Eco y resonancias

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El pasado mes tuvo lugar un maratón-homenaje dedicado a Umberto Eco, con motivo del aniversario de su fallecimiento. La ocasión apenas trascendió en los medios, presos de la histeria informativa y las fuerzas centrífugas de control del acontecer social, con las que se suele imponer la narrative de la inanidad.

Hoy que se da una malversación del lenguaje en la pospolítica y se corrompen las palabras y la ética pública con el despliegue del trumpismo mediático, volver a recorder a Eco tiene, permita el lector el juego de palabras, una nueva resonancia.

La retórica de Milei puede, de hecho, ser mejor diseccionada con el célebre artículo del maestro de la semiótica sobre el fascismo. Y ahora que se rememora su figura conviene recordar su compromiso con el PCI, sus exploraciones creativas en la RAI, la crítica del despojo y la deconstrucción de los que Deleuze definía como discursos imbéciles tejidos con verdades bajas, además del cultivo del humanismo y las humanidades que hizo a lo largo de su obra en toda su extensión.

Ante la pérdida del sentido del trumpismo mediático, es hora de vindicar quien tanto cultivara el amor a la palabra y el libro. Nos lo debemos, si somos del orden de la autonomía y no de la consigna de la obediencia debida. El acto sin relato, la precariedad de la representación, con la consiguiente desafección política, proyecta una simbología extrema gobernada por los capataces del bullying.

La vocación publicitaria y su régimen de validación por repetición o pura redundancia configura asi un submundo hermético, la lógica burbuja, impenetrable a todo esfuerzo de argumentación racional. En cierto sentido, el trumpismo —o el mileismo— es una suerte de milenarismo, una teodiceca política de lo peor, que activa la reacción del malestar social como una rebelión contra toda revolución.

El enmascaramiento de las derechas alternativas o ultramontanas tienen, en este sentido, la virtud de dislocar, via usurpación del dominio común del lenguaje, el ágora democrática, negando, sistemáticamente, el principio de igualdad. Cuando todo es impostura (gesto, pose o modulación) en el discurso público, posicionarse pasa por deconstruir la reificación de la imagen congelada en nuestras pantallas y activar la memoria.

Hablamos de la batalla cultural contra la sinrazón como razón de la desafección y la irracionalidad objetiva. Y, por lo mismo, recordamos a Eco y las resonancias que nos evoca ante la impotencia misma del objeto cultural libro y de la palabra; de la huella como ausencia y presencia; del sonido y del silencio; de la evocación y provocacion interpelante; de la ambivalencia y las contradicciones del lenguaje y los referentes, hoy que lo literal es letal, y la palabra vacilante, titilante, negación de lo posible.

Esto es lo verdaderamente inédito, no tanto la crisis de representación de la que venimos hablando con motivo del giro linguistico, como de la ausencia misma de signifcación y sentido común que opera en lo mediato con nuestro legado cultural.

La velocidad de escape del turbocapitalismo anula la capacidad de pensar y decir imponiendo el opacamiento generalizado políticamente, el absurdo delirante configuracional. Y eso no cabe olvidarlo, como tampoco el ejemplo que nos brindó en persona en su visita a Sevilla el autor de El nombre de la rosa.

Pocos años antes de su fallecimiento, tuve el honor como decano de proponer el Doctorado Honoris Causa por la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla. No todos conocían lo que Eco ha supuesto para el campo de estudios de medios en todo el mundo, y menos aún el interés de nuestro homenajeado por la ciudad de Sevilla, capital del imperio del periodo histórico que mejor conocía.

Recuerdo que algunas autoridades académicas me cuestionaban si iba a venir, dado que ya tenía un innumerable listado de doctorados honoris causa. Y, de hecho, la primera fecha cerrada con su secretaria tuvo que suspenderse por enfermedad, con todo lo que ello implica para un acto protocolario de tanta importancia en la Universidad.

Pero yo sabía que Eco amaba Sevilla y no por amistad, que no la tenía. Mi relación con él no pasaba de ser la de un mero lector y estudioso de su obra semiótica y de haber asistido a varias conferencias que impartió en la Universidad Complutense de la mano de su discípulo, Jorge Lozano.

Pero tenía consciencia de su interés por la cultura hispalense. De hecho, cuando confirmó la aceptación del Doctorado Honoris Causa, solo me puso una condición: quería conocer la Biblioteca Colombina de primera mano. Y así hicimos. Durante tres días, los paseos por la ciudad, almuerzos y charlas informales fueron todo un descubrimiento, al igual que compartir estancia con el personaje.

Primero, me sorprendió su gran humanidad y el sentido del humor, muy irónico, socarrón y similar al humor negro granaíno de quienes compartimos la cultura de la malafollá. Y, lo segundo, era su conocimiento continental de la historia y el patrimonio monumental de la ciudad. Nos dejó perplejos a todos.

Por aquel entonces, Eco ya tenía numerosos achaques de salud, principalmente gota y, supongo, problemas de azúcar, pero con humor decía que, dado que no viajaba su esposa y estaba libre de cuidados, podía tomar un guisqui de más. Y así hicimos para que conociera la gastronomía local, aunque ya había visitado la ciudad anteriormente, y cumplir con los pequeños placeres del paseo, cual flaneur, entreverada por la conversación.

