Autor: Albert
Más de 200 personas apoyan un manifiesto para “impulsar la unidad de la izquierda” en Andalucía
La autonomía alcanzada el 28 de febrero de 1980 en Andalucía fue un “triunfo” del pueblo andaluz. Así lo defiende y recuerda un grupo de andaluces “comprometidos con el cambio progresista” que se han unido en el marco de esta efemérides para tratar de “reactivar la fuerza” que manifestó la ciudadanía hace 43 años. Todo desde la convicción de que la región necesita de un movimiento social fuerte capaz de hacer prosperar los gobiernos de izquierda que, a su juicio, son los únicos que pueden afrontar los retos que demanda Andalucía en un año eminentemente electoral.
La iniciativa “Manifiesto 28F: impulsando la unidad de la izquierda andaluza” se ha presentado este lunes en Sevilla, en vísperas del día de Andalucía y como paso previo a que se celebre en Málaga un encuentro previsto para el 4 de marzo. Allí se darán cita las 200 personas que, hasta la fecha, se han adherido a este movimiento ciudadano que nace con la vocación de “construir juntas un nuevo proyecto de país”, que sirva de alternativa a las políticas “caducas” de la derecha, con Andalucía “en el centro” y “la justicia social como eje vertebrador”, según expresan los organizadores del encuentro.
Entre los firmantes, se encuentran Aurora León (abogada laboralista), María Márquez (profesora universitaria), Francisco Sierra (profesor universitario) y Rafael Rodríguez (fundador de Paralelo36Andalucía), quienes se han encargado de dar a conocer públicamente la iniciativa desde la capital andaluza. Junto a ellos, otros docentes destacados en la región como Carlos Arenas, así como dirigentes y activistas políticos como Sebastián Martín Recio, Sergio Pascual, José Antonio Jiménez, Toni Valero, Ernesto Alba, José Antonio Pino, Mar González o Blas Rueda entienden que “la unidad de la izquierda” ha de asumir, a tres meses de las elecciones municipales, “el compromiso de movilizar a una mayoría social para conformar gobiernos municipales de progreso”. En este sentido, apuestan por “consolidar el proyecto Sumar” que presentó hace unos meses Yolanda Díaz, por considerarlo “la mejor herramienta” de la que dispone la izquierda para promover “la transformación” que, a sus ojos, necesita Andalucía.
Cumplir con una “necesidad histórica”
“Frente al fracasado proyecto de la derecha, en este 28 de febrero manifestamos la necesidad de un nuevo tiempo para Andalucía. Un tiempo de alternativas en el que nuestro pueblo lidere el cambio de época que se vislumbra, construyendo otro modelo de desarrollo económico, social y ecológico, basado en las potencialidades y riqueza material e inmaterial de nuestra tierra”, reza el manifiesto. De ahí que Aurora León defienda como una “necesidad histórica” el objetivo de promover “una confluencia en el espacio de la izquierda para conseguir alcanzar gobiernos progresistas” que velen por garantizar unos servicios públicos de calidad y lancen políticas basadas en “la justicia social y climática o el desarrollo de nuestro autogobierno” para revertir las carencias estructurales que atraviesan todavía a la comunidad.
Como contrapunto a este proyecto “regeneracionista”, los firmantes critican la “involución que el gobierno del PP en la Junta de Andalucía está provocando en la sociedad andaluza, con un programa caduco de neoliberalismo centrado en la privatización de los servicios públicos a los que, día a día, deteriora, mientras baja los impuestos a los grandes patrimonios”. A tenor de lo expuesto en el manifiesto, el profesor Francisco Sierra ha calificado al Ejecutivo de Moreno Bonilla de “ultramoderado” y ha dedicado su intervención a argumentarlo con “datos y pruebas”, que evidencian, a su parecer, el “patriotismo de bandera”, falta de transparencia y “deterioro” intencionado de “lo común” que representa su Gobierno, al que acusa de hacer un “incumplimiento sistemático del Estatuto de Autonomía”.
