estructurales, para exigir las obligaciones tributarias, legales y de protección de la libertad de expresión y las libertades públicas de dichas plataformas, en particular civil y hacer transparentes sus criterios de moderación de contenidos, tanto en procesos electorales, como en el debate público, con las consiguientes medidas de suspensión y sanción civil y penal en el caso de reiterados incumplimientos, como viene siendo habitual.

Promover nuevas plataformas digitales

En esta línea, es necesario revisar los acuerdos comerciales y reguladores con las grandes tecnológicas para asegurar que los intereses nacionales, democráticos y ecológicos estén protegidos frente a la creciente concentración de poder económico y político en manos de estas corporaciones. Pero también lo que la imaginación comunicológica de los tecnócratas de la Comisión no imaginan, hay que promover desde ya en nuestro espacio plataformas digitales de dominio público, así como políticas de software libre en la Administración Pública del Estado, para evitar la dependencia tecnológica.

Liderar una política de ciencia y tecnología nacional y europea en materia de IA, cambio tecnológico y cultura digital a medio y largo plazo con un plan plurianual es algo más que replicar dispositivos foráneos e importar conocimiento ajeno. Esto que el ensayista francés Sadin denomina la siliconización de la economía europea ha sido la pauta constante de la Comisión hasta la fecha. Ahora que el Congreso tiene que debatir el proyecto de Ley de Autonomía Estratégica e Industria es el momento de empezar a construir un sendero distinto desde el Sur de Europa introduciendo un capítulo específico para la promoción de medios digitales propios y tecnología soberana, si queremos hacer posible el intercambio y comunicación de nuestro sistema político y económico sin la dependencia tecnológica actual de Silicon Valley.

El control de la información: un nuevo imperialismo

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En el paisaje digital contemporáneo, los nombres de Donald Trump, Elon Musk y la empresa Meta (anteriormente conocida como Facebook) se han convertido en sinónimos de una nueva forma de imperialismo, una que no se basa en las conquistas territoriales sino en el control de la información, en la modulación del discurso y el control oligopólico de la tecnología: una amenaza ya no velada, sino directa y explícita, a nuestra democracia, que empezó con las injerencias en el Brexit, continuó con golpes de Estado en Brasil, Bolivia y Venezuela y hoy anticipa una campaña de restauración ultraderechista en el propio seno de la UE.

La era de los GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft) y otras grandes tecnológicas de Silicon Valley plantean en este sentido un reto político y un cambio en el paradigma del poder, donde el imperialismo se ha digitalizado y el Príncipe de Maquiavelo actúa como empresario de sí mismo fuera de las estructuras democráticas del Estado nación. La capacidad de moldear la realidad social, política y económica a través de la tecnología concentrada en el complejo industrial-militar del Pentágono es el principal peligro que corren nuestros sistemas de representación. El mismo Biden lo ha reconocido en su último discurso. Mediante el control de la narrativa, la capacidad de definir lo verosímil, los marcos de comprensión y debate, y una suerte de privatización del espacio público digital, las plataformas de origen estadounidense redefinen las reglas del juego y deliberación democrática, despliegan un poder nada sutil que afecta a la política interna y el sistema internacional de Naciones Unidas, tal y como vemos en la guerra de Gaza donde operadores como Facebook o Twitter actúan como cómplices activos y necesarios del sionismo en la guerra de exterminio contra el pueblo palestino.

Los recientes movimientos de X y Meta, eliminando toda forma de control y regulación, incluso interna, del sesgo del algoritmo y la manipulación de informaciones e imágenes, representa una vuelta de tuerca a la lógica disruptiva de la comunicación de la era Trump o Fox News, marcada por el aceleracionismo y la producción de imágenes falseadas de la realidad sin los filtros tradicionales de los medios de comunicación. Este fenómeno no es nuevo, pero ahora se reivindica como legítima la conformación de un ecosistema informativo y un modelo de mediación social y política donde la verdad se disputa en un terreno de “hechos alternativos” y noticias falsas. Este cambio de escalada y visión de los principales actores de la comunicación-mundo tiene consecuencias no solo en la convivencia de culturas y corrientes de opinión, tal y como se está observando en Estados Unidos, sino que afecta sobremanera a la sostenibilidad de la información comprometida por la velocidad y a la viralidad del contenido digital y que además requiere ingentes recursos naturales que incidirán en el expolio de países como Argentina o Brasil que contienen recursos estratégicos para sostener la carrera sin futuro de la innovación tecnológica.

En el contexto de la presidencia de Donald Trump, la ecología de la comunicación va a experimentar cambios significativos, afectando la manera en que se gestionan los recursos naturales y cómo se aborda la transición digital en un escenario geopolítico internacional que trata, desde la Casa Blanca, de retornar al unilateralismo y los tambores de guerra. De algún modo el Pentágono y Silicon Valley nacen, viven y permanecerán alimentando la espiral de la barbarie y la muerte. El fenómeno de la infodemia, término acuñado para describir la sobrecarga de información, especialmente la falsa o engañosa, ha sido un rasgo distintivo de lo que algunos denominan tecnofeudalismo y en cierto modo es verdad, pues como explica Naomi Klein, la doctrina del shock y la aplicación de las medidas de acumulación por desposesión del capitalismo financiero que acompaña la transición digital de estas compañías requiere el aislamiento psicológico y social de los actores sociales. Este ambiente informativo tóxico no solo favorece las ínfulas imperiales de figuras como Elon Musk, sino que impone un “yugo invisible” que además de acumular riqueza logra moldear eficazmente la realidad social y política percibida, imponiendo agendas de terror y desinformación sembrando divisiones y distracciones varias, alejando al público de los asuntos esenciales y de los intereses en juego de Wall Street. Así, al tiempo que nos entretienen con la dialéctica de la inmediatez y la confrontación, se oculta a la opinión pública la malversación de los recursos naturales que la IA y los servidores de estos gigantes tecnológicos requieren para su mantenimiento cuasi monopólico que favorece la desregulación absoluta, que la UE y algún que otro gobierno como el de Lula intentaban frenar para garantizar el normal desarrollo de la actividad de estas corporaciones desde el punto de vista del derecho.

Bien es cierto que la IA se aplica y puede contribuir a optimizar la explotación de recursos naturales, y analizar y predecir patrones climáticos y de uso de la tierra. Sin embargo, la falta de regulación puede conducir a un uso y abuso insostenible de estos recursos. Por lo que además de un problema político de amenaza a la democracia tenemos un problema de ecología política, de ecología de la comunicación, en términos de cómo la política energética y medioambiental puede afectar el desarrollo de tecnologías informacionales y la gestión de recursos naturales a largo plazo.