Como pueden suponer, y tratándose de Eco, todas las instituciones culturales de la ciudad colaboraron, y nos programaron visitas reservadas tanto en la catedral como en la Biblioteca Colombina. Imaginen lo que ello significaba para un amante de los libros como Eco, que terminó por ser nuestro guía, con grata sorpresa de la directora de la biblioteca, que tuvo a bien regalar algunas réplicas del fondo.

La visita fue toda una lección de historia del libro, de las Américas, del archivo de Indias, en fin, de todo lo que un bibliófilo experto como Eco nos aportó con su honda sabiduría y erudición. De ello quedó constancia en el curso que organicé con la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP) sobre Comunicación y Barroco, patrocinado por Focus Abengoa, donde también intervinieron referentes del pensamiento como Roger Chartier.

En ese curso, Umberto Eco hizo una intervención memorable sobre Enciclopedia barroca y la actual enciclopedia digital. Corría el año 2010, y todavía existía prensa local de prestigio que se hizo eco a diario de la visita del gran maestro.

Días de confidencias, aprendizajes, diálogos y descubrimientos que, para la comunidad académica de la Facultad de Comunicación y la Universidad de Sevilla, pueden calificarse de un hito histórico. Doy fe de ello y, personalmente, puedo considerar el encuentro una de las experiencias más enriquecedoras en mis más de treinta años de actividad académica.

Eco resultó tan solícito, cercano y comprometido con la ciudad y con quienes, como académicos, organizamos su visita que no podía concluir su viaje sin un recuerdo de su estadía en la ciudad. Y francamente no era fácil. Como bibliófilo, sorprenderle era materialmente imposible, y ya había guardado algún incunable de la Colombina. Y un presente de la cultura propia, cerámica o giraldillo, no procedía en su caso.

Así que, dado que la Universidad no contemplaba presentes por protocolo, procuré por mis propios medios un cuadro de Santo Tomás. Una pieza antigua que Eco no quería aceptar porque era consciente del alto valor económico y simbólico, y que finalmente logré que llevara para formar parte de su gran biblioteca personal.

No volví a conocer alguien tan humano, sabio, con un sentido del humor tan lúcido y creativo como él. Si acaso su colega y amigo Paolo Fabbri, a quien recibí siendo presidente de la Fundación Fellini y que añadía a las virtudes de su maestro un hondo sentido de la cultura popular como buen vivir.

Historias, recuerdos, en fin, que sirven para no olvidar que, en tiempos de silencio y de tinieblas, en horas tan atribuladas y terroríficas como estas, la máxima o principal resonancia que aprendimos de los grandes maestros como Eco es justamente que nada de lo humano nos es ajeno y que es preciso para ello aplicar el principio ético de Sabere Aude. Este es el reto civilizatorio que está en juego en tiempos de brutalismo mediático.

La virtud de Montalbán

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Dice —es un decir— que los tiempos de los Teo León Gross y Antonio Naranjo, de la manipulación en Canal Sur y la censura persistente de los Quirón de siempre, es el peor periodo de la historia que jamás ha vivido la profesión periodística y que contra Franco vivíamos mejor, aunque, paradójicamente, hoy el franquismo sociológico avanza galopante cultivando la guerra de la información, la organización corporativa del odio político de la extrema derecha y sus terminales mediáticas, activas como antaño hicieran en dictadura y durante la transición.

La diferencia, quizás, es que no abundan, en medios de referencia, periodistas virtuosos como Manuel Vázquez Montalbán. Pero las constantes son las mismas que diagnosticó en Informe sobre la información. Una politización, la activa toma de posición y ventaja de los grupos de presión de la oligarquía económica que cerca a los profesionales en la precaria dependencia de un juego perverso de alternancia bueno-malo, en el que descansa la manipulación integradora y la drástica represión, a veces sublimada, de toda voz crítica dispuesta a explorar otro relato de la historia.

“En caso de que el profesional de la información descubra que los molinos de viento son gigantes realmente y en ristre la lanza, entonces cae sobre él todo un mecanismo represor, en el que actúan mancomunados el Estado, la empresa y todas las superestructuras cómplices”. Desolador panorama pero no inédito.

Ahora, ante este paisaje mediático, la cuestión es, como siempre, pensar cómo avanzar, qué nuevas mediaciones productivas se pueden desplegar en un horizonte informativo tóxico y colonizado por la retórica fascista y tecnoutópica de los nuevos señores feudales.

Y a uno se le ocurre, si de algo puede servir, volver a los clásicos, aprender a leer la realidad con el método y rigor de Montalbán a quien estos días, coincidiendo con el aniversario de su muerte, rendimos homenaje, el debido tributo y reconocimiento a la ejemplaridad republicana, tal y como demuestra la antología de textos Militante y clandestino que ha editado recientemente Atrapasueños.

Después de Chaves Nogales y Corpus Barga, Vázquez Montalbán es, sin duda, el mejor periodista del pasado siglo XX. Su obra, a la par que singular, supuso una excepción en el panorama informativo hegemónico, no solo por su decidida articulación con la filosofía de la praxis, sino también y sobre todo por su criticidad al interpelar en todo momento, en forma de diálogo público, al ciudadano.

Así que si admite el lector una sugerencia, el atrevimiento a recomendar una lectura más enjundiosa que esta columna, asómese a las páginas de los artículos publicados por el autor en Treball y Mundo Obrero, y obtendrá un retablo panorámico y diverso, a modo de enjambre de posibilidades, que ayuda a comprender nuestro presente a partir de una lectura a contrapelo de la historia, como sugería Walter Benjamin.