Al hilo, Rafael Rodríguez ha manifestado que quienes conforman el movimiento por la unidad de la izquierda andaluza están “convencidos de que Andalucía no ha puesto aún en todo su valor la autonomía conquistada hace 43 años”. Por ello, apuestan por la “esperanza” que arrojan las confluencias desde los niveles más bajos de la política y se amparan en Sumar como “fuerza estratégica” capaz de liderar el cambio que quieren para Andalucía. “Los andaluces no nos queremos quedar atrás nunca más”, ha afirmado María Márquez, apuntando que “estamos a tiempo” de que la izquierda recorra unida y reforzada el camino hacia las elecciones municipales. Y, desde ahí, a las generales que se prevén para final de año.
En definitiva, el encuentro convocado en Málaga el próximo sábado se concibe como punto de partida de un movimiento que aspira a incorporar “a todas las personas progresistas comprometidas con Andalucía para reactivar la vida política” en la región, desde la “participación ciudadana” como “motor del cambio”.
Amigos peligrosos
Agrega y vencerás, dispersa y divide y lograrás imponerte. El arte de la guerra, probablemente, es uno de los libros más vendidos en Amazon y estamos convencidos de que es el texto de cabecera de los GAFAM –el acrónimo que se refiere a las cinco grandes empresas tecnológicas estadounidenses: Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft– a juzgar por cómo anda la industria periodística en Europa.
La extensión del servicio Google News Showcase en nuestro espacio comunicacional da cuenta de un proyecto, el comunitario, claramente a la deriva, para el que no han faltado los colaboracionistas empeñados en asumir una posición de subalternidad.
Es el caso de grupos regionales de prensa, como Joly, prestos a facilitar el proyecto de dominio americano del flujo y circulación de información. Un error que nos puede costar caro, como la guerra de Ucrania, pues el principio de selección, la opacidad del algoritmo, no es solo un problema de transparencia. Ni siquiera de equilibrio en la estructura de comando informacional.
Estamos, básicamente, ante un dilema económico y político, una decisión que no solo perjudica nuestra industria sino que favorece la lógica concentracionista con la que marginar a medios incómodos, además de convertir las cabeceras europeas en meras franquicias para el agregador. Una suerte de maquilas de la información.
Pero estas razones no han pesado mucho en la decisión final. Tanto la Asociación de Medios de Información (AMI), con Vocento y Unidad Editorial a la cabeza, favorable a una negociación colectiva de derechos, vía CEDRO, como el Club Abierto de Editores (CLABE), hace tiempo que se han rendido al imperio Google.
La división, como consecuencia, entre los editores europeos se va a traducir en la dependencia informativa de España y la UE del coloso americano. La historia se repite, pues, como farsa, antaño con CNN + y hoy con la prensa digital.
En la historia de la comunicación conocemos bien este tipo de maniobras y el resultado final, con las nefastas consecuencias que sufrimos a diario, ya sea en la primera Guerra del Golfo Pérsico o, actualmente, en la guerra de Ucrania.
Hace unos días celebramos los Goya en Sevilla y deberíamos pensar si, de verdad, valoramos nuestro cine, si realmente la Comisión Europea apuesta por la autonomía cultural y la soberanía tecnológica cuando, año tras año, nuestra industria, pese a la Política Audiovisual o el programa Media que hace posible que cine andaluz como Módulo 77 se vea en las pantallas, va perdiendo cuota de pantalla y posiciones ante el arrollador dominio del oligopolio estadounidense.
Ya no están con nosotros los Bertolucci y Godard que inspiraron a las autoridades comunitarias la iniciativa de una política pública para intervenir el mercado audiovisual. Y los retrocesos de la política de comunicación de Bruselas son más que notorios en las dos últimas décadas, mutando de la Directiva sin Fronteras a un brindis al sol contrario a materializar cualquier cambio –por leve que sea– de la estructura de dependencia a la que estamos sometidos.