La transición digital ha sido un campo de batalla geopolítico desde la irrupción de Trump en la escena pública. La visión de Trump sobre la ciberseguridad, la infraestructura de 5G, y la privacidad de datos han marcado un nuevo capítulo en la competencia global, donde la tecnología se convierte en un medio para imponer agendas políticas y económicas directamente conectadas con el rearme de la industria militar estadounidense y la expansión de la OTAN. Este enfoque ha tensionado las relaciones internacionales, especialmente con potencias tecnológicas como China, poniendo de relieve cómo la tecnología afecta la geopolítica en la era digital mientras personajes como Musk actúan de ariete central en el debate sobre el imperialismo digital a través de empresas como Tesla y SpaceX. La visión del nuevo estratega de Trump de una internet satelital con Starlink deja en evidencia que tenemos un problema grave en la UE de soberanía digital y acceso a la información, áreas que antes eran dominio exclusivo de los estados. De ahí que debamos plantear en el debate público nacional quién controla la infraestructura digital, los servidores, la red de satélites, la Unión Internacional de Telecomunicación y el gobierno de Internet, en términos de seguridad nacional y de democracia de las relaciones internacionales. En otras palabras, la respuesta a esta dinámica imperial, destituyente y oligárquica de los GAFAM y Estaos Unidos pasa por mayor regulación, la defensa de la privacidad y la soberanía digital, y la promoción de un espacio digital que sea verdaderamente público y democrático. La vigilancia y la crítica de estas dinámicas son esenciales para salvaguardar la democracia en el siglo XXI.

La adaptación de la cultura digital para la creación de lo común con garantías normativas e institucionales es la única forma de no retornar a tiempos oscuros en forma de era tecnofeudal. Es tiempo para la acción y no para mimetizarnos y responder a golpe de tweet. La política por otros medios es el remedio a esta hipermediatización de los señores del aire. Nos va la vida. Literalmente.

Autonomía política andaluza e izquierda plurinacional

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Todo ciclo político y coyuntura está siempre atravesado por contradicciones y diversos conflictos de índole económico y social que determinan, contextualmente, las vías de acción y las alternativas electivas. Si algo define el actual momento histórico que vivimos es el ser un tiempo-encrucijada, un momento que, para bien o para mal, definirá la salida de la crisis institucional y de acumulación en España y el seno de la UE, bien reforzando los derechos y libertades públicas o, como se observa tras las elecciones europeas, con el retorno de formas de gobierno reaccionarias y autoritarias.

En clave local, el punto de partida o el estado de la cuestión en el que se acomete esta coyuntura política es notoriamente adverso. El ciclo electoral negativo de SUMAR y la falta de definición orgánica y operativa, sin plan estratégico y con déficits significativos en la toma de decisiones y proyección de la plataforma de encuentro y articulación de las alianzas de izquierdas constituyen hoy por hoy un lastre para una alternativa de progreso en nuestra tierra. De hecho, las elecciones europeas se saldaron con un mal resultado y la pérdida de un respaldo ciudadano considerable, en Andalucía, particularmente, y en el conjunto del Estado, de forma notoria. Esta pérdida de apoyo ciudadano se da además en un contexto de repliegue de la izquierda y de avance de la extrema derecha en Alemania, Polonia, Austria, Países Bajos, conformando en el Parlamento Europeo una correlación de fuerzas favorable a las tesis ultra liberales y reaccionarias, lo que se traducirá en una política económica en materia monetaria y fiscal, como en temas sensibles como la migración o las políticas de transición ecológica, claramente desfavorables a la agenda contemplada en la anterior legislatura por la Comisión Europea. En este marco, además, la única opción de diputado de Andalucía con voz en el Parlamento Europeo, que con IU siempre se había contado hasta ahora, se ha perdido, siendo uno de los territorios históricos del Estado español sin proyección en las instituciones comunitarias.

Pero no todo han sido retrocesos políticos en la era Meloni/Orban/Macron. La victoria en Francia del Frente Popular abre una veta de exploración que interpela a las fuerzas de izquierda europeas y dibuja un escenario complejo de contradicciones y también de apertura del campo de posibilidades que conviene tomar en consideración en la evaluación del estado de la cuestión política y social en Europa.

En el caso no obstante de España, la referencia también de la excepción ibérica, está siendo minada por la acción destituyente de la derecha y la oligarquía económica tanto como por la deriva, por activa u omisión, del PSOE en la estrategia de vuelta al bipartidismo, sea en materias estratégicas como la renovación del poder judicial, o las políticas de vivienda, o en la propia negociación de los proyectos de ley con las distintas fuerzas parlamentarias. Y el voluntarismo de la razón legisladora con desprecio de la tradición, el sentido práctico y la memoria partidaria hace difícil una salida del enroque en el que está la legislatura y en particular la izquierda. En este marco, hay que afirmar una propuesta política que defienda:

  1. La igualdad territorial de Andalucía y su protagonismo en el proceso de construcción del Estado federal. Andalucía presenta los peores datos en cuanto a tasa de paro, renta y pobreza, con diferenciales, con respecto a la media del Estado, que persisten en el tiempo por su carácter estructural. Tenemos un nivel de renta 25 puntos inferior a la media (hay Comunidades como el País Vasco y Navarra que duplican nuestro poder adquisitivo) y tenemos una tasa de paro diez puntos superior a la media. Sin contar que, históricamente, sufrimos lastres deficitarios en los servicios públicos fundamentales (sanidad, educación, asistencia social y dependencia), cuya nivelación debe garantizar el sistema de financiación autonómica (SFA).
  2. Un nuevo sistema de financiación autonómico proporcional, equilibrado y solidario. Andalucía, junto con otras comunidades del sur, ha de liderar la propuesta de reforma del sistema de financiación autonómica. Como sujeto político de primer orden, nuestra comunidad puede encabezar una propuesta transformadora y progresista que contrarreste la deriva de que España se divida entre los privilegios de las Comunidades ricas y una recentralización en el resto del Estado. Tenemos el derecho y la obligación de exigir una relación equitativa entre las Comunidades Autónomas (nivelación horizontal), y entre estas y el Estado central (nivelación vertical). Para garantizar la equidad territorial y social, es preciso actualizar el Sistema de Financiación Autonómico (SFA), aprobado en el año 2009 por un plazo de cinco años, considerando que este sistema afecta gravemente a Andalucía, al marcar grandes diferencias entre comunidades en financiación por habitante ajustado, especialmente si incluimos a territorios cuya excepción foral es histórica (País Vasco y Navarra). Resulta en este sentido cuando menos paradójico que una fuerza parlamentaria plurinacional como SUMAR no lidere un modelo federal integral. Vivimos inmersos en una realidad mestiza, marcada no solo por la plurinacionalidad, el plurilingüismo y la multiculturalidad inherente al Estado español, sino también por una asimetría territorial, donde algunos territorios ejercen de fuerza centrípeta atrayendo hacia el centro los recursos, mientras que otros no pueden garantizar los derechos de ciudadanía más elementales; y una asimetría política en la conformación de las estructuras del Estado, con una administración local infra financiada y demasiado a menudo desatendida, a pesar de ser la primera línea en la lucha contra la vulnerabilidad extrema en que vive una parte importante de la población. Por ello ha llegado la hora de poner fin a tales desequilibrios y carencias empezando por acabar previamente, como condición, con la opacidad del sistema foral, a fin de garantizar que se acercan los resultados del sistema excepcional de fiscalidad a los del común, e integrar a las comunidades forales en un mecanismo general de nivelación. Al tiempo que es preciso exigir el cumplimiento del acuerdo del Parlamento andaluz alcanzado por consenso en marzo de 2018, que estableció en 16.000 millones de euros anuales la insuficiencia financiera del sistema autonómico para Andalucía.
  3. La condonación de la deuda. Mientras el gobierno central tramita y aprueba un nuevo SFA, es preciso que Andalucía reciba un fondo transitorio de compensación económica. Y que se active la Comisión Mixta de Asuntos Económicos y Fiscales entre Estado central y Junta de Andalucía. Estas medidas de carácter urgente no pueden esperar otra legislatura. Es preciso aumentar de inmediato las inversiones estructurales para el desarrollo de una industria verde, infraestructuras ferroviarias, como el corredor mediterráneo y los servicios de cercanías, rehabilitación de edificios, energías renovables, digitalización de las PYMEs, Cooperativas y Autónomos, etc., alterando la inercia de concentración de las inversiones en los territorios con mayor renta a causa de la dinámica político-electoral. En este sentido, es preciso potenciar el Fondo de Compensación Interterritorial, incrementando significativamente sus cuantías y estableciendo una base de cálculo que le otorgue estabilidad, para fortalecer los mecanismos de convergencia de forma que cumplan el fin con el que fueron creados, que no es otro que favorecer la convergencia entre las Comunidades Autónomas que lejos de lograrse, se ha disparado en dirección opuesta en las dos últimas décadas.
  4. Una segunda transición por la autonomía política y la integración territorial federal. El actual Estado de las Autonomías no ha podido corregir que España siga siendo un Estado muy desigual, territorial y socialmente, y en ocasiones como estamos observando con el lawfare y el procedimiento judicial, un Estado fallido y retromoderno. Una estructura federal republicana debe corregir la desigualdad y articular un proceso de integración y modernización, en el sentido regeneracionista que Joaquín Costa y otros referentes liberales proyectaron en su momento para nuestro país. Tenemos ejemplos en Europa como Alemania donde las diferencias de renta entre los Lander del oeste y del este eran enormes y, sin embargo, en el transcurso de unos pocos años se ha ido produciendo una notable convergencia entre ellos. Y desde plataformas ciudadanas como la Asociación Diálogos Andalucía Cataluña se viene afirmando, desde la sociedad civil, la necesidad de abrir diálogos diversos, a nivel académico, cultural, periodísticos y sindicales que contribuyan a una transformación integral y unitaria del Estado. Cabe recordar que Andalucía, como Cataluña, comparte:
    • Una historia con problemas y movimientos sociales parecidos, aunque con estructuras sociales diferentes.
    • Estructuras familiares, comunitarias, empresariales y laborales entrelazadas por los movimientos migratorios y por la pertenencia a un mismo mercado.
    • Con posiciones relativas diferentes, compartimos la condición de comunidades periféricas o, en otras palabras, no-centrales, respecto a ese gran centro que en que se ha convertido Madrid, sin olvidar que entre las dos sumamos en torno a un tercio de la población y del producto interior bruto de España.
    • Ambas hemos tenido una relevancia importante, aunque desde posiciones también diferentes, en la conformación del actual modelo territorial de gobernanza de España y estamos llamadas a tenerlo en posibles reformas futuras.

La construcción de un espacio de diálogo que contribuya también al debate sobre el modelo de Estado que, de acuerdo con la Constitución, sea el más inclusivo posible para las diferentes sensibilidades territoriales de nuestro país, es una prioridad política para la izquierda andaluza. No solo para que nuestra comunidad tenga voz y cumplir con los previsto en el nuevo estatuto de autonomía sino para transformar España en un modelo republicano federal avanzado y coherente con los retos que marca el contexto europeo y global en el que tiene que operar.

En la era de los fondos buitres, y del capitalismo financiero y de plataformas, es preciso desplegar una reflexión sobre las contraposiciones, los desniveles y la dialéctica de la contradicción centro-periferia, trascender el supremacismo y las dinámicas corporativas que dominan aún en España para dar forma a un proyecto común ilusionante y progresista, plurinacional y democrático. Hoy por hoy, es preciso, conociendo la historia de España y la coyuntura política comunitaria, empezando por el ascenso de la extrema derecha en Italia, Francia o Alemania, la articulación social de un frente común ante la reedición de la historia como farsa propia de una forma decimonónica de conformación política que de un tiempo maduro de proyección en el siglo XXI. La clave para ello está en oponer la democracia al autoritarismo, sea democratizando aparatos represivos del Estado como la Guardia Civil o desmantelando el suntuoso gasto militar inapropiado, como avanzando en la democracia económica y social. Lamentablemente, en estos momentos, en la izquierda, no se percibe una acción política estratégica ni ninguna luz intelectual, ningún programa de trabajo, interés y voluntad de concentración con vistas en salir del actual enrocamiento o letargo. De hecho, cualquier idea o programa afirmativo con voluntad antagonista es bloqueado, en el interior, por ausencia de debate, y en el exterior por inacción o falta de organización de los sectores populares, que aun así participan en movimientos sociales como la Marea Blanca en defensa de la sanidad pública o la Marea Verde de la educación.

Bases políticas para un frente amplio andaluz

Andalucía es diversa, no homogénea, compleja y no la pura estereotipia uniformada por los medios propios y ajenos. La imagen del sur ha sido prescrita por el discurso dominante del orientalismo. La matriz colonial de dominación de nuestra tierra, el imaginario de Andalucía, de los románticos ingleses y los viajeros franceses, el bandolerismo y folklorismo del XIX identifican la otredad andaluza en el marco representacional del exotismo africano. Una representación de la cultura andaluza como irracional, premoderna y ancestral que nos posiciona en un escenario prepolítico, sin mediación ni representación autónoma posible. Los propios medios andaluces reproducen y amplifican esta lógica discursiva exotizante de la cultura andaluza negando la dimensión material, barroca, de la abnegada simbología de la cultura subalterna que constituye la voz Andalucía Libre. Así, la estereotipia en Canal Sur y los medios de referencia (ABC, Grupo Joly, Cadena SER) aún hoy replican como modelo de negocio las imágenes de la mascarada o inversión de la creatividad de la cultura popular andaluza. Dada esta situación de la matriz hegemónica que nos subalterniza o margina como periferia, parece lógico constatar la urgencia de nuevas narrativas de la patria andaluza, de la identidad nacional y de las luchas pasadas y presentes en defensa de los derechos socavados y la igualdad desde Andalucía. Frente a la imagen deslocalizada y objeto de captura mercantil que la oligarquía económica y las burguesías catalana y vasca han favorecido, es tiempo de ensamblar un proyecto colectivo que confronte con el relato neocolonial del turismo y articular alianzas entre la España plurinacional y la España del interior, la abandonada y la rural, impulsando la necesaria descentralización mediante la procuración de nexos en común.