Hablo de recuerdos vivos del futuro-presente en el que vivimos atribulados y confusos en la ceremonia de la desinformación de los Miguel Ángel Rodríguez de turno. Entre la represión y la integración, la lectura de sus artículos nos muestra una anatomía de los aparatos ideológicos del Estado y el modus operandi de los discípulos de Dovifat en defensa de las clases subalternas.

Nuestro autor en suerte siempre tuvo claro que ejercer el periodismo es intervenir, escribir al cabo de la calle, desplegar textos de actualidad liberadores como una suerte de ejercicio político-cultural. Era, como reclamara Larra, una cabeza valiente, capaz de poner el calor del corazón en servir a las clases populares sin concesiones a la frivolidad.

Conocía de primera mano la hartura de los de abajo, el «tanto peor, tanto mejor» de los Rajoy y palanganeros de la historia. Recorrió a diario, de la niñez a la vida adulta, cárcel incluida, los márgenes y la subcultura de la resistencia; conocía como el heterónimo de Machado las cartografías de la subalternidad y supo dar forma literaria a las tramas narrativas del engaño del orden reinante, retratando como nadie la España posfranquista en forma de sociología del despojo.

Cronista de la intemperie, su obra es un vasto y consistente legado cultural rico, diverso y penetrante que es necesario consultar para diseccionar con criterio los males que nos aquejan, más allá de la epidermis social. Nos referimos a la corrupción, el rentismo, el capitalismo de amiguetes, la cultura del estraperlo, el telespañolismo, el autoritarismo, la patrimonialización, el caciquismo y la chabacanería populachera.

Por no hablar de la función de periodistas e intelectuales sobre las que ya advirtió en Panfleto desde el planeta de los simios cuando denunciara la operación de descrédito de la razón crítica protagonizada por una beautiful people intelectual, compuesta mayoritariamente por exjóvenes filósofos, sociólogos de saldo y exjóvenes líderes de opinión que conocían los caminos que llevan a la mesa del señor, según la antigua enseñanza del escriba sentado. Vamos, lo que es el amigo Teo cuando censura, desinforma y manipula al servicio de la extrema derecha desde la tele de todos los andaluces.

Contra los cipayos de dudosa moral y siervos de la gleba de los GAFAM, toca pues, en la actual coyuntura histórica, aprender a hacer inteligible lo real concreto y sentar las bases de un liderazgo moral e intelectual liberador para las masas. Este es el nodo vital que Vázquez Montalbán nos legó, enseñándonos la virtud republicana del decir y hacer en común desde la política del acontecimiento informativo.

Ante las disonancias cognitivas, el filibusterismo, los trampantajos, el trilerismo de la oligarquía económica, los mitos de la propaganda de los herederos del régimen y sus formas fariseas de postureo en redes y en la cámara de la soberanía popular, siempre nos quedará la paz y la palabra, el periodismo anclado, radical, de veracidad contrastada, consistente no solo en el fondo, y trasfondo contextual e ideológico, sino luminosamente cuidado en la forma, hecho por orfebres e imagineros mayores de eso que fue y es, lo que el maestro López Hidalgo gustaba denominar «periodismo reposado».

Justamente mañana en Montilla recordaremos al maestro andaluz de la Periodística con la presentación del libro El control del periodismo en España. Cómo la Junta Electoral Central condiciona la información política, una obra que llega avalada por el primer Premio de Periodismo «Antonio López Hidalgo». Él, como el maestro del Raval, sabía bien que no hay verdad sin pasión. Y en eso andamos.

Información y cultura deliberativa

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El próximo mes de agosto concluye el plazo marcado por Bruselas para cumplir con las exigencias del Reglamento Europeo de Libertad de Medios y no parece que el despliegue del plan gubernamental anunciado avance significativamente en esta materia.

Bien es cierto que en la cámara de diputados se han tramitado algunas medidas relativas a transparencia, información gubernamental y grupos de interés. Un avance, sin duda, desde el punto de vista de la modernización y la reforma institucional adecuada a estos tiempos.

Pero sigue evitándose regular el derecho a la comunicación en la base de la cultura democrática deliberativa. El argumento interesado de las empresas dominantes en el mercado, contrarios a toda regulación, se ha impuesto como justificativa para impedir la necesaria voluntad de construcción en común del dominio público.

Aunque parece evidente que ha llegado la hora de abrir el espacio de interlocución a organizaciones sociales, sindicatos y academia, además de los gremios profesionales y las propias empresas periodísticas, si hay voluntad política de mejorar las condiciones de convivencia democrática, no se observa voluntad política de las fuerzas mayoritarias en esta dirección.

El problema es que de no avanzar la reforma del sector, superando la discusión sobre los medios hacia el horizonte de mediaciones productivas, tendremos un ámbito quebrado, históricamente suturado por brechas y ausencias de dispositivos conjuntivos en un tiempo, el trumpismo, proclive a la restauración autoritaria.

En la línea que ya propone el Reglamento Europeo sobre la Libertad de Medios, en la era de la información, no podemos seguir manteniendo debates estériles y decimonónicos, sobre la pertinencia de regular o no la actividad de los medios.

No se trata siquiera de consensuar una ley general, sino más bien cómo construimos una arquitectura jurídico-normativa que garantice el derecho ciudadano a la comunicación, que es un derecho universal, así reconocido por la UNESCO. En este sentido, un gobierno de progreso no puede ser timorato cuando lo que está en juego no es más ni menos que la propia democracia.