Resulta, por lo mismo, cuando menos triste observar un panorama desolador en el que empresas como el Grupo Joly y el aragonés Henneo van a pasar a la historia como el caballo de Troya que contribuyó al aterrizaje del imperio de Silicon Valley en nuestro espacio comunicacional. Más que nada porque la operación nos va a salir cara a todos.
Pero la Comisión Europea no ha aprendido la lección. Al imperio Google no se le para con sanciones de 500 millones de euros como en Francia, sino con medidas que avancen en nuestra autonomía. El nuevo Estatuto de Andalucía abunda en esta demanda, pensando en medios y mediaciones propias, de proximidad, pero más de una década después nos siguen contando nuestra realidad desde Madrid o Barcelona cuando no desde Los Ángeles.
Mucho nos tememos que, como en tiempos de falta de cobertura de la radiotelevisión en mi pueblo de Gobernador –la «zona de sombra» en jerga de ingenieros–, termine siendo hoy un tiempo de silencio, un apagón informativo o de tinieblas, un tiempo, en fin, marcado por el imperio Google y el algoritarismo como nueva forma tecnofeudal de restauración conservadora.
Y mira que la Unión Europea (UE) debiera haber escarmentado tras el Brexit, inmerso como está en un proceso de descomposición penoso. Pero parece que prevalece en los eurócratas la pulsión de muerte y la confianza en los enterradores y lobbys rentistas, como la Asociación de Medios de Información (AMI), una entidad tan poco fiable como OK Diario o la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), frente patronal del matonismo que amenaza la libertad de expresión, confundida con la libertad de empresa.
Estos días, por cierto, desde la SIP volvían a reclamar ayudas del Estado. Lo paradójico es que, en su última campaña, afirman su voluntad de servicio público y compromiso con el periodismo y empiezan, he ahí la praxis, por despedir a personal o no contratar periodistas, pues consideran, bien lo sabe el editor de este medio en su calidad de decano del Colegio de Periodistas de Andalucía, que la libertad de prensa pasa por su real voluntad empresarial de libre contratación, estén o no titulados quienes han de ejercer tan noble profesión.
Lógica posición cuando, para ellos, la noticia es solo un señuelo, un «reclamo», como dijo el primer estudioso de la prensa en Europa, que definió un periódico como un aviso publicitario rellenado con información para atraer audiencia.
Es normal que pongan el grito en el cielo cuando hay que regular la publicidad (pese a la lacra de la ludopatía, por ejemplo) o cuando los «roedores marxistas», como nos tildaban en Bruselas, proponemos una ley de publicidad institucional más transparente y ecuánime, evitando la lógica del fondo de reptiles en pleno siglo XXI, ya sea en la Comunidad de Madrid, con la liberticida Ayuso y sus arietes mediáticos a lo Inda, o en la Junta de Andalucía, cuyo Gobierno tiene bien cubiertas las espaldas con el dinero de todos, regando regularmente los medios y los estómagos agradecidos.
En otras palabras, visto lo visto, conviene tomar muy en cuenta lo que está en juego con la agregación de diarios en la red en un contexto de eliminación sistemática de voces críticas. Y no hablamos solo de su eliminación simbólica en la guerra cultural de cero muertos.
En su trabajo Matar a un periodista. El peligroso oficio de informar (Los Libros del Lince, Barcelona, 2010), Terry Gould ya advertía que más del 90 por ciento de los más de mil periodistas asesinados desde 1992 eran periodistas locales y, prácticamente la totalidad de los instigadores –en torno al 95 por ciento– ha evitado la cárcel.
Estamos, en fin, a merced de sociópatas que encarcelan o torturan a Julian Assange, que liquidan toda veleidad informativa en Colombia o procuran capturar toda voz en las cadenas, valga la ambivalencia de la expresión, hegemónicas, tal y como sucede en los propios Estados Unidos, más dados a comprar voluntades, por su origen esclavista, en modo monocultivo de la información gracias a las plantaciones de Silicon Valley.