De la islamofobia al desprecio de las culturas subalternas, la dinámica de exclusión de la voz de Andalucía por la oligarquía y en el seno de la izquierda debe ser superada como marco dominante de mediatización de la información política y la representación por el que se viene imponiendo el espíritu pusilánime de la cultura replicante rentista que ha dominado la cultura en Andalucía. La cuestión es qué queremos prefigurar, aprovechando el proceso de transición y reunificación de la izquierda que tentativamente representara SUMAR. Una primera tesis de partida es que, parece evidente, es hora de imaginarnos un nuevo papel histórico, una razón de ser distinta. Esto es, hemos de definir cómo construiremos el espacio común de articulación y unidad de las izquierdas andaluzas para proyectar un proyecto propio, autónomo, al tiempo que arrojar luz del camino a seguir en la construcción de una alternativa federal reformista y democrática en todo el Estado.

Los actores que conforman el espacio político de POR ANDALUCÍA, y antes ADELANTE ANDALUCÍA, acumulan una historia de luchas y frentes culturales que han de servir de memoria y punto de partida. Históricamente, la izquierda andaluza ha liderado proyectos singulares como Convocatoria por Andalucía e IU. Ha demostrado su constancia y competencia en la defensa de los intereses de las clases trabajadoras tanto a corto como a largo plazo, en Andalucía y desde Andalucía para el conjunto de las personas trabajadoras en España, Europa y el mundo. Este capital político no debe ser el alfa y omega de todo proyecto innovador, obviamente. Pero sí el punto de partida de toda propuesta de construcción colectiva siendo conscientes que la centralidad del trabajo y la vida, la organización de masas, la unidad popular, es prioritaria frente a cierta idea kitsch, pragmática y pospolítica que el ciclo del 15M ha venido marcando en la última década. La construcción de una alternativa nacional-popular en Andalucía, la definición de un bloque histórico de progreso pasa, en este sentido, por la autocrítica de la deriva institucional que ha marcado el rumbo, sin consistencia, solución de continuidad y proyecto estratégico en nuestra tierra de tal deriva política. Pensar el Frente Amplio Andaluz ha de empezar por reconocer que formamos parte de la tradición emancipadora del movimiento obrero y popular, del andalucismo de izquierdas, de los nuevos movimientos sociales y de las luchas por la Democracia, la Autonomía, la República y el Socialismo. De esta tradición extraemos las experiencias de las conquistas y avances y de los fracasos y derrotas, cuya piedra angular ha sido la relación entre la izquierda y la democracia. Las conquistas y avances se han logrado desde la lucha por la democracia. La política emancipadora se construye desde la base del binomio democracia para la transformación, transformación para la democracia. Democracia como medio para la transformación social y como fin, como valor universal en sí misma, para el empoderamiento de las personas y de las comunidades sociales y, en consecuencia, cuando afirmamos que nuestro norte es el sur es porque se asume esta voluntad constituyente de emergencia del pueblo andaluz como sujeto histórico con plenos derechos y toda su potencialidad liberadora. Asumida esta idea, desde Andalucía, y desde una perspectiva andalucista, federalista y de izquierdas, consideramos necesario participar con perfil propio en la construcción de un nuevo proyecto de país. Defendemos la necesidad de un sujeto político andaluz, expresión de una izquierda emancipadora y un andalucismo democrático que sume, multiplique y construya un bloque histórico de forma transversal y flexible, articulando las diferencias y lo que tenemos en común. Una garantía, no exclusiva, pero sí importante, de democracia real y de enraizamiento en nuestra tierra, es la inclusión de personas independientes en las listas electorales; personas que han de ser candidatos y candidatas con fuerte arraigo, reconocimiento y prestigio social, capaces de ser vehículos de la voz de un nuevo sujeto político andaluz en el Congreso de los Diputados. Pero este movimiento pasa por abrir la organización a la interlocución y decisión colectiva mediante procedimientos participativos y democráticos, con democracia radical y pluralismo. El buen gobierno para el buen vivir, para la vida buena, no se construye con organizaciones centralizadas y jerárquicas ni con la mera adición de formas partidarias. El principio esperanza solo se despliega con movilización social. Si el socialismo es el movimiento y proyección de lo real en la historia, esto requiere abrir el campo y los canales de interpelación a la gente común, más aún cuando el ruido mediático y la parálisis de las direcciones partidarias se limitan a contar lo hecho sin pensar ni proyectar públicamente lo por venir.

Va a ser necesario, en otras palabras, coser, tejer con el lenguaje de los vínculos y soñar cantando auroras que es posible ver en el horizonte andaluz una alternativa de futuro con criterio y con pa/ciencia. Esta apuesta es, a nuestro juicio, más que nunca prioritaria, porque, según las leyes de la propaganda, dato no siempre gana a relato, y en la sociedad de las cuentas con los cuentos termina imponiéndose la sinrazón, el discurso del odio que se ha instalado en una cultura nacional, históricamente atrabiliaria y algo cainita. Pero España no es diferente, y sin hacer transhistoria, podemos observar que el discurso del odio se extiende de EE.UU. a la Unión Europea, del Norte al Sur global, aunque sea la extrema derecha quien trolea, planifica y alimenta esta política antisocial que en el fondo es el pogromo restaurador del capital financiero y sus arietes: las big tech. De ahí la necesidad de tejer, de coser y del amor, del cante con el cuerpo que flama en la alegría de vivir y resistir. Una posición diametralmente opuesta a la práctica de los sufridores, que decía Correa. Vindicamos aquí una lógica contraria a los odiadores profesionales porque es tiempo de aprender a construir espacios de comunicación con confianza y no tóxicos. En otras palabras, hemos de apostar por la autonomía política, los derechos sociales, las libertades públicas y un proyecto federal, unitario, popular y referente para el conjunto de los actores políticos del Estado.

En nuestra tierra, junto a la pobreza y desigualdad que la concentración de la tierra ha alimentado por la oligarquía y el caciquismo, pervive una rica acumulación cultural y una capacidad intelectual y creativa luminosa, aunque elitista y marginal. No hay una organización de la cultura popular. Existen ateneos, academias, empresas culturales de gran proyección, pero no industria y canales que fluyan en el conjunto social sin depender de los centros político-económicos del norte o mesetarios. Y conviene que nos demos a la tarea de capilarizar un movimiento-plataforma de la izquierda andaluza que sea mucho más que una coalición de partidos.