Un avance sustancial y profundamente reformista es urgente porque en nuestro país no se han acometido políticas estratégicas por parte del Ejecutivo y los legisladores. Y a día de hoy incluso una mera modificación del Reglamento del Congreso suscita, entre las terminales mediáticas del IBEX35, una diatriba sin contención ni mesura.

Por más que se insista en la panoplia de redichos sin consistencia ni razón en contra de toda norma, lo cierto es que hay un mandato de Bruselas que nos obliga a legislar en la materia. El Reglamento Europeo de Libertad de Medios exige, explícitamente, la autonomía e independencia de los medios públicos y tenemos un Real Decreto que abunda en el tradicional modelo de gubernamentalización del Ente Público.

La instrumentalización tanto del PP como del PSOE de los medios públicos reproduce una lógica y racionalidad que convierte por sistema la autonomía de los medios públicos en una promesa históricamente recurrente y siempre incumplida, a excepción del concurso público bloqueado desde el principio por el bipartidismo.

El resultado es que, a día de hoy, RTVE, y los canales autonómicos aún más si cabe, operan como altavoces del PP y del PSOE con un modelo caduco de organización, una producción, por lo general, externalizada y una programación que, lejos de contribuir a los valores democráticos, replica discursos y visiones más propias de otros tiempos, con un sesgo partidista manifiestamente marcado en sus contenidos informativos y de entretenimiento.

Por otra parte, la regulación y desarrollo de los llamados medios del Tercer Sector no ha sido atendida por los sucesivos gobiernos, pese a su reconocimiento en la Ley General Audiovisual. Los medios comunitarios continúan en una situación de interinidad sin apoyo económico ni un marco que canalice la voluntad ciudadana de decir y hacer en el campo de la comunicación. Y qué decir del pilar de los profesionales.

Las medidas parciales en defensa del trabajo periodístico como la supresión de artículos lesivos de la ley mordaza son a todas luces insuficientes cuando la precariedad amenaza el principio de autonomía del sujeto cualificado del derecho a la información y la IA tiende a vaciar las redacciones de profesionales responsables que se supone han de aplicar los códigos y valores de la profesión.

La excesiva concentración informativa amenaza nuestra democracia con el dominio duopólico en el audiovisual, complementariamente a la concentración intensiva de la prensa, y el dominio del capitalismo de plataformas que, como apunta el Reglamento Europeo, nos hacen dependientes informativamente, socavando el principio de soberanía, y la propia pervivencia de los medios autóctonos en favor de los nuevos intermediarios de la revolución digital, sin que el Congreso establezca límites claros para definir una estructura de la información plural y equilibrada.

La renuncia de los sucesivos gobiernos a regular el sistema informativo ha llevado, como consecuencia, a mantener un marco normativo claramente limitado con una ley de publicidad institucional ineficaz, una regulación de secretos oficiales que abunda en la falta de transparencia del Estado y la siempre postergada reglamentación del secreto profesional y la cláusula de conciencia.

En su comparecencia en la Comisión de Calidad Democrática, Ignacio Escolar puso el acento en esta contradicción que explica en parte la desafección y falta de confianza de la ciudadanía hacia los medios. Resulta paradójico que desde el ámbito profesional se defienda la autorregulación por sistema al tiempo que se mantienen marcos normativos de la dictadura.

Pareciera que no hay voluntad de transformar un ámbito necesitado de intervención desde los tiempos de Manuel Fraga como Ministro de Información y Turismo justo en un momento en que Trump despliega su potencia de fuego en las redes y en el marco del Estado se naturaliza la lógica del mediafare.

Mientras, la cultura de las pantallas móviles y difusas de la cuarta revolución industrial hace tiempo que desplazaron el debate sobre derechos de la ciudadanía de los contenidos de edición a la red tecnológica y los proveedores de servicios, sin que desde las políticas públicas se haya promovido la educomunicación al objeto de fomentar una cultura mediática y digital responsable, crítica y consciente de las lógicas de desinformación y control social que las grandes plataformas y redes sociales promueven diariamente.

La comunicación no es una mercancía, es antes que nada un derecho fundamental para la participación en democracia y exige en consecuencia un esfuerzo de pedagogía democrática si apostamos por una cultura deliberativa sana, plural y productiva.

La primera libertad de prensa, decía Marx, consiste en no ser una industria. Es hora pues de acometer el Derecho a la Comunicación como un derecho humano fundamental, como un derecho universal que ha de proteger la información en tanto que bien público esencial para nuestra democracia, procurando una ecología de la comunicación democráticamente saludable, consistente, sostenible y compleja, como el tiempo que nos toca vivir y transformar.

 

Homo ludens

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Desde la revolución francesa, la fiesta ha sido una manifestación propiciatoria para organizar una nueva experiencia del mundo, para cultivar la pedagogía de otro mundo posible, en tanto que expresión y cultivo del vínculo de lo común.

Como ilustra Oma Ozouf en La fiesta revolucionaria, con la modernidad la cultura se transforma en un espacio de reconocimiento y reproducción de los sujetos sujetados, entre el universo de la producción y la pura vida.

En este proceso, la gran transformación del capitalismo da lugar a una suerte de transferencia de la sacralidad e instauración de nuevos ritos que, como todo el reino de la mercancía, terminará formalizándose en torno a la industria cultural.