Para tal labor cuentan con un ejército de predicadores, intelectuales orgánicos del capital, como Mario Vargas Llosa, que no paran de recordarnos que para tener derecho a la existencia y a prosperar los medios deben dar noticias y espectáculos –supongo que ello incluye también la vida de su pichula con Isabelita–; que necesitamos, dice, informaciones con color, con humor y atractivo suficiente para atraer el público, aunque sea mediante la ficción, como en la defensa de la democracia ahora que Pedro Castillo fue preso y el instinto plebeyo se manifiesta en Perú en demanda de derechos fundamentales. Todo en orden, en fin.
Los próceres de El País siempre a lo suyo, defendiendo la Ley Audiovisual como una norma para liberar las parrillas, lo que no es sino una contrarreforma y desregulación en menoscabo del derecho a la comunicación y en favor del duopolio, los anunciantes y los operadores transnacionales del capitalismo de plataformas.
Lo mismo de siempre: la flexiseguridad como garantía del capital contra lo común por medio de la autorregulación de lo que no es suyo, sino de todos, pero que nos venden sin gracia, y con todo lujo de detalles, mostrando el mundo al revés: los intereses creados como universales y los derechos comunes a la comunicación para todos como intereses especiales. No sé si es apropiado llamarles «casta», pero peligrosos AMI(gos) de la democracia sí que son.
Geopolítica de la comunicación. Atilio Borón y Francisco Sierra Caballero. VIII Congreso ULEPICC-España
Tecnopolítica, cultura cívica y democracia
Tecnopolítica, cultura cívica y democracia analiza cómo y de qué forma los regímenes tecnológicos ejercen su poder, y cómo las tecnologías son construcciones sociales —totalitarias— que han de percibirse como producto de las relaciones de poder.
La incidencia que las tecnologías digitales sociales —y su despliegue como dispositivos de mediación social— tienen sobre los sistemas democráticos supone un desafío que requiere de una comprensión crítica, ampliada y comprometida.
Desde hace más de una década, los autores de este ensayo, junto con el resto de miembros del grupo de investigación COMPOLÍTICAS de la Universidad de Sevilla, han venido analizando las apropiaciones y mediaciones que los movimientos sociales globales han ejercido, con el propósito de observar y comprender la nueva economía moral de las multitudes conectadas, los repertorios simbólicos, las formas de ser y estar de los actores sociales y su subjetividad para explorar, en suma, los imaginarios instituyentes de la nueva ecclesia digital.
Adolfo Sánchez Vázquez. Filosofía estética y política para lectura marxista de nuestro tiempo
Las transformaciones del mundo del trabajo y las formas de vida por las tecnologías disruptivas de lo digital han alterado, en nuestro tiempo, las condiciones de reproducción social, así como la propia práctica teórica y la función del conocimiento en el capitalismo de plataformas. El despliegue de nuevos dispositivos de producción y representación plantean, a este respecto, retos singulares desde el punto de vista epistemológico para el pensamiento social emancipador.
En el presente libro se indagan varias de las investigaciones filosóficas y políticas que Adolfo Sánchez Vázquez aportó a la comunidad científica internacional a partir de la central noción de praxis y una lectura humanista del marxismo que nos permiten hoy comprender mejor y actualizar sus relevantes contribuciones a la estética, como la noción de arte como afirmación de lo humano, o sus últimos estudios acerca de la estética de la participación, tema actual en los estudios de cibercultura y arte de medios.
Cultura Avatar
La calidad de toda democracia pasa por su cultura política y no hay experiencia posible sin mediación. Toda reproducción social y la política del acontecer dependen por lo mismo de los medios de representación. Si la función vicaria de estos es insalubre, la esfera de deliberación queda bloqueada o limita el despliegue de las potencialidades y atención a las necesidades radicales que constituyen la función pública asignada por la Constitución al derecho fundamental de libertad de expresión.
Es el caso de la Cultura Avatar patria. En nuestro país, al histórico déficit democrático de absolutismo, dictaduras, oligarquía y caciquismo, especialmente en Andalucía, cabe añadir hoy un desequilibrado sistema informativo que produce una paupérrima cultura mediática y, por ende, una ecología cultural tóxica y decadente, que afecta a todos los espacios públicos de socialización, incluida la Universidad.