La definición de un proyecto de Frente Amplio exige desplazamientos no propiciados en la dinámica electoral dominante en la izquierda andaluza en el último ciclo. Parece evidente, a la luz de los hechos, que la apuesta por un movimiento político-social de base popular como alternativa de gobierno y de proyecto para nuestra tierra pasa por avanzar:

  • De la fuerza centrífuga a la dinámica centrípeta.
  • De las coaliciones a los frentes culturales.
  • Del Parlamentarismo a las luchas sociales.
  • Del titular y la pantalla al antagonismo y la lucha de clases.
  • De la política de gestos a la intervención efectiva.
  • De la dinámica representacional a la dinámica constituyente.
  • De la cultura selfie a la cartografía y mapeos culturales.
  • Del quiasmo a la crítica y la autocrítica interna.
  • De la descoordinación y aislamiento a la unidad y organicidad política.
  • De la independencia partidaria a la corresponsabilidad.
  • De la flexibilidad orgánica a la articulación unitaria.

En esta línea, nuestro compromiso en la campaña del 23J y las propuestas asumidas por la Plataforma de Apoyo a SUMAR en Sevilla definió un horizonte de progreso que, en términos epistemológicos, conceptualmente, y en la acción política, priorizó algunas ideas que han de conformar el marco de referencia teórica para la definición del frente amplio andaluz:

  1. La apuesta por un proyecto estratégico pensado desde el sur y desde abajo, desde la vindicación de una mirada decolonial al proceso de subalternización y dependencia de Andalucía en el conjunto del Estado español. En la cuestión meridional, en la obra de Antonio Gramsci, tenemos un dispositivo conceptual, una posición epistémica radical y un método analítico que nos ayuda a comprender los problemas en los que hoy aún estamos inmersos, en términos de lo colonial, de dialéctica centro-periferia, de lo subalterno y de construcción de un bloque de transformación nacional-popular. Gramsci llega a discutir en Pasado y Presente un proyecto de confederación mediterránea entre Cerdeña, Sicilia, Cataluña, Islas Baleares, Andalucía y otros territorios que hoy cobra actualidad si pensamos la excepción ibérica y la deriva otanista de la UE. Pero más allá de eso y concretando la encomienda que los sectores populares, militantes y electores demandan, es hora de concretar una síntesis progresista, andalucista y transformadora desde dicha matriz y posición.
  2. La innovación del modelo de organización híbrido para garantizar la participación y elaboración colectiva de los militantes y la ciudadanía identificada con el proyecto político del frente amplio es una condición en este sentido. Es preciso una plataforma de integración multivalente, ciudadana, que vaya más allá de la forma coalición para definir un movimiento político social con protagonismo de los partidos, tanto como de los ciudadanos y los movimientos sociales que integren el proyecto común. En otras palabras, la creciente complejidad de la política, deja en evidencia la necesidad de mayor astucia, de mediación de las contradicciones, de equilibrio entre la realidad oligárquica y el principio democrático. No es posible transformar Andalucía sin innovación política. Hemos de definir un método propio y apropiado para el desarrollo del frente amplio, la energía transformadora de las fuerzas populares y la capacidad de articulación de las distintas formaciones políticas, deslindando aquellas con voluntad expresa de construcción de un proyecto de país de las que están solo en el proceso oportunista del cálculo electoral y la promoción de intereses partidistas ajenos al proyecto regeneracionista y transformador que necesita nuestra tierra.
  3. La ruptura con el modelo decimonónico de organización del Estado y su forma extensiva de prolongado desequilibrio territorial desde la transición, situando la cuestión meridional, en palabras de Gramsci, en el centro del debate federal, asumiendo Andalucía y el proyecto de frente amplio andaluz un rol de liderazgo de unidad popular de la izquierda, como ya se hiciera con Convocatoria por Andalucía e IU.
  4. La proyección de un movimiento político y social constituyente para recuperar la iniciativa desde la periferia en la conformación de un nuevo ciclo político de reformas y transformación productiva. En un reciente artículo publicado en Público, el profesor Tomás Rodríguez-Villasante abogaba por una formación política construida por la base. Tanto PODEMOS como SUMAR han fracasado por la ausencia de una urdimbre tejida con la gente, renunciando a procesos participativos. En sus propios términos, podríamos concluir que hoy más que nunca son necesarias metodologías participativas, la escucha “deliberativa y generativa” como una práctica habitual en la organización. No es elegir a los/las líderes y que ello/as resuelvan la organización y el programa, etc. y luego consulten en plan plebiscito, sino que se apoyen y atiendan el sentido común de la base social a la que se deben. Los activistas y los votantes se fijan más en estos comportamientos que en los programas, es hacer política de otra forma, que haya “grupos motores” que sean activos para contrarrestar las campañas de los medios derechosos y sus bulos, etc. En los lugares donde practicamos estos métodos de base seguimos teniendo buenos resultados sociales, y también electorales. Tener una llamada de dirigentes culturales y de los movimientos a los partidos, una mediación desde metodologías participativas, hacer política desde las bases sociales, ser coherentes con lo que se dice (la participación también en lo interno, etc.) son factores claves, sin los que será difícil cualquier frente que se pretenda transformador, y que se mantenga más allá de unas elecciones concretas.
  5. La refundación de la izquierda andaluza y el andalucismo progresista mediante un proceso de apertura participativo, combinando la elaboración programática en común, así como la unidad de acción. Esta propuesta pasa por entrever operativamente la alternativa de conformación de Andalucía en la estructura territorial del Estado y su configuración social, en términos de clase, género y ecosistema medioambiental, definiendo los ejes programáticos de intervención a nivel político, a partir de las alianzas no tanto de las formaciones políticas de la izquierda transformadora y reformista como de las estrategias de movilización y las alianzas sociales con los sectores en los que hay que tejer no para sumar sino para transformar las condiciones de subalternidad. Ello implica un diagnóstico de la composición social, del territorio y de los actores políticos y sociales, analizar las tendencias, los factores subjetivos, los sujetos más dinámicos del campo de la cultura y los movimientos sociales y las brechas de antagonismos y de apertura de posibilidades que se dibujan en el actual escenario histórico. En Andalucía, y en general entre la izquierda patria, andamos de vueltas con lo que podemos definir como hipótesis italiana, abonando la división cuando más necesitamos sumar y multiplicar los esfuerzos de confluencia para transformar la vida y cambiar la historia. Por ello tiene lugar la desafección cívica. Y por lo mismo, también, Andalucía no cuenta. Recientemente, la Plataforma Andalucía por la Mayoría Social atisbó una ventana de esperanza en forma de coalición de las ilusiones por la construcción de una alternativa para nuestra tierra y una política inteligente con la que sumar. Sobra decir, porque es público y conocido, que tal convocatoria fue un éxito y ha abierto ventanas de oportunidad para construir alternativas de futuro y esperanza para el Sur y para los de abajo. Pero también es reconocido que lograr el objetivo de una lógica otra frente a la devastadora máquina de destrucción neoliberal de la derecha extrema no va a ser cuestión de días ni tampoco nada fácil. Hay que mudar formas de articulación política, cambiar las posiciones de observación y permear sobre todo las organizaciones partidarias con cuerpo y pasiones alegres, con más ciudadanía y mayor capacidad de escucha activa que no es solo oír demandas en audiencia sino más bien procurar por sistema transformar la vida y cambiar la historia a ras de suelo, al cabo de la calle, con sentido del común.
  6. La vindicación útil de los derechos, la realización política efectiva, pasa por actuar, en lo concreto, de forma recta en la izquierda, evitando sectarismos y salmos para la autopromoción publicitaria. Análisis, crítica, elaboración colectiva y unidad programática de acción. Ni más ni menos. En el homenaje que hicimos hace un año en La Carbonería a Julio Anguita, desde el Ateneo Republicano de Andalucía, la lección compartida por los asistentes fue más que clara a este respecto, pero algunos no acaban de enterarse. Miran más hacia arriba de Despeñaperros que a los lados y hacia abajo, justo cuando más hemos de transitar por el frente amplio de una mayoría de progreso. Toda política contraria a este mandato es renunciar a mandar obedeciendo a los sectores subalternos, que piden, emplazan y, hoy más que nunca, esperan construir otro modelo de país en Andalucía. Más aún, toda propuesta no comprometida con este principio está condenada al fracaso. Es hora pues de una convocatoria por la gente, hora de multiplicar la disidencia, que no es dividir la izquierda sino articular el descontento contra el austericidio en su forma política actual y no lo contrario que es lo que está sucediendo: dinamitar en fin las luchas sociales por falta de dirección y representación en formas organizativas que, por necesidad histórica, han de ser innovadoras, híbridas, político-sociales y, como dicen en otras latitudes, movimientistas. Y quienes se enroquen en su aislamiento, sepan que, como sucediera en otros momentos no tan lejanos en el tiempo, la historia los retratará, básicamente como lo que vienen siendo: aves de paso, tragicómicos personajes burlescos o, peor aún, traidores a la causa del pueblo andaluz por activa u omisión manifiesta. Porque no todo el problema de nuestra tierra es culpa exclusiva del gobierno ultra de Moreno Bonilla o por décadas del partido-Junta del PSOE, que ni está ni se le espera. Hay una responsabilidad histórica que hemos de asumir la izquierda andaluza trascendiendo modelos periclitados, evitando la tentación de la llamada nueva política, más propia de una feria de vanidades que, como aquí se propone, de una cultura radical. De hecho, este es el principal peligro de la comunicación política progresista. La nueva generación de dirigentes es partícipe de la cultura del like, no del pensamiento negativo, ni antagonista, sino del discurso de fenomenal, esto es, viven anclados en la hapycracia de lo peor. El clickactivismo es la política de lo imposible, la pospolítica o, si se prefiere, la antipolítica de la nadería, porque no hay mediación cognitiva, ni social ni política. Una estética relacional que niega todo principio de compromiso, que surfea en el narcisismo primitivo, sin sustancia, ni verdad, basculando solo en el universo de la reacción, es tanto como decir que habitan en la reproducción del orden reinante, de derecha a izquierda, de arriba abajo, contando con las bases replicantes que hoy proliferan por doquier. Semiótica de la simulación poco o nada evocativa, salvo la de recitar el salmo del líder electrónico de turno, en este modo de producir el relato, la fuerza de la elipsis se ha eclipsado por el presente perpetuo del like, por el carrusel de la vanidad incandescente que todo lo abarca y que, a fuerza de tanta futilidad, vamos a acabar añorando el cuplé y el género chico, lo nacional popular, y la política cabaretera que es más de Brecht que de Echegaray. La política, como la academia, se ha convertido en una casa de citas, una suerte de arte manierista de la nada por principio, salvo la emulación o el mero enunciado de la espiral del disimulo. Así las cosas, la lógica citacionista de la pura reproducción inocua que todo lo inunda nos deja sin voz ni horizonte histórico. Puede que los Smart boys o la llamada generación de cristal adolezcan de un malestar tanto fisiológico como cultural que determine esta forma de comunicación dominante, pero lo que es una evidencia es que nos gobierna en la izquierda un ecosistema de mediación simbólica que puede ser considerado una pandemia y que, desde una ética emancipadora y socialista, debe por principio, y cuanto antes, ser combatida, no casualmente, por cierto, empezando por la Andalucía barroca. En estos momentos la sociedad civil andaluza está imbuida de desafección política, con fragmentación social y política, pero cuenta con importantes iniciativas y movimientos sociales activistas que la izquierda transformadora ha de tomar en consideración.
  7. Hemos de empezar por un análisis concreto del mapa político y social andaluz, de la estructura económica y sus actores, de las tendencias históricas y la estructura de sentimiento del pueblo andaluz, un estudio de las relaciones de dominio, a nivel del Estado, y de las formas de opresión y liberación de los diversos factores y procesos de constitución de la subalternidad que vive nuestro pueblo. Somos conscientes que nos enfrentamos a problemas estructurales importantes como la crisis y explotación medioambiental, la concentración de la tierra, la dependencia de la matriz productiva, el dominio colonial y los desequilibrios, de variopinto tipo. Somos conscientes, a su vez, que la izquierda andaluza tiene su razón de ser en la defensa de los intereses de las clases trabajadoras tanto a corto como a largo plazo, en Andalucía y desde Andalucía para el conjunto de las personas trabajadoras en España, Europa y el mundo. Pero, siendo claros, honestamente, hemos percibido en la dirigencia de la izquierda andaluza y nacional, en la nueva generación de dirigentes cierto desprecio por lo nacional popular. Esta élite intelectual vive al margen del sentir de campesinos y grupos subalternos, ante los que manifiestan un absoluto desprecio y una incomprensión a la hora de definir un proyecto que capture la voluntad de rebeldía y sometimiento de estos sectores subalternos. Una política de frente único, la unidad popular, solo es posible por la base. O cambia el método o no tendremos un frente amplio. Esta cuestión no está en discusión, está por hacer y definir en la praxis.