Hoy la ampliación de los espacios de consumo ha alterado, sin embargo, la tradicional correlación entre mundo del trabajo y recreación inaugurando nuevas lógicas, necesarias por otra parte para el capitalismo rentista, con el desplazamiento de la figura del Homo Faber por el Homo Ludens.

Sabemos desde Marx, y antes con Hegel, que el sujeto de la modernidad es un actor creativo. Y en la era de la gamificación un sujeto de derechos cuyo horizonte vital es el consumo y el juego, no el trabajo. De ahí la necesidad de vindicar la Renta Básica Universal, del productivismo y la fábrica al republicanismo y la libertad o autonomía de la cocreación.

Ahora, en el capitalismo de plataformas, el juego es básicamente neg/ocio, lo contrario a la autonomía y el tiempo imaginado para sí del homo ludens.

Proyectos como Google Stadia o xCloud de Microsoft se disputan los mercados de futuros de la jugabilidad que los usuarios tienen al alcance para vivir jugando o para jugar como se vive, que tanto da, pues la lucha es por el control total del proceso de reproducción, de la totalidad como pantalla futura. Suena a distopía, pero no lo es. Se trata más bien de un campo en construcción dominado por las grandes compañías que juegan a su favor con la renta tecnológica.

El universo empresarial de lo gaming replica para ello el modelo de negocio NETFLIX y, enganchados como estamos a las series, pretende colonizar nuestro tiempo, y nuestros juegos en red. Una suerte de estrategia a lo Juegos del Hambre que contrasta con el proceso de desindustrialización y precarización del empleo a la vez que se abren yacimientos de negocio en la era del teletrabajo y la neta META.

Solo en España hablamos, según la Asociación Nacional de Videojuegos, de más de 3.500 millones de euros y de 23.000 empleos, aproximadamente. Con el 5G, el volumen de negocio crecerá notablemente en el país y en la UE, como ya se prevé igualmente en Asia y Norteamérica. Pero la obsolescencia tecnológica y el rendimiento decreciente dibujan un horizonte problemático para gigantes como Nintendo o Sony, al tiempo que abren nuevas posibilidades a los gamers que bien merece la pena pensar desde la política pública, aunque, a priori, pareciera que el juego es un asunto poco serio, contando incluso con que estamos ante una de las principales industrias de la comunicación y la cultura del ocio.

La centralidad de este sector en la industria cultural es de tal magnitud que muchos actores de las llamadas big tech toman posiciones pensando en el futuro escenario de la pantalla global. La compra de ACTIVISION BLIZZARD por MICROSOFT anticipa en este sentido procesos de concentración y estrategias de compra, como viene haciendo DISNEY, que deben ser analizados, como también cuestionada la lógica de producción y el discurso de los videojuegos, un universo con narrativa y procedimiento singulares cuya violencia simbólica, más allá del pánico moral conservador que se activa en procesos de tanto cambio e incertidumbre, debe ser cuando menos objeto de reflexión, entre otras razones porque hablamos de un negocio de más de 800.000 millones de dólares, solo en 2024, y que convoca a diario a miles de millones de usuarios.

Es tiempo en fin de politizar el juego, de disputar la hegemonía del nuevo sujeto de la era digital, inmerso en la filosofía de Second Life, el caballo de Troya de la especulación financiera, sin seguridad jurídica ni regulación, sin derechos ni el sustrato cultural necesario para una vida digna de ser vivida, en lo real y en la esfera o espacio de lo virtual. En definitiva, es tiempo de activar el viejo topo de la historia. Frente al evidente y notorio eclipse de la fraternidad (Domenech dixit) y el desconsuelo del aislamiento de las videoconsolas, es tiempo de construir con el Homo Ludens más comunidad y mejor convivencia. Más calle, más cuerpo, más compasión y más comunismo. Los videojuegos, no lo duden, también pueden servir para ello.

Tomado de Mundo Obrero

Generación Silver

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Todo cambio epocal implica una transformación de las formas de vida y la experiencia, cambios en la subjetividad y en la vivencia de eso que Raymond Williams denominaba «estructura del sentimiento». La de nuestro tiempo, la del amor líquido, afecta en especial a la generación Silver, la llamada baby boom o, para algunos, la Generación Meetic

El nombre, como es lógico, es lo de menos. No somos del gremio académico nominalista. Líbreme yo, además, de defender toda marca o compañía de las big tech en la era del capitalismo de plataformas. Ponga, en fin, el lector el nombre que tenga a bien convenir.

Lo que importa, a todos los efectos, para el caso que nos ocupa, en este tiempo de zozobra o de sexo fluido, es cómo hacer posible lo social, de qué forma se sostienen los vínculos, si es que este deseo es razonablemente viable en las turbulencias impuestas por el turbocapitalismo de la era digital.

Dice la letra de una samba que «la vida es el arte del encuentro» y he aquí que el personal anda en los últimos tiempos disperso y disgregado, con el deseo sin brújula, orientación ni sentido. En su último libro traducido al español, el filósofo italiano Diego Fusaro plantea en El nuevo orden erótico las disfunciones sentimentales de un capitalismo depredador que amenaza toda convivencia.

La propia idea de fratria, de solidaridad y cooperación, por exigencias de una circulación acelerada de mercancías, símbolos y sujetos intercambiables se torna cuasi imposible. Pues la lógica de valorización por desposesión nos despoja de nuestro propio entorno familiar, de la propia idea de intimidad, necesitado por su naturaleza de amores fugaces, sujetos libertinos, nómadas, migrantes, acelerados, sin habitus, deshabituados, sin raíces, encadenados al movimiento perpetuo, como una cinta porno interminable, siempre en acción.