Estos días que cumplo treinta años de carrera académica me he parado a pensar qué nos está pasando y cómo hemos llegado a tal grado de deterioro del sistema universitario. Lejos de las proclamas sobre la venida de los bárbaros, como razona Alessandro Baricco, el problema no es generacional, considerando los datos comparativos con otros países de nuestro contexto europeo, o más allá de los países americanos y asiáticos.
Pero en el discurso público se sostiene, sin fundamento ni prueba que lo acredite, que estamos ante la generación mejor formada de la historia de España. Lamento tener que negar la mayor. El 8M, por ejemplo, descubrí que mis alumnos admiran a Taylor Swift pero ignoran qué es la Sociedad para las Telecomunicaciones Financieras Interbancarias Mundiales (SWIFT).
Conocen a centenares de influencers, irrelevantes para la cultura general, pero ignoran el nombre de importantes actores políticos, cuando no a los propios referentes de la cultura nacional. Hay profesores de Periodismo que ya ni hacen test de actualidad a un alumnado que ya no es que haya dejado de leer medios informativos de interés general, es que ni por asomo siguen la agenda periodística, con un nivel de lectura y de comprensión lamentables.
Puede decirse, sin ánimo de exagerar ni ofender a nadie, que la competencia cultural entre el alumnado universitario ha retrocedido a niveles de los tiempos del Instituto Libre de Enseñanza, cuando la mayoría de la población era, por lo general, analfabeta o manifestaba serias dificultades funcionales de análisis de la realidad. Paradójico, en el país de Cervantes y con una de las más importantes industrias editoriales de todo el mundo.
Y lo malo es que, sabemos, modo Black Mirror, que el futuro puede ser peor. Relatos como el de la periodista Talia Lavin sobre La cultura del odio (Capitán Swing, 2022) demuestran que el escenario de lo yuyu, la cultura de la ignorancia, del Capitolio a Madrid, se extiende y domina nuestras vidas como la pandemia.
Cosa previsible si hacemos la genealogía del pensamiento irracionalista que gobierna la hoja de ruta del ordoliberalismo desde los tiempos del televisivo Ronald Reagan. En otras palabras, contra la razón y contra todos, los tontos de la linde proliferan y, ojo, no es una cuestión de títulos o educación. En la universidad vivimos rodeados de ellos.
Y empieza a permeabilizar la práctica teórica y docente con la ludificación y otras formas sutiles de degradación del conocimiento y la vida académica que impone la happycracia. Como consecuencia, la cultura de «todos contentos» ha terminado por formatear en el vacío histórico cultural a toda una población universitaria manifiestamente acrítica con el efecto placebo de un medio ambiente cultural limitado, por no decir primitivo, proclive a la abulia, la apatía y la sumisión como norma. Nada que ver con la virtud republicana de la ejemplaridad de Fernando de los Ríos.
No sorprende, por lo mismo, que el trending topic sea el único horizonte cognitivo de esta generación inmersa en la imaginería social de la comunicación gregaria, basada en el masajeo de la opinión pública como opinión prefabricada.
El algoritarismo es solo un acelerador de lo asimilable y políticamente correcto. El laboratorio social de captura del Big Data vulnera así la democracia, amenaza principios básicos de igualdad, libertad y transparencia y extiende además sistemáticamente la lógica de la redundancia como marco de referencia de la Cultura Avatar.
Es evidente que estas condiciones son imprescindibles para la acumulación por desposesión de lo común, cuya lógica cultural, propia del capitalismo, viene necesitando mayor predictibilidad y control social en el diseño de un mundo vigilado, como demuestra Mattelart.
Esta cultura sincronizada hace posible ignorar la verdad, negar la ciencia y liquidar la razón ilustrada para justificar, por ejemplo, golpes de Estado como el de Bolivia, ya no digamos el franquismo en España, mientras tecnolibertarios, intelectualoides de pacotilla y criollos resentidos con las conquistas de los cholos y los descamisados repiten su discurso al servicio de establishment de la OTAN.