En cualquier caso, y conscientes del actual escenario político en el Estado y nuestra tierra, el reto del Frente Amplio Andaluz y la alternativa de izquierda solo se resolverá fuera del Parlamento y las instituciones, en ocasiones contra el parlamentarismo, y ello pasa por trascender la fase coalición por la construcción de unidad popular. El barlovento dialéctico tiene la durabilidad que un chubasco veraniego. Precisamos organización, un programa común, un espacio articulado, una doctrina y un horizonte de proyecto alternativo visible, posible y concreto que confronte la triple dependencia que padecemos en Andalucía:

  1. Del capital financiero internacional y especulativo que explota nuestra tierra
  2. Del centro político que marca la agenda y política pública en las formas partidarias y en la organización del Estado
  3. Y del proyecto de soberanía compartida de la UE que marca una posición periférica y subalterna a España y, por ende, a Andalucía.

El primer paso para ello es abrir campo y discutir los principios y formas de articulación política del frente amplio, a modo de ensayo tentativo y experimental que acometa los frentes culturales que dominan Andalucía: sea el extractivismo, la subalternización de nuestra cultura y espacios, la infradotación de recursos, la dependencia informativa y cultural, el proceso de modernización autoritaria y conservadora o los desequilibrios de todo tipo, de clase, género, territoriales. Un movimiento consecuente obligado para tejer la idea de frente amplio es fortalecer los espacios conjuntos de convergencia política, institucional y social, desplegar una base política y organizativa sólida más allá del ámbito institucional para resistir mejor los ataques de las derechas radicalizadas. La posición institucional privilegiada que ocupa Sumar tanto en el Gobierno de coalición como en el parlamento a nivel estatal debe traducirse en recursos para una mayor coordinación estratégica y una consolidación por debajo de los espacios de convergencia, pero no ha sido así y de facto no es una herramienta que ya sirva para unir las izquierdas en Andalucía y en general. Construir alianzas sociales, reforzar los movimientos sociales y articular sociedad civil es pues la asignatura pendiente que hemos de acometer. Las bases sociales del Gobierno de coalición son, como hace cuatro años, débiles. La fatiga, la merma de expectativas o la división son algunos de los elementos que explican que la situación por abajo de las bases sociales de la izquierda no sea ostensiblemente mejor que por arriba, en el ámbito político-institucional tras el 23J. Sin embargo, tanto el Gobierno como la izquierda política necesitamos contrapoderes con tiempos y dinámicas propias, ajenas a los ritmos siempre frenéticos de la coyuntura institucional. Algunas de las organizaciones que conforman POR ANDALUCÍA disponen a tal fin de un capital político y dilatada experiencia histórica de tejer alianzas, construir urdimbre local con arraigo y organización en la lógica de confluencia. Por destacar el actor político más importante, IU-CA, es preciso recuperar la experiencia que supuso Convocatoria por Andalucía, que transitó de una coalición a una federación de partidos. Desde esa experiencia de construcción de un movimiento político y social, desde la experiencia de intentar generar la convergencia de organizaciones políticas, sociales y sindicales, es como podemos dar forma a la construcción de un Frente Amplio en Andalucía, favoreciendo en todo momento la vocación unitaria y la refundación necesaria de la izquierda andaluza.

En estas tesis para un cambio social en Andalucía, somos conscientes de la falta de un proceso de maduración política tras el 15M para una alternativa conjunta de las izquierdas andaluzas, de hecho, a día de hoy, no se ha logrado pese a la exploración de algunas tentativas unitarias. y no es un problema de ciclo de repliegue ante la emergencia de la ultraderecha y el discurso reaccionario, sino más bien de maduración e inmovilismo de la izquierda, pues las causas del fracaso de Podemos y sus epígonos, como SUMAR, son las mismas que están presentes desde entonces y que impidieron en el XIX y en el pasado siglo alternativas de futuro consistentes. Hace falta por consiguiente un diagnóstico y autocrítica que, de forma sucinta, se apuntan aquí a modo de ensayo o texto para el debate. La más evidente es lo que hemos convenido llamar Hipótesis Italia. A saber: no se pueden construir nuevos marcos cognitivos sin marcas, ni partidos o proyectos políticos sin territorio ni contexto. Estas son precondiciones para perfilar alternativas proyectivas de futuro. Hasta ahora hay un déficit de funcionamiento democrático en la articulación del espacio político común que haga posible la idea demandada de FRENTE AMPLIO ANDALUZ y para revertirlo, es preciso que Por Andalucía, como expresión actual del Frente Amplio, o la denominación acordada en común, se referencie en el conjunto de actores que lo conforman y, de la misma manera, cada una de sus partes también sea voz del Frente Andalucía Libre, o como quiera se acuerde su denominación.

En los documentos constitutivos se definió Sumar como un paraguas que agrandamos y sostenemos entre todas y todos para dar cobijo a todas las izquierdas y a todos los actores, sean partidos o personas independientes. Coherentemente con ello, se decía, no apostamos por crear un partido al uso en el que se disuelva la diversidad, ni tampoco por crear un partido-marca sin arraigo territorial, pero en la práctica lo vivido es un proceso controlado no democráticamente por una de las partes que, desde Andalucía, agravó la revolución pasiva dirigida por las oligarquías más retardatarias con una deficiente conformación tanto del Grupo Parlamentario Plurinacional como la política de Estado desfavorable a los intereses de nuestra tierra por una visión errejonista periclitada y ajena a la realidad social y política que vivimos.

Tenemos ahora el reto de conformar un lenguaje y una comunidad de pensamiento, diálogo e intervención social en Andalucía en común, entre todas y todos, tejiendo una plataforma con las fuerzas, tanto políticas como sociales dispersas, a partir de nuevos principios y dinámicas internas. La necesidad de una plataforma común es evidente, y la vindicación de una inteligencia organizada en pro de un proyecto de emancipación igualmente latente. El tiempo del realismo político confederal y los procesos tecnocráticos centralistas ya no son válidos para una alternativa de futuro y progresista en Andalucía. Es hora pues de una utopía liberadora de la potencia popular andaluza superadora del cardonismo y del bonapartismo impuestos en los últimos quince años. La evidente necesidad de una izquierda partisana en Andalucía y un andalucismo militante de izquierdas trabajando codo con codo pasa, en otras palabras, por trascender lo vivido recientemente en SUMAR, el dominio de dirigentes que quieren cuadrar la realidad con su visión, gente sin experiencia de militancia ni de lucha política de largo recorrido, que operan sin dirección ni sentido común, con estrategias suicidas que desconocen la correlación de fuerzas y mitigan toda autocrítica o visión alternativa a la supuesta competencia de la que carecen.

La cuestión meridional, la autonomía andaluza y su transformación histórica ha de acometerse desde una nueva posición política, asumiendo que la autonomía, la realización práctica de lo contenido en el actual Estatuto, solo podrá darse con el liderazgo de los sectores populares, organizando a las masas a partir de la unidad popular, lo que implica una izquierda menos hípster y más consciente de la situación en el campo, más articulada y menos elitista, mejor situada y menos abstraída de la realidad concreta en el tiempo propio que estamos viviendo. El federalismo republicano que hemos de vindicar no será posible sin esta trama que hemos de tejer en común, sin alianzas estables, sin una política que sea viva expresión de los intereses de las clases subalternas, sin una estrategia que piense desde el Sur y desde abajo el proyecto federal. Y eso hoy por hoy no es una realidad en SUMAR, o para ser más precisos Movimiento Sumar, donde el cucañismo es la norma general y el cuñadismo del pensamiento políticamente correcto la norma.