Más allá de las simples críticas de rojipardismo que se suelen atribuir al autor desde la llamada izquierda wok, una lectura de este ensayo exige cuando menos una reflexión serena sobre el erotismo, la disputa del sentido común sobre el amor y la familia, a modo de vindicación, en tiempos de libre comercio.

Más aún cuando la Generación Z asume acríticamente, a veces de forma antagónicamente inconsciente, la imposibilidad de toda relación estable, condicionado como está por un mercado laboral que proyecta narrativas y vidas precarias, formas intermitentes de subsistencia que limitan una visión a medio y largo plazo de las trayectorias personales.

La naturaleza volátil, nómada de los amores y placeres por vivir son, en cierto modo, un trasunto de las condiciones de producción. El problema de ello es que afecta de forma determinante la reproducción misma, incluida la educación, con la imposibilidad de ecologías de vida diseñadas en común.

Cabría plantear en este sentido un contrapunto o una mirada más integral cuando se critica el amor romántico en función de una suerte de algofobia, que en el fondo no es otra cosa que el rechazo pragmático de todo compromiso, la asunción del presente infinito, inmersos como estamos en los avatares de un capitalismo a la deriva en el que no cabe la épica, mucho menos el duelo, la entrega o la pena, de acuerdo al guión prescrito de la disneylandización de las emociones, el amor de consumo rápido e indeleble, en forma de serie o capítulos de corta duración.

Ahora, esta lógica cultural, como podrá colegir el lector, no está exenta de consecuencias nefastas y dolorosas para el sujeto, empezando por la epifanía del propio duelo que se quiere eludir. Una de ellas, diríase que la principal, es la falta de equilibrio, o el desorden y crisis afectiva que se extienden en nuestro tiempo como epidemia social.

En la era de la posdemocracia, los tratamientos psicológicos se multiplican y la salud mental se convierte en un problema de estado en tiempos de silencio y soledad. Al tiempo el mercado del amor tiende, como sector económico, a cotizar al alza: sea en forma de libro de autoayuda, de redes sociales de contacto, incluidas las antiguas agencias matrimoniales, o en los modelos premodernos de las caravanas, los speed dating y cruceros de relación.

Todo vale para cubrir el agujero negro o el vacío existencial del modo de producción dominante que acompañan las relaciones efímeras que se disuelven en el aire como parte de las formas extensivas de la fábrica social característica de un capitalismo depredador que mercantiliza hasta las fantasías de lo íntimo o privado a condición, claro está, de pasar primero por caja, que es tanto como aceptar la conculcación del principio de autonomía, la vulneración de los propios derechos, y asumir, por activa, como con las cookies, la renuncia a todo compromiso con la primera persona del plural.

Así anda el personal, extraviado. Normal en un mundo en el que todo es «pos», pero sin trama ni relato creíble; una vida hipotecada en forma de discurso de la resiliencia que no es sino el envase de una marca de pornofarmacopolítica porque, en este mundo happy, no cabe la tristeza ni la melancolía, no es bien recibida la trascendencia ni la heroica entrega.

Nuestra era es un tiempo sin Antígona. Solo comedia y relaciones esporádicas. Cosas de la vida eventual que impone una forma de eugenesia, productiva y reproductiva, convertidos como estamos en una máquina eficiente siempre, dispuesta a acumular el máximo capital erótico, en tanto que objetos disponibles no para sí sino ensimismados, en función del momento del intercambio.

De modo que, paradójicamente, el placer convierte la complacencia en autoindulgencia, el deseo y la pasión en pura visión, y la experiencia del erotismo en un tipo de narcisismo 2.0 sin futuro, esperanza, ni proyección, más allá de la efímera promesa de un match, de un encuentro que, en realidad, es puro desencuentro como corresponde a una sociabilidad envanecida propia de la cultura de la vanidad banal o vulgar de pasiones tristes más que alegres.

Amor empaquetado de nulos o superficiales sentimientos, amor líquido, en palabras de Bauman, que en la era de Meetic o Tinder reemplaza el azar por el cálculo del algoritmo y el materialismo del encuentro por la programación calculada de los indicadores de compatibilidad: una suerte, según Badiou, de domesticación del amor.

Así que a fuerza de vida artificial y artificiosa nos hemos transformado en mascotas virtuales, una figura patizamba que nos retrotrae a la gloriosa década neoliberal sin tanto brillo ni oropel, sin voluntad ni espíritu, solo simples tamagotchis o complementos de ocasión, a la espera de un uso fugaz y reactivo de nuestros cuerpos y nuestro deseo en función del circuito de retroalimentación y la infinita cadena de intercambios.

Bienvenidos, en fin, al desierto de lo real, al imperio del individualismo posesivo en el que el amor libre es pura figuración imaginaria, un encadenamiento sin sabor a ti ni pasión, reducido a la burda forma mercantil del eterno retorno y el libre flujo.

Nada que ver con la libertad sexual pues, en la raíz de estas lógicas o manifestaciones del eros, no se encuentra el deseo sino la renuncia a toda entrega libidinal radical, el miedo en el fondo al amor y el compromiso que es otra cosa bien distinta a la forma burguesa de la racionalidad instrumental, hoy prácticamente universalizada por exigencias de la producción.