Mientras, en el postcovid de la nueva normalidad, los GAFAM consolidan el liderazgo hegemónico en las políticas de representación, con Amazon aumentando más del 50 por ciento y un crecimiento que supera el Producto Interior Bruto (PIB) de muchos países y Google atesorando beneficios de más de 76.000 millones de dólares.
Parece, pues, llegada la hora de advertir que no podemos seguir en las nubes, que no podemos ser colonizados en el espacio virtual por Amazon Web Services (AWS) al servicio de sus intereses de dominio aplastante, ni podemos permitirnos por encima de nuestras posibilidades unas autoridades universitarias que venden nuestros datos, correos y recursos virtuales al imperio Microsoft.
Es hora, en fin, de recordar que «avatar» no solo designa la identidad virtual que escoge, como la máscara, todo usuario para proyectar su rol social en la cibercultura. En su primera acepción, de acuerdo con la Real Academia Española (RAE), cuando hablamos de Cultura Avatar conviene empezar a asumir que, hoy por hoy, tiene más que ver con la vicisitud o acontecer contrario al buen desarrollo o ideal, el propio que prolifera entre el cosmopaletismo y los ciberhipster cultivadores del sinsentido y la estupidez por sistema, en lo teórico y, sobre todo, en la práctica. Idiotas de la nada, en el sentido etimológico del término.
Hacedores o colaboradores necesarios de un procomún colaborativo y en red con democracia de baja intensidad, una creatividad banal del Fan Edits y la fascinación propia del fascio, en el que todo texto es absorción y transformación de otro texto pero en línea, contrariamente a Julia Kristeva, tautológica.
Espero que, visto lo visto, comprenda el lector mi abatimiento, en este trigésimo aniversario, rodeado de tanta Cultura Avatar. Si el futuro de Andalucía es la educación, tenemos un serio problema, y no se resuelve con presupuesto.
Comunicología abierta y ciencia ciudadana
La era digital apunta la necesidad de una Comunicología abierta, una ciencia aplicada de lo común que reconozca la centralidad de la subsunción del trabajo intelectual. Para ello se ha de explorar la decolonialidad del saber-poder a partir de la apertura de espacios de cooperación y apropiación del conocimiento en función de los cambios en la producción académica, intensamente determinada por la relevancia de lo virtual sobre lo presencial y de la centralidad de la mediación social de la ciencia. De ahí la pertinencia de sentar las bases para una concepción distinta de la práctica teórica a partir de la noción de ciencia ciudadana. La vindicación de la comunidad académica de una ciencia ciudadana presupone, en este sentido, cambios epistemológicos y cognitivos, una ética de la cultura de investigación antagonista de la lógica de la mercantilización y cambios políticos estructurales en los procesos de organización y evaluación de la actividad investigadora, que ha de transitar de la noción de ciencia abierta a ensamblajes complejos basados en la experimentación social de los laboratorios ciudadanos.
La Era de los Cipotones
Uno no está para seguir a los trolls, las redes y las cadenas ultramontanas de la extrema derecha y sus variaciones cromáticas (verde flex, naranja o azul). Tengo prohibido, por prescripción médica –como también debiera hacerlo Noam Chomsky–, seguir los medios de referencia informativa a fin de evitar sufrir y rechinar los dientes con las lecturas de la actualidad que hace el periodismo empotrado cada jornada.
Ya bastante tiene uno en su vida con el ABC, el diario matutino de humor no deseado, que vitupera, embiste y censura a diestro y siniestro, nunca mejor dicho. Y eso que, hoy por hoy, es una cabecera que pierde fuelle y lectores y que, últimamente, ni miedo da, y menos aún respeto infunde.
Ha colocado incluso a su director, Álvaro Ybarra, en el cementerio de elefantes del Consejo Audiovisual de Andalucía, con un presidente de arte dramático y ex altos cargos de la Junta cuyo único mérito es ser obedientes a la disciplina de partido. De vergüenza, considerando las soflamas del interesado contra lo público y contra toda regulación del Derecho a la Comunicación.