En definitiva, el compromiso histórico con Andalucía no puede cobrar la forma de coalición. Debe proyectarse al interior como apuesta por conformar un bloque histórico estable, y hacia afuera como una lucha y disputa por la cuestión territorial trascendiendo los prejuicios y estereotipos de lo andaluz subalternizado tanto con otras formaciones federales de la izquierda, en el seno del propio Grupo de la Izquierda Plurinacional de SUMAR, como de otros nacionalismos históricos periféricos.

Varios ejes de intervención deben articular en esta dirección la noción del Frente Andalucía Libre: la soberanía popular, la autonomía, la cuestión social, el liderazgo del Estado federal o la cuestión agraria que implica no otra cosa que cambiar el eje de intervención de lo urbano a lo territorial, de lo nacional a lo popular, del centro a la periferia y los márgenes, sean estos comarcas, barrios vulnerables o sectores extremamente precarizados. Una tradición a recuperar en este movimiento de desplazamiento político y articulación es el que históricamente ha venido desplegando el movimiento obrero y el andalucismo histórico:

  1. Crear ateneos andaluces, republicanos y de unión de entidades y movimientos sociales en defensa de la mayoría social.
  2. Reagrupar los sectores del campo con agendas comarcales, locales y provinciales concretas y reales.
  3. Organizar el movimiento jornalero y los pequeños campesinos.

En el paso del corporativismo al reformismo democrático, del proteccionismo y el librecambismo de la oligarquía financiera a la planificación democrática, la izquierda andaluza ha de ser consciente que sin unidad no hay futuro. El fraccionalismo y la dispersión de la izquierda, como sucediera en Italia, es el antecedente del pesimismo y la desmovilización social. Pero no toda unidad es válida. La unidad de formaciones no es la unidad popular y la experiencia en el ciclo político desde el 2015 lo ha dejado en evidencia. Si no se constituyen bases sólidas, ni escuchas en los territorios no hay proceso generativo ni transformador. La “democracia participativa” es el camino para el frente amplio que dé operatividad y continuidad en la práctica a una alternativa de futuro que sea referencial para la gente que más lo necesita. En palabras de Rodríguez-Villasante, se repite mucho que Podemos recogió el espíritu del 15M, pero más bien lo tradujo electoralmente, sin respetar la fuerza que tenía la capacidad de los “círculos” de base. Y cuando la ilusión de estos (a los que no se les escuchaba, salvo en plebiscitos sin deliberaciones) se fue acabando, solo el municipalismo de 2015 consiguió recuperar en parte las iniciativas de base. Sería bueno que pudiéramos aprender de los éxitos que se han construido con dinámicas participativas y avanzar, en lógica coherencia, en dicha dirección. Pero para esto, el proceso de emergencia de un proyecto en común exige cuando menos tomar en consideración los siguientes elementos:

  1. Las temporalidades. Toda política de articulación precisa tiempos lentos, si de construir una unidad popular se trata. Pero las urgencias electorales marcan la agenda y en el caso de Andalucía, los cuatro años con los que se contara para dar forma a este proyecto en el marco de SUMAR ANDALUCIA hoy se limitan a menos de un año si hay adelanto electoral, como es previsible que así suceda. Parafraseando a Gramsci, en este tiempo-encrucijada, en este estancamiento y crisis de régimen, urge prestar atención a los tiempos y la gente común. En sus propias palabras, “hay que crear gente sobria, paciente, que no se desespera ante los peores horrores y no se exalta con cada tontería. Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad”.
  2. La unidad popular. No hay frente amplio ni unidad de la izquierda desde el sur y desde abajo que impugne en una lógica constituyente el modelo de desarrollo territorial si todo se confía a dinámicas electoralistas. Ello supone una crítica al adanismo político, al cortoplacismo y a la lógica de coalición electoral que ha prevalecido en el último ciclo político, empezando por convocar asambleas territoriales y agrupaciones sectoriales abiertas y participativas desde el principio, y no con carácter finalista.
  3. La síntesis. El programa, la forma organizativa y la construcción político social del proyecto político de frente amplio ha de ser resultado de una síntesis consistente de las propuestas, experiencias, prácticas políticas y modelos de organización de los actores políticos participantes en el proyecto. De forma que, metodológicamente, y en el proceso de constitución de esta alternativa de futuro, es preciso una política de mediación y el despliegue de un proceso creativo liderado por la inteligencia colectiva.
  4. El liderazgo. Una clara evidencia del proceso experimentado con SUMAR es que el hiperliderazgo, como toda forma bonapartista, termina socavando la voluntad de transformación y autonomía política de los proyectos políticos emancipadores. Por tanto, es preciso avanzar en formas corales, diversas y colegiadas de dirección y representación política, siguiendo en parte el ejemplo del 15M y las voces anónimas que hicieron posible romper el cerco mediático y definir una potencia enunciadora como nunca antes en la historia de nuestra joven democracia.
  5. Las alianzas. El reto político de definición del Frente Amplio Andaluz pasa por ampliar la participación política y el control democrático de las bases, suturar las brechas y distancias entre organizaciones desde las militancias, integrar redes mancomunadas de confianza y cooperación, definir las alianzas y sumar actores desmovilizados para multiplicar la pluralidad y hacer efectiva una formación política transversal.

No es el objeto definir aquí hoja de ruta alguna, pero sí elementos, criterios y principios con los que definir el camino a explorar de una vez por todas. Corresponde a las organizaciones políticas y a los militantes diagnosticar y consolidar el necesario compromiso unitario de trabajo en común. El proceso de elaboración de programa, coordinación y estructuración de asambleas sería un buen punto de partida en la medida que sea una apertura a la participación que ojalá concluyera en forma de Asamblea Constituyente en Ronda y una Coordinadora Nacional resultado de un proceso de elección en territorio (provincia, municipio, comarca) democrático. Consenso, primarias, escucha activa, movilización, tejer, sumar y transformar el espacio pensando no en las próximas elecciones autonómicas sino en la construcción de país en el horizonte de 2030-2040 es lo que corresponde, aunque se afirme que la política es presente y las elecciones andaluzas inmediatas. En la historia de las luchas y frentes culturales, el movimiento obrero ilustra que solo se logró cambiar la historia y transformar la vida con otra temporalidad, con el fuego lento de las pasiones alegres y la sabiduría de las culturas populares. Toca empezar a caminar. Paso corto, y vista larga.