La cuestión es si es posible amar sin pasión o vivir sin voluntad de vincularnos con alguien más allá del presente perpetuo de la pura contingencia. Los rockeros románticos de la Generación Silver pensamos que no. Somos conscientes de que no hay futuro posible sin fraternidad ni cooperación, pero los relatos dominantes cuentan una historia que, básicamente, afirman lo contrario y anulan toda narrativa en común.

Lo hacen, hasta la saciedad y el hartazgo, desde una visión no libertaria sino básicamente liberal y reaccionaria, por feminista que parezca tal vindicación, pues como toda democracia la libertad es correlacional, implica una cuestión de límites y acuerdos, de autodeterminación colectiva, no de ficcionalización a lo Robinson Crusoe. Es hora, pues, de pensar y definir cómo podemos construir otra forma de relacionarnos, sin enredos ni plataformas. La vida nos va en ello. Créanme

HD(p)

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En la era de las pantallas, están las normas HD, la alta definición, imprecisa y pixelada, a conveniencia de las telecos, los oligopolios del capitalismo de plataformas y los Hijos de Puta, que son los que gobiernan la red. En esta modernidad líquida, nuestra vida más que digital está gobernada por la curia de los HDP, una especie proliferante, que se multiplica como conejos, campando a sus anchas hasta descarrilarnos por el AVE de la velocidad controlada, que es tanto como el momento autómata programado y sin sentido.

Pero casos como GameStop anticipan la guerra que tenemos, y que no es la de Ucrania precisamente. La guerra de guerrillas ha llegado para quedarse. Y los fondos buitre tiemblan porque el miedo ha cambiado de bando en plataformas de intermediadores como Robinhood.

Primero empezó el espectáculo, luego la política y el periodismo y ahora toca las finanzas. O puede que haya sucedido al revés, no hagan mucho caso a este analista. El caso es que es notorio el descontento de los nadie. En foros como WallStreetBots lograron articular una respuesta coordinada contra los especuladores que da que pensar. Más aún cuando se da la paradoja DE que el caso fue sobre un negocio del juego y no vemos aun el videojuego en el que nos han metido los hijos de Wall Street, o de Reagan, que para el caso es lo mismo.

No en vano, este hiperrealismo hijo de perra es una suerte de neobarroquismo ya anticipado por Calabrese. Una cultura del exceso que prolifera por encima de nuestras posibilidades. En 2030, la Agenda ODS no sabemos si cumpllirá siquiera la mitad de sus objetivos pero, mientras, Amazon consumirá, previsiblemente, el 10 por ciento de la electricidad mundial como mínimo, mientras nos felicita las fiestas en Navidad con un mensaje sobre la empatía y la amistad, cuando quieren jodernos la vida.

Ya saben, los vendepatrias y traidores a la causa del pueblo siempre pueden prometer y prometen, para luego ejecutar lo contrario. Pero no me hagan mucho caso. Vivir entre pantallas es lo que tiene: que uno confunde los planos y termina hablando del franquismo sociológico, debe ser por exceso de información.

La neurosis de una iconofagia que no cesa como derroche de imágenes y bits o píldoras de información deriva por sistema en el colapso. Hay datos alarmantes ya. Los tratamientos por adicción al móvil han crecido un 300 por ciento, un trastorno ya diagnosticado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), otra pandemia de la que nunca hablamos.

Perdemos ciencia, conciencia y paciencia. Signos de un mundo a la deriva que puede y debe ser enrumbado. Quizás por ello debamos hablar de economía política del tiempo. La pérdida de la periodicidad, no sé si es la muerte del periodismo por la aniquilación del intervalo como imposición del ritmo frenético del capital.

En palabras de Martín Caparrós, “los medios quieren mandarte un flujo constante interminable porque su negocio consiste en mantenerte pinchado non stop”. Así que, parafraseando al gran Charly García, nos siguen pinchando abajo. Es hora de guillotinar tal mangoneo, aunque sea por puro cansancio o por mera salud pública.

Una mesa sobre la ficción local en la primera jornada del Seminario Internacional Obitel

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En el marco de la jornada inaugural de la 17ma. edición del Seminario Internacional de Observatorio Iberoamericano de la Ficción (Obitel) que hoy y mañana se realiza en el Centro Cultural Kirchner (CCK) con la participación de 11 países de Iberoamérica, este mediodía destacó la charla «Encuentro con representantes de la Industria de la ficción en Argentina».

De la disertación coordinada por Ornela Carboni de la Universidad Nacional de Quilmes, participaron Alejandra Darín (Asociación Argentina de Actores), Guillermo Tello (Multisectorial Audiovisual), Paula Arruda (Consejo Federal de TV Pública) y Sergio Vainman (Argentores).

A modo de balance del intercambio planteado, Carboni alertó acerca de “la falta de continuidad en políticas públicas y lo que es necesario saldar en las cuestiones de accesibilidad” y llamó a que canales de expresión gratuitos y abiertos como Cine.ar y Cont.ar “sean conocidos y difundidos”.

“Uniendo las exposiciones de todos creo que estamos dejando espacios al no producir nuestras ficciones y con ello estamos regalando capital económico y también capital simbólico”, resumió Carboni.

La apuesta del seminario propuesto es debatir acerca de la situación de la ficción televisiva en tiempos de pandemia, con el aval que da a Obitel el realizar y publicar estudios anuales de la industria iberoamericana y promover la formación de productores y creadores del área de ficción televisiva.

Actualmente el observatorio está formado por investigadores universitarios y especialistas internacionales de televisión de 11 países, interesados en la promoción de la producción, circulación de programas y estudios de la recepción en el espacio audiovisual iberoamericano.