Claro que, como en el mandato anterior, para qué vindicar la participación cualificada en este órgano del Parlamento andaluz, si el aporte de la academia da grima. De un presidente jubilado, Antonio Checa, cuyo aporte no es otro que medrar y no hacer, por verónicas, a lo Rajoy, hemos pasado a su sucesora en el cargo académico, que dice que ha sido decana de la Facultad de Comunicación, pero que de política audiovisual y de las competencias del Consejo anda como liebre sin papeles: indocumentada.
Mientras, Canal Sur y los medios de representación actúan como el ariete de la expropiación de lo común. La única esperanza que nos queda es saber que ni Telecinco, ni en general los medios del duopolio audiovisual son vistos por la nueva generación, inmersa en el universo Meta de otros medios más proyectivos, ni la propaganda de Telemoreno la sigue ya nadie.
Si se trata de engañar, mejor usar uno mismo los filtros de Instagram. El virus de la pandemia que nos sacude es el de la simulación y el engaño, la cultura del filibusterismo. El problema es que el discurso cínico termina mutando en autoritarismo. La historia así lo demuestra.
Por ello conviene afirmar la virtud republicana frente a la emergencia de los cipotones y tontopollas que proliferan a nuestro alrededor y en las instituciones, de las que no se salva, por cierto, la Universidad, menos aún los altos cargos del Estado y los líderes políticos.
El problema, como siempre, es qué hacer para emprender una misión regeneracionista. No es que esté uno apático, pero la deriva de la estulticia como normalidad social es desalentadora, y no cabe hablar de cambio generacional como mera explicación lógica.
La gravedad de lo que ocurre en nuestro país no es equiparable, en ningún rubro, a otros países de nuestro contexto europeo. Cierto es que la crisis sistémica es global. Como ilustra el informe World Protests, hablamos de más de 1.500 movilizaciones contra los desajustes del sistema político y su captura por la máquina ordoliberal. Si sumamos a ello las casi 2.000 protestas por justicia social, el panorama es claro y revelador de la tendencia en curso que da cuenta de la crisis de representación.
De todas estas luchas y frentes culturales, el paradigma ilustrativo de cuestionamiento de la estupidez neoliberal es Chile, inmerso en un proceso constituyente, lento, contradictorio, paradójico, expuesto a las dinámicas retardatarias de la clase media, tratando de reconstruir y tejer el dominio público, como el actual Gobierno de la nación en España, mientras lo común sigue en manos de los GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple y Microsoft), en particular de la plataforma Amazon, con cifras de más de 125.000 millones de dólares por trimestre.
En este contexto, toda política democrática pasa por impugnar las estructuras que hacen posible el reinado de cipotones como Elon Musk, una suerte de señores del aire que imponen la ficción neofeudalista de nuestro vasallaje.
Pero esto solo es posible, con ilustración e inteligencia colectiva; con voluntad de unión y emancipación social; con disciplina y autoorganización colectiva en un frente de todos, los nadie, contra los jeques que nos dan jaqueca y nos imponen una vida de jaque mate.
De otro modo es seguir jugando al Cluedo o al Estratego, en el salón de casa. Así que advertidos estamos. Mientras, a la espera de esta toma de conciencia y regeneración democrática, no perdamos la sonrisa de santos inocentes, aprovechando que se celebró ayer.
Ya ha dicho el Papa que no existe el infierno: que el infierno es ya el reino de los cipotones. Así que a gozar y reír, como hago yo cada semana con la lectura de El Jueves, el único medio impreso serio del país. Cosas del mundo al revés.
Una última cosa, y no les ocupo más tiempo, que es un bien escaso: no dejen de cultivar los mejores deseos para 2023. Va a ser necesario, porque serán posibles. Me lo ha confirmado mi tarotista de cabecera, la Fer. Así que no se achicopalen, que soñar es vivir.