Mañana, durante la segunda jornada del evento, el académico de la Universidad de Sevilla, Francisco Sierra Caballero, hablará sobre “Capitalismo de Plataformas y producción cultural postfordista”.

Luego, tendrá lugar el Encuentro Federal de Observatorios Audiovisuales del que participan Julio Bertolotti (Observatorio Incaa); Alejandra Pía Nicolosi (Universidad Nacional de Quilmes); Paula Robledo (Observatorio Audiovisual Córdoba); Mónica Cohendoz (Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires); Esteban Zunino (Universidad Nacional de Cuyo) y Christian Dodaro (Defensoría del Público).

El evento cerrará con el panel “Narrativas de la ficción para plataformas desde Argentina” a cargo de Gustavo Aprea (Universidad de Buenos Aires y Universidad Nacional de las Artes) y Cristina Siragusa (Universidad de Villa María y Universidad del Comahue). (Télam)

Medios empotrados

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Dice mi compañera sentimental que, sí o sí, lo importante en una relación es ser bien empotrada. No sé si tan contundente sentencia resulte inapelable o, cuando menos, relativizándola, deba ser matizada. El caso es para qué llevar la contraria. En materia de relaciones afectivo-sexuales, como en el arte, todo es cuestión de gustos y, hoy día, los territorios del amor son terrenos pantanosos en la era del amor líquido.

Algo bien distinto, que nos suliveya, es que no existe aspiración suprema en la prensa patria que el ser empotrada. Llama la atención tal gusto de los autoproclamados liberales. Más aún cuando la hipótesis de la eficiencia del mercado y su justificación por la supuesta transparencia del espacio concurrencial es exactamente lo contrario a lo que se presume en la pomposamente autodenominada «prensa independiente», pues la accesibilidad de la información por el público nunca tiene lugar, no solo en cuanto a la variabilidad de los mercados y la lógica de precios, sino especialmente sobre la propia cooptación de los medios encargados de informar de los procesos de consumo y las alteraciones o fluctuaciones de la economía, entre otras lógicas vicarias que dominan la estructura mediática realmente existente que ahorro describir al lector.

Vamos, que el engaño es la norma y no lo contrario. Lean –si no les convence lo aquí escrito– a John Perkins en Confesiones de un gánster económico. La cara oculta del imperialismo americano (2009) y seguro que suscriben lo que venimos afirmando, especialmente cuando se constata, en tiempos tan inciertos y paradójicos como los actuales en los que toda certeza resulta extraordinaria cuando no mero optimismo subinformado que, desde la era del capitalismo monopolista, la libertad de expresión no es sino mera bagatela de justificación destinada a manufacturar la opinión pública aclamativa.

Cosas de la división del trabajo y de la cartelización financiera del capitalismo. No siempre fue así. No siempre la desconfianza y la lógica del fetichismo de la mercancía, en forma de publicidad, extendieron el reino del valor bajo el imperio de los robber barons a lo Vanderbilt.

Hubo un tiempo en el que al comprar piso lo importante era, además del número de habitaciones, la cantidad de armarios empotrados, promesa de crecimiento de la familia y posibilidad de acumulación, de cierta prosperidad, por así decir.

Hoy, que todo el mundo sale del armario –menos los propietarios y editores de los medios dependientes del capital financiero– y que las casas se edifican sin armarios empotrados, los medios nacionales ocultan su doble vida o principio de determinación: la de los intereses de la oligarquía económica además de la nueva subordinación de las grandes transnacionales del capitalismo de plataformas como Google.

Doble empotramiento que quieren hacernos ver como algo natural, pero nada tan cultural como el sexo, salvo que, como los medios de la COPE, piensen que Dios obra milagros y que la Inmaculada Virgen María, como la supuesta independencia de los medios, es verdad y resulta creíble.

La investigación periodística de El Salto demuestra, sin embargo, exactamente lo contario y explica el porqué de coberturas informativas tan degradantes como la manipulación persistente de los hijos de San Luis y la Santa Alianza durante la crisis de 2008 o la impúdica asunción de la posición de menestrales de las principales figuras del oficio, que es tanto como decir que los Matías Prats y compañía no son otra cosa que anunciantes de seguros que nos imponen la precariedad de más de lo mismo, sea a la hora de justificar la guerra al servicio de la Casa Blanca y la OTAN, ocultar la persecución de quien ose decir la verdad de los crímenes de lesa humanidad (Assange) o como simple voceros del IBEX35 en la aplicación de las medidas de desahucio.

Ellos, que siempre viven por encima de nuestras posibilidades de confianza en una profesión canalla que renuncia a su función social para favorecer los intereses creados de los medios que nos engañan, de los medios infieles, siempre en busca de ser dominados.

Empotrar o ser empotrados, esta es la cuestión, mientras la profesión mira a otra parte y las facultades de Comunicación ni se inmutan o se ponen de perfil. Normal, la forma intelectual de origen plebeyo brilla por su ausencia en un país poblado de mandarines, dada su estructura semifeudal.

La radiografía de Gregorio Morán, con toda su crudeza, es imperante en la academia española y faltan, parafraseando al gran Rafael Chirbes, raznochiñets, intelectuales que vengan de abajo. Ya explicó Raymond Williams lo que ello significa. Les ahorro los detalles. Debo volver a la cuestión vital: empotrar o ser empotrado.